miércoles, 24 de junio de 2015
CAPITULO 17
Todo el puto día había estado intentando ocultar mi polla empalmada bajo mis caros pantalones. ¡Dios mío!, había pagado un dineral por ellos pensando que dispondrían de algún curioso sistema para ayudarte en esta clase de aprietos: algún invento Bloqueador de Pollas como los del
inspector Gadget o algo por el estilo.
Pffff, ¡qué le vamos a hacer!
No pude sacarme de la cabeza la imagen de Paula desnuda, probándose diferentes vestidos y zapatos de tacón de aguja… todo… el maldito… día. Además Dario Stone no era exactamente mi persona preferida con la que estar. El tarado había sacado conclusiones precipitadamente actuando como si cada pequeña caída de la Bolsa fuera el
fin del mundo. El Loto Escarlata era una compañía con mucho aguante y siempre había resistido contra viento y marea. Esta pequeña crisis no le afectaría.
Así que me alegré al llegar por fin a casa e incluso me puse más contento aún al ver a Paula esperándome junto a la puerta. La verdad es que no creí que fuera a seguir mis instrucciones, pero ahí estaba ella. Y me recibió abriendo esa boca respondona suya, poniéndome la polla más dura
aún de lo que la tenía.
Como no fue una decisión demasiado acertada por su parte, le metí algo en la boca para silenciársela. Me merecía una buena palmadita en la espalda por habérseme ocurrido una idea tan brillante.
Y además gocé como un cabrón. Cuando intenté separarme y ella mesujetó la polla impidiéndomelo, ¡fue el no va más!
Mi nena de dos millones de dólares estaba aprendiendo a mamármela de puta madre y creo que hasta se me escapó una lagrimilla y todo de emoción.
Sabía perfectamente que las palmaditas que le di en la cabeza como a un perro le reventarían, pero es lo que se merecía por comportarse como una arpía.
Y supongo que ella me castigó no diciendo una sola palabra durante la cena. Ni siquiera respondió a mis descaradas preguntas y esto me cabreó aún más, pero no se lo tuve en cuenta porque planeaba seguir castigándola.
Ansioso por hacerlo, insistí en que tan pronto como acabara de cenar se fuera conmigo a la cama. Cuando salí del baño, ella ya estaba en bolas esperándome bajo las sábanas. Tal como le ordené. Para eso le había pagado.
—¿Estás enfadada conmigo? —le pregunté mientras me movía despreocupadamente por la habitación, llevando encima nada más que mi sonrisa.
No me respondió. En realidad hasta se giró para darme la espalda. ¡Que la jodan! No iba a ignorarme. No se lo permitiría en mi propia casa y menos todavía en mi cama.
Me deslicé junto a ella y la giré para que quedara tendida de espaldas.
—No me ignores, Paula. No me gusta. Sobre todo cuando he pagado dos millones de dólares para que no estés más que por mí.
—¡No soy tu puta! —me soltó mirándome a los ojos.
—Tú serás lo que a mí me plazca —le recordé.
Antes de que pudiera decir nada, le cubrí la boca con la mía. No abrió los labios y tensó el cuerpo. Si iba a hacerse la muerta la felicitaba, porque era un plan brillante, pero estoy seguro de que se había olvidado de lo traidor que era su cuerpo a merced de mis expertas manos.
La castigaría llevándola a las puertas del frenesí sin dejarle llegar hasta el final.
Me aparté y le sonreí burlón, dispuesto a seguirle el juego.
De súbito, sin despegar mis ojos de su rostro, le puse las manos en el interior de los muslos y le separé las rodillas antes de rodearle el coño con mi mano. Dio un grito ahogado, intentando no mostrar ningún tipo de reacción.
Seguí mirándola mientras hurgaba entre sus pliegues sintiendo que se le iban humedeciendo por momentos mientras se los palpaba.
—Tu cuerpo te está traicionando, Paula —le susurré.
Le hundí un dedo en el coño, metiéndoselo y sacándoselo lentamente en un cadencioso vaivén. Hinchó el pecho, su respiración se hizo jadeante y su boca se abrió, pero ella me miró sin decir nada. Saqué el dedo y se lo deslicé alrededor del clítoris. Sentí los músculos de sus piernas relajarse para dejarme hacer, mientras ella intentaba controlarlos. Entonces le metí dos dedos dentro. Los doblé hacia delante varias veces manipulando mañosamente su punto G. Yo sabía lo que Paula estaba sintiendo. Y ella también. Pero se negaba a demostrarlo.
Saqué los dedos de su coño y me llevé la mano a la boca.
Brillaban con sus jugos y noté por cómo olían lo caliente que Paula estaba. Como seguía sin apartar la mirada, yo sabía que ella vería esos jugos corriéndole pierna abajo.
—Aunque finjas lo contrario, tanto tú como yo sabemos que te has puesto muy cachonda. Y esta… esta es la prueba —afirmé metiéndome los dedos en la boca y envolviéndolos con mis labios. Ella era tan deliciosa que cerré los ojos para saborearla a fondo. Al abrirlos de nuevo, sus brillantes ojos azules se habían oscurecido y tenía las mejillas encendidas
de deseo.
Agarrándome por las orejas, me atrajo hacia su cuerpo uniendo con ardor su boca a la mía. Habría soltado una carcajada por lo fácil que había sido quebrar su resistencia de no haberme besado ella con tanta avidez entre jadeos, con sus turgentes pezones apretados contra mi pecho desnudo, contorsionándose voluptuosa e intentando atrapar mis piernas.
En resumidas cuentas, mi maquiavélico plan me estalló en la cara y ya no pude seguir jugando con ella. Quería hacerla mía. Lo necesitaba con desesperación.
Sin despegar mis labios de los suyos, me puse encima de ella adoptando la posición más primitiva que nos daría a los dos placer. Paula abrió las piernas anhelosa y yo le acaricié seductoramente la lengua con la mía en señal de agradecimiento. En cuanto me posé entre sus piernas, ella levantó las caderas, arrimándose a mi polla mientras gemía en mi boca.
—No vayas tan deprisa, nena —le susurré jadeando, separándome de sus labios e intentando calmar sus ávidos movimientos—. No te preocupes, voy a hacerte gritar de placer.
La besé con dulzura y moví las caderas contra su húmeda hendidura.
Paula arqueó la espalda y yo la estreché contra mí. Luego deslicé mis labios por su mandíbula y su cuello, hasta llegar al lugar donde se une con el hombro y le chupé suavemente la piel de esta zona mientras le metía lentamente la punta de la polla.
Qué mojada y receptiva estaba. Deslizó sus manos por mis costados y por mis costillas, hasta rodearme ávidamente el culo con las manos para que me pegara aún más a ella.
Sentí su cálido aliento en el pabellón de la oreja y sus diminutos gemidos de desesperación provocando rítmicas
sacudidas en mi polla. Hundiendo su cara en mi cuello, me chupó y lamió la piel. ¡Dios mío, no me podía aguantar más!
Necesitaba que se corriera, ahora mismo.
Apuntalándome con los brazos, me separé un poco de ella sin despegar mis caderas de su cuerpo, arremetiendo contra sus mojados pliegues.
Paula se mordió el labio con tanta fuerza que creí que se le partiría la piel. Tenía una mirada de pura concentración mientras se acoplaba a mi cadencioso vaivén con unos movimientos más amplios. Estaba a punto de correrse.
Apoyándome en un codo, la agarré por la parte de atrás del muslo para ponerle la pierna sobre mi cadera. Seguí meneándome con amplias y ardientes acometidas, sintiendo su clítoris restregarse contra la hinchada cabeza de mi polla.
—Venga, gatita. Dime cosas. Te gusta, ¿verdad? ¡Ay, qué gozada! ¿Es que no quieres perder el control? Déjate ir, nena. Déjate ir.
—¡Mierda! Me voy a… —gimió con fuerza entre jadeos poniendo los ojos en blanco, agonizando de placer.
Noté el cuerpo de Paula ponerse rígido en mis brazos y supe que estaba sintiendo el goce del orgasmo. Sin dudarlo, aprovechando ese instante de arrobo, alcé mi cuerpo y le hinqué la polla, arrebatándole la virtud de un plumazo con una veloz y certera embestida. Ella arqueó la espalda cogiendo aire impactada, con la boca abierta de par en par, sus ojos se encontraron con los míos.
Había esperado a desvirgarla en medio del clímax para que le resultara más fácil, pero ahora no estaba tan seguro de ello. Me refiero a que tenía espejos y sabía lo enorme que era mi polla.
—Respira, gatita —le susurré—. Intenta relajarte. Dentro de poco dejará de dolerte.
No sé a quién estaba intentando convencer, si a mí o a ella, pero yo tampoco me moví. Aunque mis instintos animales me suplicaran que se la metiera hasta el fondo una y otra vez, no lo hice. Porque si no me controlaba ni dejaba que ella se adaptara a mi tamaño, la rasgaría por dentro. Y entonces no podría volver a follarla durante bastante tiempo.
Además me sentía como un gilipollas por hacerle más daño del necesario.
Paula exhaló el aire lentamente mientras su cuerpo se relajaba, y volvió a pegar la espalda a la cama. Empujé con las caderas, penetrando un poco más en su prieto coño. Ella cerró los ojos con fuerza y volvió a morderse el labio. Yo sabía que debería haberme dado igual que le hiciera daño o no, pero soy un hombre, y la mayoría de los hombres queremos que la mujer a la que penetramos goce al menos.
Pero era su primera vez, y dadas las dimensiones de mi polla, lo más probable es que le doliera.
Se la saqué casi del todo y se la volví a meter poco a poco.
Tuve que pararme de nuevo. Las piernas me temblaban del esfuerzo que hacía para no moverme, gotas de sudor empezaron a resbalarme por la punta de la nariz y creo que hasta contuve el aliento. Creí que iba a estallar por dentro.
—Joder, cómo me gusta tu coño. Qué prieto lo tienes —gemí.
—¿Entonces qué diablos estás esperando? —me retó ella—. Fóllame de una vez y deja de comportarte como un mariquita. A no ser que lo que te preocupe sea correrte demasiado pronto. ¡Dios santo! si no te conociera mejor, creería que el virgen eres tú —me soltó.
Era lo primero que me decía desde que me recibió al llegar yo a casa. Su voz quebrada reflejaba que estaba rendida, pero se había empecinado en joderme hasta el final.
Tal vez pienses que un comentario como este me haría sufrir un terrible gatillazo. Pero no fue así. Al contrario, me la puso insoportablemente dura, si es que esto era posible. No sé por qué, pero su impertinente boca y la forma en que me retaba me ponían muy cachondo. Yo era un maldito cabrón.
Pero a mí me la sudaba, porque me encantaba que me excitara de una forma tan brutal.
—¡Vaya, te arrepentirás de habérmelo dicho! —le solté, apartándome de ella para coger impulso y se la volví a hincar.
Paula siseó entre sus dientes cerrando con fuerza los ojos.
La penetré con cortas acometidas, no quería hacerle daño, pero tampoco me importaba que le gustara o no. Era mía, estaba ahí para mi placer y me iba a asegurar de que supiera que yo no lo había olvidado.
—Este es mi coño, Paula. Mis dedos han sido los primeros que lo han tocado, mi boca ha sido la primera que lo ha saboreado y mi polla siempre será la primera que lo ha follado. Y durante el resto de tu vida no te podrás olvidar de la sensación de tenerla hincada hasta el fondo. Ningún otro
hombre se podrá comparar a mí. He marcado mi territorio oficialmente. Mi coño. ¿Lo entiendes?
Paula se aferró a mí con las uñas clavadas en mi piel, conteniendo el aliento y apretando los dientes.
—Pues la última vez comprobé que todavía lo tenía pegado al cuerpo — me soltó desafiante.
—Lamentarás esta respuesta —le dije metiéndosela más adentro, no con la suficiente fuerza como para hacerle daño, sino con la justa para darle un toque de atención.
—¡Dios mío! —exclamó ella entrecortadamente.
—Creo que ya sabes que no es ese mi nombre. Inténtalo de nuevo.
Seguí meneando la polla dentro de ella y sentí la presión aumentar con rapidez dentro de mí. Me dolían los cojones, me estaban pidiendo a gritos que los descargara, pero yo quería doblegarla.
Paula me clavó las uñas en la espalda empujando con las caderas con un gruñido. Seguía apretando los dientes y sus muslos chocaron contra mis caderas al recibir mis acometidas. Tengo que reconocerlo, me había impresionado. Sabía que ella se sentía incómoda, incluso era posible que le doliera, pero no había aflojado ni un ápice.
—¡Dilo! —gruñí acentuando cada palabra con una profunda embestida.
Ella contuvo el aliento, pero me miró a los ojos, desafiándome. Se la hinqué de nuevo con fuerza y entonces la oí gemir.
—¡Es tuyo! ¡Mi coño es tuyo, Pedro Alfonso!
Eso era todo cuanto quería oír. Tras otra potente acometida, me corrí, gruñendo presa del orgasmo. Me dejé caer con todo mi peso sobre ella y la besé, gimiendo pegado a su boca, soltando mi blanquecina semilla en esporádicas sacudidas hasta vaciarme del todo. Ella me besó a su vez
ávidamente, intentando dominar el beso para demostrarme algo que no era necesario demostrar, por más que me doliera admitirlo. Había sido una contrincante digna de encomio. ¡Maldita sea! Me había pagado con la misma moneda. Y si había sido capaz de hacerlo en su primera vez,
significaba que me las haría pasar canutas.
CAPITULO 16
A las seis menos cuarto ya había guardado toda la ropa y estaba esperando a Pedro junto a la puerta, tal como me había pedido. Si quieres saber mi opinión, era ridículo que esperara que yo le aguardase plantada ante la puerta como June Cleaver. Supongo que a Pedro le encantaría que le
cogiera la cartera, le ofreciera su jersey y le diera un beso en la mejilla antes de acompañarle a la sala de estar para que se sentara en su sillón preferido, donde le estarían esperando sus zapatillas y su pipa. ¡Pero no iba a hacerlo ni loca, Ward Cleaver!
El clic del pomo de la puerta me arrancó del mundo fantástico de Telelandia y dejé de morderme las cutículas. Pedro tenía pinta de estar hecho polvo, pero al verme sonrió al instante.
—¡Hola, cielo! ¿Cómo te ha ido el día? —le dije con la sonrisa más artificial y sarcástica que conseguí poner.
Pedro soltó una carcajada y dejó la cartera sobre la mesa.
—Fatal —me respondió pasándose la mano por entre el pelo y ladeando la cabeza para mirarme.
—¡Ay, pobrecito mío! —exclamé burlona sacando el labio inferior en un mohín—. Estar sentado todo el santo día ante el escritorio en un cómodo despacho con aire acondicionado mientras tus empleados acatan tus órdenes en un parpadeo es agotador, ¿verdad?
—Ya sabes que tu boca me gusta más cuando le meto algo para que esté calladita —me advirtió desabrochándose el cinturón—. Así que ¿por qué no vienes aquí y me consuelas un poco? —añadió dejando salir su descomunal miembro.
Me quedé boquiabierta, y supuse que se me había quedado la misma cara que había puesto Dolores en el coche.
—Sí, así, pero con mi polla dentro.
—¿Aquí? ¿En la entrada? Es que no estoy segura de que la cocinera se haya ido. ¿Y si alguien nos ve? —dije hablando atropelladamente.
Yo tal vez estuviera aterrada, pero la Agente Doble Coñocaliente ya estaba de rodillas rezando con las manos en alto, rogándome que le hiciera caso.
—Ahí está la gracia, ¿no te parece? —me respondió tirando de mí para que me acercara.
Noté los movimientos de su mano contra mi vientre mientras él se la meneaba. Noté sus cálidos jadeos en mi cara, sus labios casi pegados a los míos.
—Me apuesto lo que quieras a que esto te pone cachonda, ¿verdad, Paula? El que te puedan pillar de rodillas con mi polla en la boca.
Me deslizó la punta de la lengua por el labio inferior, acariciándome apenas el superior, jugueteando conmigo para acaparar toda mi atención.
—Te voy a enseñar a hacer unas cosas que ni siquiera te has podido imaginar —me susurró—. Cosas prohibidas que te garantizo te encantarán.
De pronto me acordé de que aún iba sin bragas y que la Agente Doble Coñocaliente ya estaba babeando. Este tipo te embrujaba con sus palabras.
Atrapada en su trance, me arrodillé entre sus piernas y tomé su polla en mis manos. Él gimió de gusto al lamerme yo los labios y chuparle sensualmente la punta, apresando con la lengua la temprana gotita perlada que se había asomado al lubricársele el miembro. Me la tragué poniendo cara de libidinosa como si la saboreara. Esta escena me hizo ganar otro gemido suyo de placer.
—¿Te gusta, Pedro? —le pregunté con voz profunda y lujuriosa.
Me acarició la mejilla con el dorso de la mano y luego me hundió los dedos en mi cabello. Con un rápido movimiento, me empujó la cabeza hacia él y me metió la polla hasta la campanilla.
—¡Sí, joder, cómo me gusta, nena!
Se la trabajé con rapidez, chupándosela, lamiéndosela y meneándosela en mi boca, tragándomela casi entera tal como me había dicho la primera noche que le gustaba. Agarrándolo por las caderas, hice que me la metiera
y sacara a un ritmo cada vez más turbador. Él echó la cabeza atrás deshaciéndose de placer y cerró con fuerza las manos entre mis cabellos.
—No seas tan fogosa, nena. Vas demasiado rápido —gimió intentando sacar la polla un poco de mi boca, pero yo se lo impedí.
Apoderándome de ella de nuevo, tiré de él. Si iba a alejarse de mí, lo haría sin su verga pegada al cuerpo y estaba segura de que él no querría eso. La sentí palpitar en mi boca y relajé la garganta para tragármela toda entera, intentando desesperadamente no vomitarle encima.
Gruñó de placer y entonces noté su caliente semen deslizándose por mi garganta al soltarlo él a chorros en rítmicas y potentes sacudidas. Al alzar la vista, vi su cara contraída como si estuviera sufriendo. Los rostros pueden dar pie a engaño. Pero en cuanto al suyo, por más que detestara admitirlo, era deliciosamente sexi.
Cuando me soltó el pelo y el cuerpo se le relajó, me fui sacando lentamente su polla de la boca dándole lametazos.
Después la solté y la contemplé bambolearse flácida.
—Veo que aprendes rápido, nena —dijo dándome unas palmaditas en la cabeza como si fuera un perro antes de subirse los pantalones.
¡Arrogante hijo de puta!
—No sé si a ti te ha pasado lo mismo, pero a mí se me ha abierto el apetito. Vayamos a cenar —añadió dando una palmada la mar de feliz.
CAPITULO 15
No te imaginas las horas y horas que pasamos yendo de compras. Dejé que Dolores eligiera la mayor parte de la ropa y todos los zapatos. No me importaba estar guapa y me habían encantado los zapatos tan monos que había elegido para mí, pese a saber que podría romperme la crisma cuando los llevara. Aunque no me dejó comprar ropa interior porque era Pedro quien quería ir conmigo a elegirla. ¡Venga ya! ¿Es que una chica no podía tener en su vestuario algunas braguitas de algodón o qué?
Por suerte Dolores decidió al fin hacer un descanso para almorzar.
—Cuéntame algo de ti —me dijo atacando la ensalada.
—¿Qué quieres saber?
—No sé. Supongo que lo esencial. ¿De dónde eres? ¿Quiénes son tus padres? ¿Cuál es tu profesión? Me refiero a esta clase de cosas. Pedro ni siquiera me quiso decir tu nombre —se quejó poniendo los ojos en blanco.
Saltaba a la vista que estaba molesta con él por haberse negado a darle cualquier detalle sobre mí.
—No te lo ha querido decir porque me he acogido a un programa de protección de testigos —le conté despreocupadamente antes de pegarle un bocado a mi sándwich.
—¿Que te has acogido a qué? —exclamó atónita dejando caer el tenedor.
—Sí —le respondí intentando con todas mis fuerzas no partirme de risa.
Pero mi intento fue inútil, porque al ver su cara de perplejidad, me eché a reír prácticamente escupiendo migas de pan por todas partes.
—¡Menuda mentirosilla! —dijo riendo—. He estado a punto de creérmelo. Ahora dime la verdad.
—Vale. La verdad es que crecí en Graceland y que mi padre es Elvis Presley.
—¿Elvis y Graceland? —dijo con una ceja arqueada—. ¿No te parece que eres un poco joven para ser su hija?
—Ajá. ¿Es que no te has enterado? En realidad no está muerto. Se fue con Tupac y Biggie, hinchándose de anfetas y fumando porros.
Dolores lanzó un suspiro poniendo los ojos en blanco.
—¿Te lo creerías si te dijera que crecí en el rancho de Neverland de Michael Jackson? —le pregunté haciendo gala de mi mejor imitación de Maxwell Smart, el protagonista de la serie Superagente —. Soy lo bastante blanca para ser su hija, ¿verdad?
—De acuerdo, listilla —dijo arrojándome una rodaja de pepino—. Va lo he pillado. Es obvio que no quieres hablar de ti. Pero ¿por qué, Pau? ¿Qué estás ocultando?
—¡Oh, no, no lo has pillado! —repliqué señalándola con un dedo acusador—.Pedro ya me advirtió de tus maquinaciones para enterarte de todo. No intentes jugar al detective Super Sleuth conmigo. No soy tan interesante como crees. Vengo de una ciudad pequeña y me fui a vivir a Los Ángeles porque soñaba con ser una actriz porno. Pero por desgracia no
me contrataron —afirmé encogiéndome de hombros.
Dolores, que en ese momento estaba bebiendo agua, se atragantó al oírme, y yo no pude evitar reírme de su cara alucinada.
—Era una broma… me refiero a lo de que vengo de una ciudad pequeña —dije soltando unas risitas.
Esta observación provocó otro resoplido de Dolores, pero al final se olvidó del tema cuando le pregunté sobre ella. Por lo visto no tenía secretos. Hasta me contó la postura sexual que ella y su marido habían probado la noche antes y me dijo que no dejara de probarla con Pedro. Pero lo que no sabía, ni nunca podría saber, es que yo era una prostituta virgen y que no tenía voz ni voto en lo que Pedro y yo hicimos en el dormitorio… o en la mesa del comedor… o en la limusina… o en la bañera. Y además yo era una novata en esos menesteres.
Por fin terminamos de comer, la banda magnética de la tarjeta de oro de Pedro se había desgastado de tanto usarla y el maletero del coche de Dolores apenas se podía cerrar de lo lleno que iba. En el camino de vuelta a la propiedad de Alfonso seguí sin soltar prenda, o sea que estaba muy orgullosa de mí. No sabía si Dolores se había creído algo de lo que le había contado durante el día, salvo quizá lo del chisme en cuanto a que nos conocimos en una actuación de drag queens. Si he de serte sincera, Dolores no era una mujer tan dura de pelar como Pedro me había hecho creer.
Torcimos por el sendero circular de entrada y Dolores aparcó delante de la puerta de la mansión. Pero no se bajó del coche.
—Me caes bien, Pau—me dijo girándose hacia mí y sacándose las gafas de sol—. De verdad. Y estoy segura de que seremos grandes amigas. Pero te voy a decir algo —añadió—. Pedro no es solo para mí y Mario un jefe, sino también un amigo, y Dios sabe que no tiene demasiados. En el pasado le hicieron daño y no permitiré que le vuelva a ocurrir. Por tanto mientras te portes bien con él, yo no me meteré en tu vida.
Poniéndole mi mano en el hombro, la miré con cara seria.
—Dolores, eres una mentirosa de mucho cuidado, pero intentaré no tenerlo en cuenta.
Se quedó boquiabierta como si la hubiera ofendido, pero sabía que la estaba desafiando. En ese momento llegó Samuel para ayudarnos con los paquetes. Le hice un guiño a Dolores y salí del coche, dejándola papando moscas.
Pensé que era bonito que Dolores fuera tan protectora con Pedro. Pero si hubiera sabido la verdad sobre nuestra relación, se lo habría pensado mejor antes de darme a entender que «si le hacía daño a Pedro, me las tendría que
ver con ella». No llegó a amenazarme abiertamente, pero me estaba avisando.
—¡No te perderé de vista, Pau! —me gritó desde el coche mientras Samuel y yo nos dirigíamos a la casa.
—¡Hasta mañana, Dolores! —contesté soltando unas risitas al girar la cabeza y luego desaparecí dentro.
Subí al dormitorio de Pedro y empecé a sacar la ropa nueva de las bolsas.
No tenía idea de dónde ponerla, pero intuía que la mayoría de prendas que Dolores había elegido para mí no debían guardarse ni meterse apiladas en un cajón. De modo que me dirigí al armario de Pedro y lo abrí. Me habría gustado decir que me quedé alucinada por lo ordenado que estaba, pero no fue así. Vi hileras perfectas de zapatos, todos ellos impolutos; las camisas estaban clasificadas por colores, al igual que las chaquetas y los pantalones de los trajes; protegido todo con bolsas de plástico de la tintorería. Pero lo que más me chocó es que había un espacio entre cada pieza de ropa para que no estuvieran pegadas.
Era un obseso del orden.
¿Qué podía hacer entonces? Sonreí malévolamente mordisqueándome la comisura de la boca. Y luego empujé su ropa hacia un lado y colgué la mía junto a la suya. ¡Y si no le gustaba, que me ofreciera una habitación para mí!
martes, 23 de junio de 2015
CAPITULO 14
—¿Hola? ¿Hay alguien en casa? —oí que decía una voz cantarina desde la entrada—. ¿Paula? Soy yo, Dolores. Ha llegado tu extraordinaria compradora personal para sacarte del paraíso.
Me apresuré a bajar, cubierta con la misma camisa que me había puesto la noche anterior para cenar. Y por más corte que me diera encontrarme por primera vez con una desconocida llevando solo una camisa de puta, no tenía elección.
—Asegúrate de pulir esta semana los objetos de plata, y dile al cocinero que esta noche cambie el menú por carne asada —dijo Dolores garabateando algo en la hoja de una tablilla provista de sujetapapeles, y luego se la entregó a la misma doncella que me había indicado la mañana anterior el
camino para ir a la cocina—. Gracias, Beatriz, estás haciendo un gran trabajo, como de costumbre.
Luego alzó la vista y me vio.
—¡Ah, hola! —exclamó.
Saltaba a la vista que se trataba de una de esas risueñas personas madrugadoras. Era una rubia platino de pelo vaporoso, tan sonriente y despampanante que me recordó a la capitana de las animadoras de un instituto que salía en una película de los ochenta. Casi me contagia su vitalidad y una parte de mí quería darle un sopapo por hacerme sentir de esa forma.
—Mm…, hola —repuse sintiéndome incómoda—. Soy Pau Chaves.
—Y yo, Dolores Hunt —dijo esbozando una amplia sonrisa—. ¡No sabes cuánto me alegro de conocerte por fin!
Le ofrecí la mano con un cordial gesto para que me la estrechara, pero ella puso los ojos en blanco juguetonamente.
—¡Oh, por favor! —exclamó en voz baja a través de su respingona nariz, rechazando con un ademán mi formal saludo—. Vamos a pasar todo el día juntas de compras. Y en mi mundo esto es como tener sexo —añadió soltando unas risitas, y luego me agarró para darme un fugaz abrazo—. A propósito, esto es para ti —dijo entregándome una bolsa rosa.
—¿Es ropa? —le pregunté para confirmarlo.
—Sí, señorita. ¿Qué le ha pasado a la tuya?
—Pues… —le empecé a decir sin tener ni idea de lo que iba a contarle —, como decidí venir a vivir con Pedro a última hora, no tuve tiempo de hacer las maletas. Y lo poco que me traje no encajaba con el estilo ni la tendencia de la ropa que lleváis, así que me desprendí de ella.
Por lo menos daría la impresión de saber algo de moda, ¿no?
Dolores arqueó una ceja perfectamente depilada y hasta vi las ruedecitas dentadas rodando en su cabeza para averiguar si le decía la verdad.
—¿Y cuando te pusiste la camisa ibas desnuda? —me preguntó mirándome como si no se lo hubiera tragado.
—Mm…, no —repuse medio riendo—. ¡Claro que no, qué cosas dices! La ropa que llevaba está sucia. Sí, está sucia.
—Ajá —contestó mirándome con desconfianza—. Entonces ¿por qué no vas a cambiarte para ponemos en marcha enseguida? ¿Te parece bien?
***
Viajar en un Beamer, el cochecito rojo de Dolores, fue un auténtico suplicio. Ser capaz de hacer mil y una cosas a la vez es un don, pero yo no estaba segura de que ese don debiera usarse mientras conduces. Fue a toda leche sobrepasando con creces el límite de velocidad, con la radio puesta y hablando incluso más deprisa de lo que circulaba, sin hacer ninguna pausa.
De vez en cuando pegaba algún que otro bocinazo y le soltaba una impertinencia a un motorista por circular demasiado lento o por cambiar de carril cuando a ella no le convenía.
—Es Chicago. ¡Aprende a conducir o no circules por la carretera, gilipollas!
Me miró y sacudió la cabeza poniendo los ojos en blanco.
—Los que van con miedo son peligrosos y no tendrían que ponerse al volante.
Coincidí con ella, pero en ese caso a las conductoras hiperactivas y violentas con un chute de cafeína tampoco tendrían que permitirles conducir.
Se metió en un hueco libre, y por «libre» me refiero a que se coló en él sin esperar apenas a que saliera el coche que lo ocupaba. Aparcó en batería sin reducir la velocidad, subiéndose al bordillo y obligando a algunos peatones que caminaban por la acera a esquivarla de golpe.
Despegué mis crispados dedos del salpicadero, donde seguro que dejé mis huellas impresas de la fuerza con la que me había agarrado y salí del coche. Incluso habría estado dispuesta a besar el suelo de no haber sido una escena demasiado grotesca. Las calles y las aceras públicas eran como placas de petri cultivando cócteles de esos que te dejan tieso.
—Vamos, chica —dijo Dolores poniéndose las gafas de sol y colgándose luego el bolso al hombro.
Yo no me habría puesto ni loca sus zapatos de tacón de aguja de infarto ni su exiguo vestido que parecía estar hecho para una quinceañera en lugar de para una mujer adulta, pero ella lo sabía llevar como si nada. En serio, estaba despampanante y se movía contoneando las caderas como diciendo «ven aquí bomboncito».
Cuando entramos en la primera tienda, las dependientas que estaban detrás del mostrador la reconocieron enseguida, incluso la llamaron por su nombre.
—¿Son amigas tuyas? —le pregunté.
—Profesionalmente sí, no socialmente —me respondió en voz baja—. Visito esta tienda cada dos por tres. Y además les doy buenas propinas.
—Señoritas —anunció volviéndose hacia ellas blandiendo la visa de oro de Pedro en el aire—, ¿seríais tan amables de sacarle a mi nueva amiga vuestras mejores prendas?
Me llevaron a toda prisa a un probador para que me desnudara y antes de darme tiempo a sacarme la ropa, ya me habían colgado sobre la puerta varios vestidos. Gruñí en mi interior, porque ir de compras no era lo mío, pero debo admitir que me sentí como una especie de Julia Roberts en
Pretty Woman al ser el centro de tantas atenciones.
Dolores se quedó junto a la puerta elogiando la ropa que le gustaba y burlándose de la que desechaba. Creí que al menos estaba segura en ese pequeño espacio, aislada del resto del mundo. Pero Dolores no me lo iba a permitir.
Abriendo la puerta de un empujón, irrumpió en el probador como si yo no tuviera nada que ella no hubiera visto antes.
Supongo que así era, pero con todo me habría gustado gozar de un poco de privacidad.
Estaba aprendiendo a marchas forzadas que en el mundo de Pedro por lo visto todo quisqui podía verme en bolas.
Ergo, olvidándome de mi pudor, me quedé con todo al aire tal como mi madre me trajo al mundo, como una modelo que es la envidia de todas las mujeres, aunque yo no me considerara nada del otro mundo.
—¿Y? —me dijo Dolores suspirando mientras se sentaba en el banco del probador y me miraba—. Cuéntame cómo tú y Pedro os conocisteis.
—Mm…, supongo que como cualquier otra pareja —repuse intentando averiguar cómo diablos iba a ponerme el extravagante vestido que acababa de darme para que me lo probara.
—No todas las parejas se conocen de la misma manera. Cada una tiene su propia historia. Cuéntame los detalles, nena —dijo ayudándome a ponérmelo.
Y entonces me entusiasmé, porque su curiosidad me permitiría jugar con Pedro un poco. Él me había dicho que podía contarle lo que quisiera.
—Como probablemente se subiría por las paredes si se enterara de que te lo he contado, tienes que prometerme que no se lo dirás a nadie.
—Te doy mi palabra de bruja —repuso poniéndose el dedo corazón y el índice debajo de los ojos como hacía Samantha en Embrujada. Me conquistó al instante con ese gesto, era una auténtica psicópata que iba tras mi corazón.
—Lo conocí en la entrada de un espectáculo de drag queens —le susurré al oído—. Era tan guapo que lo tomé por uno de los actores.
—¿Pedro Alfonso asistió a un espectáculo de drag queens? —gritó Dolores soltando unas risitas, y yo le tapé la boca con la mano para hacerla callar.
—Me dijo que no solía ir por aquel barrio, que solo quería tomar una copa y que acabó allí por casualidad —añadí adornando la historia—. Cuando me lo encontré estaba junto a la entrada fumándose un pitillo y me he estado preguntando si estaría allí porque acababa de follar.
Dolores y yo nos echamos a reír pasándonoslo en grande.
—¿Y luego qué ocurrió? —me preguntó de lo más interesada.
—Cuando estaba a punto de echarle esa mirada de «Venga ya, a mí no me la das», vi que se comía con los ojos a las chicas —dije sacando las tetas—. Estoy segura de que lo hizo para demostrarme que no le iban los tíos.
—Tienes unos bonitos melones —señaló encogiéndose de hombros como diciendo, con ese par es lógico que le gustaras.
—Luego me dijo si quería ir con él a tomar una copa y como era tan guapo y me estaba intentando demostrar lo machote que era, le dejé que me follara. Y desde entonces no me lo he podido sacar de encima —añadí riendo.
—Me alegro de que por fin haya decidido salir con una chica, sobre todo después de lo que le pasó con Julieta —me contó recolocándome las tetas para que me quedara bien el vestido. Creo que en el fondo quería manoseármelas. Si hubiera sido ese el caso, no me habría importado, pero sentí curiosidad por lo que me acababa de decir.
—¿Julieta? ¿Quién es Julieta? —le pregunté deseando conocer esta información del pasado de Pedro, no porque me interesara sino para usarla como arma arrojadiza si lo necesitaba en el futuro.
—Nadie. No importa. No debería habértelo dicho —repuso enseguida—. Sí, estás de lo más atractiva con este vestido.
Por qué cambias de tema, tramposilla. Te lo acabaré sonsacando, pensé.
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