martes, 30 de junio de 2015

CAPITULO 35




El viaje en la limusina transcurrió en silencio. Dolores y Mario habían ido en su propio coche a la fiesta por si acaso nosotros o ellos queríamos marchamos más temprano. Pedro se sentó a un lado de la limusina, fumándose un cigarrillo mientras miraba por la ventanilla. Traducción: me estaba torturando con esas vibraciones suyas de «mira cómo hago el amor con el cigarrillo ignorándote».


Y entonces empezó la verdadera tortura.


Gente. Montones y montones de gente. Y cámaras. Por todas partes destellaban los fogonazos de los flashes mientras avanzábamos por la alfombra roja hacia el lujoso edificio que acogía a la élite de Chicago. La gente gritaba y empujaba, intentando conseguir el sitio ideal para sacar la mejor foto. ¿Y cuál era el centro de atención? Pedro Alfonso… y su pareja. Yo procuré ocultar la cara detrás de sus anchos hombros o simplemente la giré. Pedro me rodeó por la cintura mientras sonreía y posaba, saludando y agitando la mano a la multitud, ignorando como si nada la sagaz pregunta de: «¿Quién es esta hermosa joven que va cogida de tu brazo esta noche, Pedro?», hasta que por fin entramos al edificio donde estaba teniendo lugar una fiesta por todo lo alto, dejando atrás el caos de la calle.


Sentí un gran alivio.


—¿Estás lista para entrar? —me dijo Dolores de pronto colocándose a mi lado.


—¿Es que no lo hemos hecho ya? —pregunté confundida, mirando a mi alrededor.


—¡Qué boba eres! Esto —me dijo abriendo un portón doble— es el baile de gala del Loto Escarlata.


—¡Caray!


El lugar era enorme, aunque no me sorprendió, porque todo cuanto tenía que ver con Pedro lo era. Había flores de loto rojas por todas partes: flotando en cuencos de cristal llenos de agua y de velas flotantes, en los ramos, por doquier. Del techo colgaban estandartes rojos de seda, haciendo juego con los manteles y los lazos rojos, parecía como si hubiera tenido lugar una preciosa masacre en la sala.


Y también había fuentes de champán. Va en serio, además de dos docenas más o menos de camareros que no paraban de ir de un lado a otro ofreciendo bandejas repletas de copas llenas del líquido dorado. Lo cual explicaba probablemente por qué la gente estaba tan animada. Demasiado animada para mi gusto.


Los asistentes iban de punta en blanco, todos lucían vestidos o esmoquins de lo más elegantes que costaban más de lo que la mayoría de los paisanos de mi ciudad natal ganaban en un mes. Incluso olían a dinero.


La jerarquía social tenía su propia forma de recordarte cuál era tu lugar.


Pedro nunca me había hecho sentir como una pobretona, pero él y yo no nos habíamos dejado ver juntos en público. 


Hasta esa noche, los dos nos habíamos dedicado a follar como conejos en la privacidad de su enorme mansión. Y ahora, en medio de sus amigos de la vida real, lo vi con una
claridad meridiana. Hasta este momento me había sentido como en casa, pero ahora sin duda no era así.


—Bienvenida a mi mundo —me susurró Pedro al oído y luego, cogiéndome del codo, me condujo hacia la multitud—. Hay algunas personas que quiero presentarte.


Dios mío. Iba a meter la pata hasta el fondo. Lo sabía.


¡Pedro! Te estaba esperando —gritó una morena menuda y saltarina acudiendo a su lado. Si quieres saber mi opinión, parecía estar ya un poco piripi—. Vaya, ¿has venido con tu pareja? No sabía que salieras con alguien.


—Mandy, que no estemos en la oficina no significa que deje de ser el señor Alfonso —le recordó Pedro con firmeza. En ese momento llegó un camarero con una bandeja llena de copas de champán. Agarró una y me la ofreció y luego cogió otra para él.


—¡Oh, tienes razón! Lo siento —se disculpó Mandy.


Y luego volvió a mirarme para tasarme. A juzgar por la forma en que arrugó la nariz y sonrió con falsedad, diría que acababa de descubrir que yo no era una prolongación del brazo de Pedro.


—¿Quién es ella? —preguntó.


—No es de tu incumbencia. Y ahora lárgate y ve a buscarte otra copa, señorita Peters —dijo despidiéndola agitando la mano.


Ella me echó la última mirada envidiosa y yo me apoyé en Pedro con una adorable sonrisa en la cara para fastidiarla.


—¡Oh, ahí están Lexi y Brad! —gritó Dolores señalando con el dedo a una pareja deslumbrante plantada a unos metros de distancia de nosotros.


Logré agarrar otra copa de champán antes de que me tirara de la muñeca arrancándome casi el brazo de cuajo para presentarme a la pareja más glamurosa del mundo. Pedro se quedó hablando con unas personas que acababan de saludarle en ese momento, pero Dolores, decidida a salirse con la suya, siguió tirando de mí.


—¡Lexi! —Gritó Dolores soltándome por fin para ir a abrazar a una pelirroja con piernas de vértigo. Este bellezón debía de ser la mujer a la que Jessica Rabbit había copiado. Madre mía, era despampanante: con una tez de porcelana, unas tetas enormes, una cintura de avispa y unos carnosos labios rojos. Casi esperaba oír a los Commodores interrumpiendo de pronto la soporífera música que estaban tocando.


—¡Oh, Brad! —gorjeó con voz femenina el tipo enorme que iba con ella, burlándose de Dolores mientras pestañeaba y agitaba las muñecas en el aire —. Te he echado de menos y tú eres mi chica favorita. ¡Ooh! ¡Yo también quiero meterte mano!


Dolores se separó del bellezón y se lo quedó mirando mientras la apodada «bellezón» le daba una colleja a su pareja.


—¡No seas imbécil, imbécil, que no estamos solos! —le soltó la pelirroja señalándome con la cabeza con cara de curiosidad.


—¡Oh, sí! Te presento a…


Pedro la interrumpió, apareciendo de pronto de la nada.


—Paula. Mi Paula —dijo rodeándome la cintura con el brazo y arrimándome a él posesivamente—. Paula, te presento a Alexis, mi prima preferida, y a Brad Mavis, su marido.


—Puedes llamarme si quieres el Tierno Gigante —dijo Brad.



—Juega en la Liga Nacional de Fútbol Americano como placaje defensivo y es un jugador increíble —aclaró Pedro.


—¡Así es! —se jactó Brad sacando pecho.


—Lexi es su implacable agente —prosiguió Pedro señalándola con la cabeza—. Creo que Brad la teme más que a cualquiera de esos chupasangres que negocian los contratos.


—Alguien lo ha de meter en cintura. Además a él le gusta que le den caña —puntualizó Lexi con una sonrisita de complicidad.


—Encantada de conocerte —dije saludando a Lexi ofreciéndole la mano —. Pedro no me ha dicho ni pío de ti —añadí soltando una risita violenta.


—Lo mismo te digo —respondió Lexi estrechándome la mano.


Aunque «lo mismo te digo» se refiriera a que también se alegraba de conocerme, a mí me pareció que además me daba a entender que Noah tampoco les había hablado de mí, y aunque yo lo entendiera perfectamente, a ellos les había parecido muy raro.


—Pepe, ¿has visto ya a Mamá y Papá? —le preguntó a Pedro.


Miré a Pedro con las cejas alzadas.


Él supo al instante por qué yo le miraba así. Puso los ojos en blanco avergonzado.


—Todos los miembros de mi familia me han llamado siempre por mi sobrenombre.


—Claro —repuse. Esta clase de detalles eran el tipo de cosas que debería haberme contado antes de presentarme a su familia como «mi Paula», pero ¡quién era yo para decírselo! Así que me tragué de golpe media copa de champán para no ponerme de los nervios.


—Y no, Lexi, todavía no les he visto —prosiguió Pedro echando un vistazo a los invitados como si intentara arreglarlo.


—Pues están por aquí. Estoy segura de que volverán enseguida —dijo ella agitando la mano para quitarle importancia—. Ya sabes cómo se comporta Papá en estas fiestas.


Brad, Mario y Pedro se pusieron a charlar sobre algún equipo deportivo, al que yo no presté ninguna atención porque Pedro me estaba trazando círculos con el pulgar en la parte inferior de la espalda mientras me metía el meñique por debajo del vestido hasta pegármelo a la rajita del trasero.


Dolores y Lexi también estaban charlando animadamente, conversación en la que yo no podía participar porque no tenía idea sobre los cotilleos de su círculo de amistades. De ahí que hice lo único que podía hacer: entretenerme con un juego de «veamos si puedo tomarme todo el champán antes de que el siguiente camarero pase por aquí con más», y lo estaba ganando. Y que conste que era toda una hazaña, porque había montones y montones de bandejas llenas de copas de champán.


—No bebas tanto, gatita —me susurró Pedro al oído, y al escuchar su voz me sentí como si flotara. Qué curioso, me había tomado cuatro, quizá cinco copas de champán y no se me había subido a la cabeza. Pero él me llamaba «gatita» y de golpe y porrazo me sentía ebria.


—Voy a hacer pis —solté.


Las conversaciones que estaban manteniendo cesaron de golpe y me convertí en el centro de las miradas. Supongo que lo que acababa de soltar no era propio de una dama ni la clase de cosas que diría en alto la mujer que saliera con Pedro Alfonso. Tomé nota.


Lexi se echó a reír.
—Yo también tengo que hacer pis. Ven, Dolores. Parece que todas necesitamos ir al baño.


—¡Habrase visto, Lexi! —exclamó Dolores arrugando el ceño con una mirada de reproche—. Tal vez parezca una debutante —me señaló—, pero no te lo creas. Pese a todo su encanto y glamour, es en realidad una tía grosera y ordinaria.


—¡Esta es mi chica! —alardeó Brad dándole un azote en el culo mientras ella se iba.


—No tardes —me susurró Pedro con su voz sensual en la sensible piel de debajo de mi oído—. Quiero que estés a mi lado toda la noche —y luego pegó discretamente sus carnosos labios a mi cuello, y al notar su beso sentí que me derretía como si fuera mantequilla sobre una pila de panqueques calientes.


—Por Dios, Pepe. Solo vamos al maldito lavabo. Te prometo que no la asustaré —le soltó Lexi poniendo los ojos en blanco.


—Pues que tengas mucha suerte —se burló él—, porque verás que Paula es capaz de aguantar tus grandes encantos.


—Que te jodan —replicó Lexi.


—Yo también te quiero, querida prima —le respondió Pedro sonriendo, y luego me hizo un guiño antes de tomar un sorbo de champán y girarse para seguir charlando con los chicos.


Cuando nos abríamos paso entre la abarrotada sala para ir al lavabo de las damas, Lexi se paró de golpe.


—Mirad lo que el perro se ha traído a la fiesta —dijo por lo bajo señalando con la cabeza a nuestra derecha.


Un tipo como una mole con el pelo negro lacio y brillante, un moreno de solárium, patillas de boca de hacha y dientes blanquísimos estaba plantado en el centro de un corrillo, en medio de nuestro camino, rodeado de mujeres aduladoras, y de alguna manera se las apañaba para prestarles atención a todas. Poseía sin duda un gran magnetismo animal.


—Pues no está mal el tipo si lo que te pone es el rollo del Ken hombre lobo —comenté resoplando—. ¿Quién es?


—Dario —dijo Lexi con desdén.


—¿Y quién es ese Dario?


Dolores se arrimó a mí como si fuera a decirme un secretillo sucio.


—El que antes era el mejor amigo de Pedro.


Di un grito ahogado y de pronto sentí que me hervía la sangre, aunque no me refiero claro está a la de ahí abajo.


—También es el socio de Pepe —musitó Lexi empujando la puerta del baño de las damas—. El muy cabrón ha estado intentando que Pedro le vendiera su parte del Loto Escarlata desde que mis tíos murieron.


Y así fue cómo empezó mi idilio con Lexi Mavis.


—¿Acabas de decir que los padres de Pedro murieron? —pregunté antes de darme cuenta de que probablemente también debería haber sabido este detalle, pero me había quedado demasiado anonadada. Él nunca me había hablado de ellos.


—Sí, en un accidente de coche hace seis años —repuso Lexi—. No me sorprende que no lo supieras, porqué Pedro nunca habla de ello.


Dolores se puso seria de golpe.


—Los perdió a los dos al mismo tiempo y desde entonces se ha estado torturando, así que no saques el tema. Cuando se sienta preparado, te lo contará, ¿de acuerdo?


—Sí, de acuerdo —de pronto eché de menos a mis padres.


Lexi abrió la puerta de un lavabo y me hizo entrar a toda prisa.


—Apresúrate. Necesito tomar una copa. ¡Dios!, me encantan las barras libres.


Me ocupé de mis propios asuntos mientras Lexi y Dolores se ponían a charlar animadamente. Eligieron el tema de tener hijos: Dolores quería uno, pero Mario no se sentía preparado aún; Brad quería otro, pero Lexi se negaba a quedarse embarazada e ir descalza porque se vería obligada a dejar de lado su carrera.


—¿Y qué me dices de ti y Pedro, Paula? —me preguntó Lexi al salir yo del retrete.


—Mm… —titubeé acercándome a las piletas para lavarme las manos.


¿Qué se suponía que debía responder?


—Pau —interrumpió Dolores—. Le gusta que le llamen, Pau, ¿no es verdad?


—Sí, simplemente Pau —dije con una sonrisa de incomodidad—. Y, mm…, Pedro y yo no hemos hablado todavía de tener hijos. Me refiero a que en nuestra relación no hemos llegado a este punto… aún.


—Mmm, mmm, ya veo —dijo Lexi y luego lanzó un teatral suspiro—. Bueno, ¿qué os parece si acabamos con el asunto de una vez?


Cerré el grifo y me sequé las manos.


—¿A qué te refieres exactamente? —le pregunté.


—Oye,Pau. Pedro no tiene madre, ni padre, ni hermanos. Conque recae sobre mis hombros el rollo de sobreprotegerle advirtiéndotelo —empezó diciendo—. No te conozco, pero de entrada me has caído bien. Sin embargo, te lo tengo que decir: si le haces daño a mi primo, te daré una patada en el culo. Y «por una patada en el culo» me refiero a que cuando te la haya propinado necesitarás un trasplante. Eso es todo. ¿Te ha quedado claro?


La admiré por su par de ovarios, pero como todos creían que yo era la pareja de Pedro, tenía que replicarle algo, de lo contrario pensaría que era una falsa. Arrojé la toalla de papel usada al contenedor y me la quedé mirando con los brazos en jarras. Dolores dio un paso atrás porque se la vio venir.


—Pues sí. Pero te voy a decir algo a ti y a cualquier otra persona que quiera meterse en nuestra relación. Quiero a este hombre más de lo que creí poder amar a nadie, de manera incondicional e irrevocable —en ese momento vi que lo que le decía era verdad—, y si alguien tiene que preocuparse por si le rompen el corazón, soy yo. Dicho esto, si crees que lo mío con Pedro no funciona y necesitas darme una patada en el culo, hazlo. No me intimidas. Por lo que si alguna vez te mueres de ganas… adelante.


Dolores contuvo el aliento e incluso la oí tragar saliva. Seguí mirando con intensidad a Lexi, sin flaquear. Era una auténtica amazona que podría perfectamente haberme dado una tremenda paliza, pero yo no iba a echarme atrás. Se lo habría tomado como una señal de debilidad, y aunque me sintiera tan vulnerable como un caracol fuera de su caparazón en lo que concierne a Pedro, yo no era una persona débil por naturaleza.


A Lexi se le relajó la cara y en la comisura de su boca afloró una sonrisa, era clavada a la de Pedro.


—Juro por Dios que si no estuviera casada, esta noche me fugaría contigo —me soltó.


Yo también sonreí y Dolores respiró aliviada.


—¡Sois tal para cual! —observó Dolores sacudiendo la cabeza. Si ya habéis acabado con vuestro rollo de ver quién tiene los ovarios más grandes, ¿os parece bien si regresamos de una vez con nuestros hombres?


—De acuerdo —repuso Lexi enlazando su brazo al mío—. Pero yo los tengo más gordos.


—Bueno, esto está por ver —le solté mientras salíamos del baño.


Pero la sonrisa se me esfumó de la cara cuando el mar de gente que había frente a nosotras se abrió para dejamos pasar y entreví a Pedro.


Estaba sonriendo y asintiendo con la cabeza delante de un hombre muy atractivo de pelo negro de más edad que él. Pero al ver a la mujer agarrada del brazo de Pedro, se me hizo un nudo en el estómago. Alta y con un pelo rubio rojizo, estaba pegada a él como si formara parte de su vestuario, me recordó a Ginger de la serie La isla de Gilligan. Ella parecía una estrella de cine y, por lo visto, lo sabía.


—Lexi, dime por favor que esa es tu hermana.


—¡Pero qué dices! Ya le gustaría a esa fresca tener mis genes.


—¿Entonces quién es?


—Esa… es Julieta —dijo Dolores con voz asqueada—. Alias la pulpo. Se rumorea que se folló a ocho tíos de golpe… después de romper con PedroNo me preguntes cómo lo hizo.


—¿Así que es la pulpo, eh? Supongo que esto explica por qué tiene sus viscosos tentáculos puestos en mi hombre —dije enrojeciendo de rabia y sintiendo también, por más que me fastidie admitirlo, un poco de envidia.


Me empezaron a venir a la cabeza toda clase de maniobras letales como las de los gladiadores de Arena, estaba tan cabreada que seguro que me saldrían como si nada.


—¿Quieres que me ocupe yo de este honor? Hace mucho que me muero por arrancarle la cabeza a esa cabrona —se ofreció Lexi.


Yo la adoraba. Se estaba convirtiendo rápidamente en mi hermana del alma.


—No gracias. Prefiero hacerlo yo misma —le dije sacando pecho y yendo directa hacia mi hombre.


—¡Formidable, formidable! —la oí decir riendo a mi espalda.







lunes, 29 de junio de 2015

CAPITULO 34






—Mueve el culo que si no llegaremos tarde —me había estado gritando Dolores en la puerta del baño durante casi una hora y ya me estaba irritando de verdad.


Cuando acababa de abrir de un manotazo la puerta del baño para soltarle que se callara, un estrépito horroroso sacudió de pronto la casa desde los cimientos y un meteorito del tamaño del estado de Texas agujereó el techo y le cayó a Dolores en la cabeza antes de desplomarse al primer piso e
impactar ruidosamente contra el suelo. Los bracitos y las piernecitas de Dolores fueron lo único que vi de ella al asomarme por el gigantesco agujero que había abierto el meteorito para mirar abajo, y además no movía ni un solo dedo. Ding, dong, la arpía había muerto…


—¡Venga, que ya es hora de irnos! —gritó Dolores arrancándome de mi alucinación. El agujero del techo se esfumó de golpe, al igual que los escombros y el colosal meteorito. Había sido como un colocón de ácido.


Tenía que repetirlo otra vez, me lo había pasado en grande.


Dolores dio un grito ahogado, por lo visto se había quedado sin habla, algo muy inusual en ella.


—¡Estás guapísima… jolín, qué envidia me das! —exclamó rodeándome para contemplarme desde todos los ángulos—. Si a Pedro después de verte con este vestido no le cambia esa cara de estar cabreado con el mundo, ya nada lo hará.


Me dirigí al armario de Pedro y me miré en el espejo de cuerpo entero adosado tras la puerta. El vestido era precioso, al menos la exigua tela de la que estaba hecho. 


Era de satén azul marino, con un gran escote en la
espalda que me llegaba hasta la curva del trasero. La pechera se componía tan solo de una banda que se entrecruzaba sobre mis senos y luego el vestido me envolvía las caderas, dejándome el vientre al descubierto hasta la cintura. Y aunque la falda me llegara a los tobillos, era como si no existiera, porque tenía un corte a partir del comienzo de mi muslo. Al menos el material del vestido era holgado y suelto.


Dolores me había peinado con el pelo recogido, pero me había dejado varios pequeños y elegantes bucles alrededor de la cara en los lugares más estratégicos. El maquillaje era mucho más atrevido que el que yo solía ponerme, y los ojos ahumados la verdad es que me quedaban de fábula. Si Dez pudiera verme juraría que ahora yo era una persona distinta y quizá no se avergonzaría tanto de que la vieran en público conmigo.


Pero por más guapa que me sintiera, dudaba que Pedro se fijara en mí.


Dolores tenía razón, parecía estar cabreado con el mundo entero y yo no tenía idea de por qué. No me había tocado desde la noche que estuvimos en la sala de música, cuando interpretamos la música más bella que nunca antes había tenido el placer de escuchar, con nuestros cuerpos y el piano como únicos instrumentos de la orquesta. No pude evitar soltar unas risitas, porque la escena parecía de lo más cursi incluso en mi propia cabeza, pero era verdad.


Le echaba de menos.


Cuando Pedro volvió de la «reunión de trabajo» no me despertó. Lo cual era muy raro en él, descorazonador para mí y terrible para el Chichi. Dolores me había dicho que Mario le había contado que Pedro se largó de la oficina
como alma que lleva el diablo sin decir siquiera qué le pasaba. No había respondido a las llamadas de Dolores, ni siquiera a las mías, hasta que le envié un mensaje.


—¿Me has oído? —me preguntó Dolores en ese tono suyo de «hoooolaaaaa». Vaya, se ve que había estado soñando despierta de nuevo.


—¿Mm…, sí? —le respondí en un tono más de pregunta que de afirmación.


—¿Qué te acabo de decir? —me soltó poniéndose en jarras con la cabeza ladeada, con cara de «si no lo sabes vas a ver la que te espera».


—Que Pedro después de verme con este vestido tenía esa cara de nada lo hará y que el mundo estaba cabreado —repetí. Vale, tal vez no fuera clavado a lo que ella me había dicho, pero al menos se le parecía, ¿no?


Dolores frunció el ceño al oírme.


—Ponte los zapatos. Los chicos nos están esperando.


Me puse los zapatos de tacón, agarré el bolso y seguí al pequeño chihuahua ladrador que era Dolores hasta el primer tramo de las escaleras.


Cuando llegué al primer rellano, me detuve quedándome sin habla al ver a Pedro. Iba perfecto de la cabeza a los pies. 


Ahí estaba él, con un esmoquin negro, una camisa blanca, zapatos negros y una bonita cara, listo y preparado. Y encima se veía de lo más cómodo con esa ropa.


Alzó la vista mirando el rellano donde yo me había detenido. 


Casi se dio media vuelta, pero en su lugar volvió la cabeza dos veces para mirarme.


Vaya, de modo que después de todo se había fijado en mí. 


Sonrió de una forma extraña mientras yo bajaba las escaleras y se pasó las manos por entre el pelo antes de tomarme de la mano.


—Estás deslumbrante —me dijo, y luego me besó el dorso de la mano como un auténtico Príncipe Azul. En ese instante vi que yo me parecía en muchos sentidos a la Cenicienta. Al igual que ella, no era más que una chica de la clase obrera viviendo una bella fantasía. Solo que en lugar de un hada madrina tenía un contrato de dos años.


Pedro se le ensanchó la sonrisa al ver en mi muñeca el brazalete Alfonso, pero de pronto se le borró de la cara y me soltó de la mano.


Aclarándose la garganta, se metió las manos en los bolsillos como si se sintiera incómodo.


—De acuerdo, vamos.


Dolores también carraspeó «discretamente» —¡sí hombre, y qué más!—, y cuando Pedro la miró, ella ladeó rápidamente la cabeza hacia mí dándose unas palmaditas en el cuello.


—¡Oh! —exclamó Pedro pillando por fin algo que para él era evidente —. Tengo un regalito para ti —me dijo metiéndose la mano en el bolsillo.


Se sacó una cadenita de platino. Cuando la sostuvo en alto, vi un diamante azul colgando en medio.


—¡Oh, Pedro! No tenías que haberlo hecho —dije, ¡por Dios, si hasta sonaba como la Cenicienta!, pero este era el efecto que él me producía.


Pedro se encogió de hombros sin mirarme. En su lugar se centró en el cierre de la cadenita.


—No es nada. Te mereces esto… —respondió suspirando y por fin levantó la cabeza con una firme convicción en la mirada—, y mucho más.


Qué raro estaba. Sobre todo teniendo en cuenta la forma en que me había tratado los dos últimos días, huyendo de mí como de la peste.


Pedro se puso detrás de mí y me rozó apenas con el pecho la piel de la espalda mientras me cerraba la cadenita alrededor del cuello. Antes de alejarse, deslizó sus dedos por mis hombros, haciéndome estremecer.


Le puse mi mano en el antebrazo para detenerle.


—Gracias —musité, y luego poniéndome de puntillas le di un tierno beso. Cuando me aparté, noté que él tenía los músculos de la mandíbula tensos como si estuviera apretando los dientes.


No entendía qué le pasaba. Dos días atrás no me lo podía sacar de encima como si no se cansara nunca de estar conmigo y ahora era todo lo contrario. No sabía si de golpe le asqueaba o si se había enojado por algo que yo había hecho o qué. Pero lo que sí sabía es que era yo la que ahora se estaba empezando a enojar. Pero quizá fuera está la cuestión. Desde que había sabido lo de Julieta, había intentando dejar mi aspecto de arpía a un lado y ser amable con él. Pero quizá no le gustaba este aspecto mío. Tal vez no era Pedro el que había cambiado, sino yo, y a lo mejor no le atraía esta nueva forma de ser mía.


Muy bien.


Sacando la barbilla con actitud decidida, le solté el antebrazo y me dirigí a la puerta. Pero entonces vi que nadie me seguía.


—¿Y? ¿A qué esperáis? Acabemos con esto cuanto antes —les solté girándome.










CAPITULO 33





Me quedé en el cementerio hasta llegar la noche. Quizás hasta varias horas después de anochecer, pero no estoy seguro, porque mientras me regodeaba en mi sentimiento de culpa, el tiempo pareció detenerse. Me estaba quedando helado y tenía el culo y las piernas entumecidos por no
haberme movido del banco. Por suerte la lluvia solo duró media hora y la ropa se me secó enseguida.


Ignoré mis tripas rugiendo, mi boca seca y el móvil sonando sin cesar.


Me estaban buscando. Lo sabía. Y Dolores no tardaría en recurrir a los sabuesos para que me rastrearan. Pero la llamada de Paula apareciendo en la pantalla fue la única que despertó mi curiosidad.


No voy a mentir, quería hablar con ella más que nada en el mundo. Cogí el móvil a la primera llamada, me lo quedé mirando a la segunda, y lo estrujé con tanta desesperación a la tercera que estaba seguro de haberlo machacado. Pero no me puse al teléfono. ¡Qué diablos le iba a decir!


He contratado a un detective privado para que meta las narices en tu pasado, porque soy un entrometido hijo de puta con una ligera tendencia a ser un puñetero controlador… 


Joder, se iba a poner hecha una furia cuando descubriera lo que yo había hecho. Te lo putogarantizo. ¿Y a que no
adivinas lo que he averiguado? Pues lo has acertado. Sé que vendiste tu cuerpo para pagar el trasplante de corazón de tu madre moribunda, pero voy a seguir follándote pese a todo, porque estoy mal de la cabeza y necesito ayuda, y montones y montones de terapia de choque para mi polla
sería justamente lo que el médico me recetaría.


Sí, no pensaba mantener esta clase de conversación.


Oí la conocida señal anunciándome la llegada de un mensaje de texto y cogí el móvil. Al ver que era de Paula, sentí que el corazón me daba un vuelco y, antes de darme cuenta, ya lo estaba abriendo. El reloj digital me indicaba que eran más de las diez de la noche. ¡Mierda!, ¿cómo podía ser que llevara tanto tiempo en ese lugar?


¿Dnde stás? Esty sola… en sta cama tan
gmde… desnda.


La polla se me movió dentro de los pantalones al ver en mi cabeza la imagen que tanto ella como yo conocíamos demasiado bien. «¡Cierra el pico! Tú eres la culpable de metemos en este lío, maldita calenturienta» — le espeté a mi amiga de toda la vida.


Tngo una reunión de trbjo. No me espers.


Mierda.


He hbldo con Dolores, me algro k stés vivo. Se lo
diré.


¡Qué bien que por el momento se conformara con esta excusa! Sabía que cuando la viera, se daría cuenta de que me pasaba algo. Pero al menos ella avisaría a Dolores para que no se preocupara en absoluto por mí.


Me voy a la cma. Desprtme cuand vuelvs. Si
kires ;)


Oh, sí que quería. Pero no lo haría.


Me metí el móvil en el bolsillo y volví a quedarme mirando al vacío. El fantasma de mi madre no se había aparecido para darme un manotazo en la cima de la cabeza. El fantasma de mi padre tampoco se había levantado de la tumba para echarme una bronca por desperdiciar un tequila de tan buena calidad o para decirme que me aclarara de una vez y dejara de comportarme como un idiota. No había tenido ninguna gran epifanía ni tampoco había decidido lo que iba a hacer. Por lo visto había desperdiciado el día y la noche.


Me saqué el móvil de nuevo y llamé a mi tío. Daniel era cardiólogo, el mejor de Chicago, y además parecía conocer a todo el mundo.


Probablemente porque apoyaba con gran entusiasmo cualquier cosa que tuviera que ver con la medicina. Por eso había comprado el centro médico de Everett. Este edificio apoyaba a los especialistas de prácticamente todos los campos habidos y por haber, y Daniel era como una esponja que intentaba empaparse constantemente de los máximos conocimientos posibles. Sabía que llamarle sería dar palos de ciego, pero tal vez él podría enterarse del estado de Alejandra Alfonso y también ayudarla, porque con esas
malditas cláusulas de confidencialidad médica, nadie iba a darme ninguna información sobre ella, y aunque me la dieran no entendería una palabra.


Pero Daniel podría conseguir cualquier cosa en este sentido.


Después de hacer la llamada y lograr que mi tío aceptara ayudarme, llamé a Samuel para que me fuera a recoger. Ya iba siendo hora de volver a casa y aunque yo temiera cómo iba a reaccionar mi cuerpo al ver a Paula, mi corazón necesitaba hacerlo.


De camino de vuelta a casa Samuel no me preguntó nada. 


Sabía que yo no estaba de humor. Al llegar salí del coche sin decir palabra y me dirigí al dormitorio. Aunque me supiera el camino de memoria, sentí como si una fuerza invisible jalara de mí hacia esa dirección. Paula estaba ahí, y me atraía como un imán.


Por primera vez desde hacía mucho tiempo me metí en la cama con toda la ropa puesta, salvo los zapatos, claro está. 


Paula dormía tumbada de cara hacia mi lado de la cama, su rostro angelical se veía sereno, aunque yo sabía el infierno que el destino —y yo— le estábamos haciendo pasar.


Cada molécula de mi cuerpo quería alargar la mano y tocarla, pero no podía. Porque yo estaba sucio y ella no. Y no me refería a haberme pasado el día con la ropa empapada y no haberme dado una ducha aún, sino que no
quería ensuciar algo tan prístino. Pero mis manchas ya estaban por todo su cuerpo, ¿verdad? La había tocado por todas partes, sin dejarle ni un centímetro de su perfecta piel sin marcar.


Así que hice lo único que podía hacer. Me tumbé en la cama y la contemplé mientras dormía, memorizando cada rasgo suyo, mirándola respirar. Y en ese instante supe que no volvería a tratarla nunca más como a una esclava sexual.







CAPITULO 32






Me fui del despacho temprano. No podía hacerlo, no podía seguir sentado ahí fingiendo que no pasaba nada, ocupándome de los negocios como de costumbre cuando me sentía fatal.


—¡Hola, Alfonso! —exclamó Mario deteniéndome al salir yo del despacho—. ¿Te vas? ¿Va todo bien?


Sí, probablemente debería haberle dicho algo a mi ayudante, ¿verdad?


Estaba hecho un lío en mi puta cabeza y a cada segundo que pasaba me sentía peor. Para variar.


—Activa el contestador por si alguien me llama. Yo ya tengo bastante por hoy. Y si alguien pregunta por mí, dile que no sabes adonde he ido.


—Pero es que de hecho no lo sé.


—Exactamente.


Di media vuelta y seguí andando, ignorando la pregunta de Mario de «¿Va todo bien?» La verdad era que no. Y tampoco pensaba hablar de ello.


Lo único que quería era regodearme en mi sentimiento de culpa un rato y encontrar luego la forma de salir de ese atolladero.


Sabía que había solo un lugar donde encontraría la paz y la calma que necesitaba para aclararme un poco y no iba a dejar que ningún empleado cotorra me entretuviera. De modo que tenía que ser antipático y lo fui… con un puñado. 


Pero ¿sabes qué? Me importaba un pimiento si les sentaba
mal, porque no pensaba sonreír amablemente cuando me preguntaran cómo estaba yo, ni responderles tampoco un superficial «Bien, bien. ¿Y tú?» Me daba igual cómo estaban o si el pequeño Johnny tenía la nariz llena de mocos, o si Susie había creado el equipo de animadoras o siquiera si Bob había conseguido el ascenso. ¡Me importaba un cuerno todo!


Salí del edificio y me subí al primer taxi que se paró al alzar yo la mano, porque no pensaba llamar a Samuel para que me llevara. No quería que nadie supiera dónde estaba. ¿Era un irresponsable por desaparecer sin decir nada? 


Probablemente, pero a mí me la traía floja.


Hice ondear un billete de cincuenta pavos ante las narices del taxista.


—Llévame al Sunset Memorial.


—De acuerdo. ¿Es usted por casualidad el hijo de Alfonso?


—No. Debes de haberme confundido con otra persona —le solté suspirando mientras me reclinaba en el asiento de atrás. El taxista sabía perfectamente que era una mentira como una casa. ¡Por el amor de Dios!, si me acababa de recoger en la puerta del edificio del «hijo de Alfonso».


Pero se lo merecía por hacerme una pregunta tan estúpida.


Al poco tiempo nos libramos del denso tráfico del centro de Chicago y el sol se asomó por el cielo encapotado. Fue extraño ver los rayos del sol abriéndose paso por un minúsculo claro, sobre todo estando tan rodeado de
nubarrones que parecía que fuera a diluviar en cualquier momento, pero me tranquilicé un poco al ver que los rayos caían justamente en el lugar al que me dirigía.


La cripta de los Alfonso.


Bueno, supongo que mausoleo era la palabra más adecuada, pero cripta sonaba mejor. De cualquier manera era el lugar de reposo de las dos únicas personas que me habían comprendido y amado por quién era yo. Y una de
ellas iba a levantarse seguramente de la tumba para darme una colleja por el tipo en el que me había convertido.


—¿Quiere que le espere? —me preguntó el taxista al detenerse en el sendero al pie de la colina que llevaba al lugar donde estaba enterrada mi familia.


—No. No hace falta —le respondí.


—¿Está seguro? Por lo nublado que está parece que va a descargar el cielo.


—Pues mucho mejor —musité, y luego me bajé del taxi. Una lluvia torrencial pegaría con cómo me sentía por dentro.


—Si decide quedarse aquí solo, llévese al menos esto para calentarse los huesos —me propuso el taxista alargando la mano por encima del asiento para coger una bolsa de papel marrón con una botella por estrenar de José Cuervo y ofrecérmela. Qué curioso, era la bebida preferida de mi padre.


—Gracias —dije dándole otro billete de cincuenta pavos y cogiendo la botella.


Subí la cuesta para dirigirme a la cripta de mi familia y en cuanto llegué al lugar, me senté en un banco de mármol que había frente a la puerta.


Luego saqué la botella de tequila de la bolsa, la abrí y eché un buen chorro al suelo. Después de todo, habría sido una descortesía por mi parte beber ante un anciano sin ofrecerle un poco, ¿verdad?


—¡A tu salud! —exclamé inclinando la botella antes de dar un trago.


Sentí una quemazón en la garganta al tomármelo e hice una mueca de dolor, como la primera vez que probé el tequila del mueble-bar de mi padre a los trece años. Dario me había desafiado a hacerlo y como no quería parecer un debilucho, me contuve el ataque de tos para que no descubriera que yo no era tan fuerte como pretendía. Pero lo más curioso es que cuando le tocó a él, tosió como un condenado sacando tequila hasta por la nariz. Todavía puedo verlo apretándosela y quejándose de la quemazón una hora entera.


No pude evitar soltar unas risitas al recordarlo y luego tomé de nuevo un buen trago antes de dejar la botella en el suelo. Aunque pensándolo bien, Dario se podía ir al infierno. Y yo, también.


Todavía me acordaba de la noche en que perdí a mis padres. Claro que la recordaba, ¡cómo la iba a olvidar si fui yo quien los asesiné! Si bien no lo hice con mis propias manos, habían muerto por mi culpa y esto me convertía en un asesino.


Dario y yo habíamos estado follando, como de costumbre. 


Estábamos borrachos perdidos. Creo que aquella noche el culpable había sido el whisky y lo habíamos estado tomando como si fuera agua. ¿El reto? Ver quién se bebía antes una botella de golpe, a palo seco. Nos importaba un bledo sufrir una intoxicación etílica o que al día siguiente tuviéramos que
levantamos al amanecer para asistir a la ceremonia de nuestra graduación.


Y ninguno de los dos estaba en condiciones de conducir. 


Aquella noche cuando yo los llamé, mis padres acababan de salir de la ópera y se dirigían de vuelta a casa. Yo solo quería que me mandaran a nuestro chófer a recogerme, pero mi padre se puso hecho una furia y mi madre se quedó muy preocupada. Por eso insistieron en ir a recogernos ellos mismos de paso. Pero nunca llegaron. Algún otro hijo de puta borracho que tuvo la gran idea de ponerse al volante en vez de llamar a alguien para que condujera, chocó de frente contra el coche de mis padres. Los dos murieron en el acto, agarrados de la mano. Lo supe porque fui a pie al lugar del
accidente cuando vi las luces parpadeando. Estaban solo a tres manzanas.


Aquella noche le gané a Dario bebiendo, aunque la victoria me costó muy cara. La muerte de mis padres ocurrió por mi culpa, pero lo de la madre de Paula no era culpa de nadie, y mucho menos de Paula. Ella no era una niña mimada que hubiera nacido con un pan bajo el brazo y que no tuviera ninguna idea de lo afortunada que era. Ni un gilipollas agresivo que creyese que emborracharse y follar todo cuanto tuviera un par de tetas macizas y un buen culo era la receta perfecta para pasárselo bien. ¿Por qué ella entonces había tenido tan mala suerte?


Suspiré y alcé la vista hacia el cielo aborrascado.


—¡Dime lo que he de hacer! —exclamé alzando las manos en alto desesperado, agitando sin querer el tequila de la botella. En ese instante los nubarrones decidieron soltar la carga que llevaban.


Tuve mi respuesta. Tenía que dejarla ir. Ella debía estar al lado de su madre y de su padre, lo cual era mucho más fácil de decir que de hacer.


Incliné la botella de nuevo, pero antes de que el fuego líquido me quemara la lengua, la aparté y la arrojé por encima de la loma cubierta de hierba a la izquierda del mausoleo. La contemplé rodar cuesta abajo hasta detenerse al pie de la colina sin la mayor parte de su contenido, aunque no vacía del todo.


El simbolismo me hizo lanzar una carcajada como la de un loco. Paula era el jugo del demonio que me quemaba por dentro. Cuando estaba cerca de ella se me nublaba la cabeza y no podía pensar con claridad. Y ahora ella era libre, pero yo llevaría siempre una parte suya conmigo. 
Porque no te sacabas a Paula Chaves del organismo tan fácilmente, al menos del mío.


No podía hacerlo. Era incapaz de dejarla ir.