jueves, 2 de julio de 2015
CAPITULO 44
Había escuchado cada palabra que había dicho. No era que hubiera estado intentando escuchar a escondidas, simplemente no quería interrumpir el momento que estaba teniendo con su madre. Incluso me había girado para irme, pero entonces escuché mi nombre y la naturaleza humana se apoderó de mí y me quedé por allí porque alguna parte masoquista de mi ser necesitaba escuchar lo mucho que me odiaba.
Lo que había escuchado no sonaba a nada parecido al odio, pero no iba a comportarme como un gran gilipollas intentando asumirlo por mi cuenta tampoco.
Paula me miró, sorprendida, pero no respondió a mi pregunta. De hecho, no dijo nada. Lo que sí hizo fue ponerse de pie de un salto y correr hacia donde yo me encontraba.
Me erguí justo a tiempo para cogerla cuando saltó a mis brazos. Sus labios se estamparon contra los míos y su maleable cuerpo se moldeó al mío, plano y duro, mientras me besaba como si hubieran pasado meses desde que nos hubiéramos visto por última vez y no horas.
—Eh, eh, eh —dije entre la arremetida de besos.
Podía saborear la sal de las lágrimas que habían caído sobre sus labios. Estaba llorando a moco tendido y sacudiéndose de un modo descontrolado, así que enterré su cabeza en el recodo de mi cuello y la abracé con fuerza—. No pasa nada. Estoy aquí, gatita. Todo va a salir bien.
—Mi padre no puede verme así, Pedro. Todavía no sabe nada sobre ti ni de lo que hice, y no lo puede descubrir. No puede —dijo frenéticamente.
—No te preocupes. Me ocuparé de ello.
Dolores entró hecha una furia en la habitación como una mamá oso en una misión.
—¡Maldita sea, Pedro! ¿Qué le has hecho? ¿Está bien?
Su tono sonó impertinente, pero bajo las circunstancias en las que estábamos entendí su brusquedad. Ella y Paula se habían hecho íntimas, y Dolores solo estaba siendo protectora, al igual que también lo era conmigo. Así que lo dejé pasar.
—Lo estará —respondí—. Tengo que sacarla de
aquí.
— ¡No! No puedo irme —protestó Paula entre lágrimas, pero todavía no quiso levantar la cabeza.
—No, gatita. No voy a sacarte del hospital. Solo quiero llevarte a un lugar más privado para que podamos hablar —le aseguré mientras le acariciaba el pelo.
—¡Madre mía! ¡Ese es el mismísimo Pedro Alfonso! —Levanté la mirada y vi a una muchacha de piernas largas con un par de tetas operadas, una cintura demasiado delgada y un rostro escondido bajo un kilo o dos de maquillaje, que bloqueaba mi salida. Tenía estrellas pintadas en los ojos al principio, y luego esas estrellas se tornaron dagas. Si las miradas pudieran matar, me habría matado, incinerado y habría añadido mis cenizas a algún abono—. ¡Quítales las manos de encima antes de que te corte los huevos y te los mande tragar, cabrón!
—Dez, déjalo en paz —murmuró Paula contra mi cuello.
—Ah, Dez. Tú eres la mejor amiga —dije por fin cayendo en la cuenta—. Escucha, puedes ahogarme luego con mis pelotas si quieres… incluso yo mismo llevaré a cabo mi propia castración, pero ahora mismo tengo que encargarme de Pau. Necesito llevármela a algún sitio más privado antes de que su padre la vea. ¿Te sentarás por favor con su madre
hasta que la haya calmado?
Ella nos miró de forma intermitente a Pau y a mí y luego asintió, reacia.
Me giré hacia Dolores todavía con mi nena de dos millones de dólares entre los brazos. A la mierda la parte de los dos millones, supongo que ahora era solo mi nena.
—Dolores, por alguna razón que nunca entenderé, tienes maña con la gente. Les gustas. Así que, ¿puedes quedarte aquí para entretener a su padre?
—Dalo por hecho —dijo con un saludo militar y un guiño juguetón. Cuando Dolores tenía una misión que cumplir, se crecía.
Dejé a Dez y a Dolores a lo suyo y acarreé a Pau en brazos por el pasillo ignorando las miradas curiosas tanto de los empleados del hospital como de los pacientes por igual.
Cuando por fin llegué a la oficina de Daniel, golpeé la puerta y él respondió:
—¡Entra!
Al ver a Pau en mis brazos, se levantó de la mesa y frunció el ceño, preocupado.
—¿Está bien?
—Sí, está bien. Yo… uh… necesitamos un poco de privacidad. ¿Te importa?
—Para nada. De todas formas me están esperando en el quirófano para prepararme y empezar la cirugía. —Se aclaró la garganta al pasar por mi lado para salir de la estancia—. Echa el pestillo y nadie os molestará.
Coloqué a Paula en el sofá en cuanto se fue, pero cuando intenté apartarme, ella me agarró de los brazos y levantó la cabeza para mirarme con súplica.
—No, no me dejes, por favor.
—No me voy a ninguna parte, Pau. Te lo prometo. Solo voy a ir a echar el pestillo de la puerta, ¿vale?
Ella asintió y, reacia, deshizo su agarre. Fui rápidamente hacia la puerta y giré el pestillo antes de pararme frente la mininevera para sacar una botella de agua.
—Toma, bebe —le dije mientras le quitaba el tapón y se la tendía.
Ella le dio un pequeño sorbo y la puso sobre la mesa. En cuanto me senté junto a ella, Paula gateó hasta colocarse sobre mi regazo y apoyar la cabeza en mi hombro. Todavía seguía temblando y estando visiblemente afectada, y yo no tenía ni idea de cómo calmarla.
—Shh, no pasa nada, nena. Todo va a ir bien ahora —dije acariciándole la espalda y besándola en la parte superior de la cabeza—. ¿Qué te ha afectado tanto? Explícamelo.
—Dios, Pedro , sí que pasa. Se está muriendo. O al menos se estaba muriendo, pero ahora tu tío dice que tienen un donante y yo me comporté como una auténtica zorra con él en el baile. Pero todo lo que sabía era que se estaba muriendo y Dez vino a por mí y tenía que llegar hasta aquí, y tenía un miedo atroz por no llegar aquí lo bastante rápido. No quería dejarte, pero tuve que hacerlo. Y te necesitaba aquí conmigo, pero no estabas porque huiste de mí esta mañana y estaba tan enfadada contigo. Quería gritarte. Quería darte una colleja en esa preciosa y estúpida cabeza tuya y no estabas allí, pero tampoco estabas aquí. Y todavía en el fondo quiero gritarte y pegarte, pero no puedo porque ahora estás aquí y solo quiero estar entre tus brazos. Me dejaste…
Estaba hiperventilando y despotricando incoherentemente al mismo tiempo, y las lágrimas habían vuelto con toda su fuerza, pero entendí cada palabra que había dicho. Estaba molesta y asustada, y yo no había estado ahí cuando más me había necesitado. Ella tenía razón: era un estúpido. Y ya
tenía más que suficiente con todo lo que se le venía encima como para encima tener que lidiar con toda mi mierda también.
—Lo sé, gatita. Lo siento —dije y, joder, lo dije de corazón—. Ahora estoy aquí y no me voy a ir a ninguna parte hasta que me digas que ya no quieres que esté aquí.
—Bien. Porque te juro por Dios, Pedro Alfonso, que si me vuelves a dejar, voy a ser yo la que te sujete mientras Dez te corta las pelotas —dijo; y seguidamente vinieron más lágrimas.
Me senté allí con ella, meciéndola una y otra vez mientras ella lo soltaba todo. Las lágrimas, las palabras, las frustraciones, la tristeza, todo. Después de un rato se calló, y al principio pensé que se había quedado dormida, pero entonces levantó la cabeza para mirarme a través de sus ojos hinchados y sonrió. Le besé la punta de su pequeñita nariz, que estaba teñida de rosa debido a sus lloros, antes de devolverle la sonrisa.
—Te he arruinado la camisa —dijo con voz ronca.
—Solo es una camisa, Pau. No pasa nada —dije
acariciándole el brazo—. Me preocupas más tú.
—Siento haberme derrumbado así contigo; te obligué a subir al tren que va a la Ciudad de los Locos sin quererlo. No hay mucha gente que sepa esto sobre mí, pero viajo mucho allí, para que lo sepas — mencionó avergonzada y encogiéndose de hombros.
Estiró el brazo hacia adelante y sacó un pañuelo de la caja que había sobre la mesa.
Me reí ligeramente entre dientes como respuesta.
—No es un secreto. Pero encuentro ese atributo tuyo muy adorable.
Ella se rió sin muchas ganas y se limpió las mejillas llenas de churretes.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—No lo suficiente. —Cogí el pañuelo y terminé el trabajo por ella—. Enhorabuena por haber conseguido un donante, por cierto.
—Fuiste tú, ¿verdad?
Mirarme a mí mismo a través de sus ojos debería haberme hecho sentir como si midiera seis metros, pero sabía la verdad, y ella también debía de conocerla.
—Yo no tengo esa clase de poder, Pau.
—Mentira. Puedes hacer cualquier cosa, Pedro Alfonso. Hiciste que Daniel viniera, ¿verdad?
—Puede que le pidiera que monitoreara los cuidados que recibía tu madre, sí.
—Entonces eres su salvador por defecto, porque si él no hubiera aparecido, mamá no habría conseguido ese donante de corazón.
Le levanté la barbilla con una mano para mirarla a los ojos.
—No soy ningún superhéroe, Pau. Pero recibiría el impacto de una bala por ti, quizá me enfrentaría a una poderosa locomotora con nada más que con una mano como defensa, o incluso saltaría de edificios altos con tal de llegar hasta ti.
Cualquier cosa para que seas feliz… porque te quiero, y esa es toda la razón que necesito.
—Yo también te quiero —susurró.
La sangre en mis venas aceleró su flujo y el corazón me creció hasta el punto de pensar que podría salir despedido de mi pecho. Me quería. Mi nena de dos millones de dólares me quería.
—Puede que no tenga toda esa clase de palabras bonitas para expresarlo como tú, pero…
—Eh —dije, interrumpiendo su divagación antes de que volviera a empezar a decir cosas incoherentes otra vez—. Eso es todo lo que necesito… Saber que me quieres.
Pau cerró los ojos y exhaló lentamente. Cuando los reabrió, me miró directamente a los míos y dijo:
—Pedro Alfonso, te quiero tanto que a veces es como si no pudiera respirar porque el corazón me asfixia los pulmones.
Eso fue todo lo que necesité.
Me incliné despacio hacia delante y le di un mordisquito a su labio inferior antes de atraparlo entre los míos para darle un beso sensual. Ella me agarró de la camisa con las manos hechas puños cuando me aparté ligeramente, pero luego la besé otra y otra vez, cada vez profundizando el beso un poco más. No fue suficiente para ella, y la verdad fuera dicha, para mí tampoco. Agradecido porque la puerta siguiera cerrada con pestillo, me las ingenié para salir de debajo de ella para que pudiera tenderse de espaldas en el sofá antes de apoyar yo una rodilla entre sus piernas. Igual de ansiosa que yo, Pau me tiró de la camisa y me acercó a ella hasta que nuestros pechos estuvieron alineados.
Nos estábamos enrollando como un par de adolescentes en el sofá de la oficina de mi tío, y me sentía tan vivo. Mi mano viajó por su muslo y por debajo del borde de su vestido en dirección norte, pero me paré de golpe cuando llegué a su cadera. Algo no estaba bien.
Enganché los dedos por debajo de la banda elástica que había y la solté.
—¿Qué coño es esto, señorita Chaves? —pregunté contra sus labios.
—Bragas —respondió sin aliento y luego empezó a dejar un reguero de besos por mi cuello.
—Eso lo sé. ¿Qué hacen sobre tu cuerpo?
Las bragas habían estado expresamente prohibidas después de que Pau hubiera decidido tener una pataleta rabiosa y hubiera destruido la carísima colección de ropa interior que había comprado para ella. Cierto, lo había hecho porque la
dueña de la tienda era mi ex amante y Pau se había puesto celosa de ella, pero la regla de nada de bragas seguía vigente a todos los efectos.
—Dolores me las trajo junto con el vestido.
Me agarró el culo y atrajo mis caderas hacia las de ella.
—Pero no tenías por qué ponértelas —dije, agarrándole el culo también; su culo desnudo. Bueno, al menos era un tanga.
Ella maldijo y arqueó la espalda cuando le mordisqueé el cuello y lo succioné lánguidamente.
—No, pero me dejaste, y aunque pensara que en realidad no ibas a tener la oportunidad de verlas, en mi cabeza ya estábamos a la par. Además, rompiste el contrato.
Su respiración era entrecortada, al igual que la mía.
—A la mierda el contrato. Todavía me perteneces —dije, restregándome contra su centro y sonsacándole un gemido para demostrar mi afirmación—. Y has sido una niña muy mala, Paula.
Ella me rodeó las caderas con las piernas.
—Mmm, me encanta cuando te pones todo posesivo y amenazador.
Esto era lo que adoraba de nuestra relación.
Acabábamos de confesarnos nuestro amor eterno y ahí estábamos, a punto de volvernos de lo más pervertidos en la oficina de mi tío.
—Gatita, nada me gustaría más que aplicarte el castigo, pero tenemos que parar antes de que nos dejemos llevar —dije, apartándome.
Paula suspiró y reposó la cabeza sobre el brazo del sofá al mismo tiempo que me liberaba de la prisión de sus piernas.
—Tienes razón. —Con los ojos cerrados, respiró hondo para calmarse. Sin aviso alguno, resopló, me empujó el pecho y luego se sentó rápidamente para colocarse bien la ropa—. ¿Ves? Esto es lo que me haces, Pedro Alfonso. Vienes aquí y me vuelves completamente loca sabiendo que no podemos hacer nada para remediarlo, y mi madre está justo al otro
lado del pasillo, a punto de entrar en el quirófano. No tengo arrestos para contarle a mi padre cómo te has aprovechado de su dulce e inocente hijita y cómo la has convertido en un póster andante para las hormonas adolescentes.
Se paró de sopetón.
—¡Mierda! ¡Marcos!
Me reí.
—¿Qué pasa con él?
—¿Cómo voy a explicarle tu presencia?
—¿Qué tal algo así como… «Papá, este es mi novio súper rico y súper macizo. Tiene una pollacolosal y una lengua perversa»?
Me relamí el labio inferior para provocarla, pero ella me agarró la lengua para detenerme y me miró con los ojos abiertos de par en par.
—Lo digo en serio, Pedro .
Me aparté y fui a morderle los dedos hasta que por fin me soltó.
—Y yo también, y creo que ya he demostrado la validez de esa afirmación, pero siempre puedo refrescarte la memoria —dije con una sonrisa traviesa y moviendo las cejas arriba y abajo sucesivamente.
Deslicé una mano por su muslo, preparado para hacer justo eso.
—¡Pedro! —Me apartó la mano de un golpe y se puso de pie para deambular por la estancia—. Mi padre se piensa que he estado en la universidad, no en la Casa de Pedro Alfonso para Desflorar Hijas. ¿Cómo voy a decirle que nos conocimos?
Con un encogimiento de hombros, ofrecí la solución más lógica.
—Me iré. Así no tiene por qué saber nada de mí.
Ella se paró en seco, se giró hacia mí y me apuntó con un dedo.
—¡Tú no te vas a ninguna parte! Te lo juro, Pedro . No puedo siquiera pensar en…
—Vale, cálmate —dije, cortando su bronca y levantando las manos a modo de rendición.
Ya tranquila, Pau bajó las manos hasta sus caderas y empezó a morderse el labio inferior. Si no dejaba de hacerlo, no íbamos a salir de aquí sin follar como conejos. Me puse de pie y crucé la habitación para obligarla a que soltara ese trozo suculento de carne de entre sus dientes y luego le acuné el rostro con las manos.
—Pensaré en algo. Vuelve a la habitación con tu madre y encuentra la forma de decirle a Dolores y a Dez que se encuentren aquí conmigo sin que tu padre se entere.
—¿Qué vais a hacer?
—No lo sé todavía, pero estoy seguro de que si los tres nos ponemos a pensar, saldrá algo medianamente creíble.
—Vale.
Le di un beso casto y a la vez suave y la acompañé hasta la puerta.
—Eh —dije, parándola antes de que se fuera. Ella se giró para mirarme—. Te quiero.
La sonrisa que me regaló fue tan eléctrica que bien podría haber alumbrado a la ciudad de Chicago entera.
—Yo también te quiero.
CAPITULO 43
¿Por qué estaban siempre las habitaciones de hospital tan frías? Era como si la mano cruel de la muerte hubiera entrado y robado toda la calidez del lugar. No importaba lo cálida e invitadora que el hospital intentara hacer que pareciera la habitación que básicamente iba a ser la última que tu ser querido iba a ver en su vida. Darte cuenta de que alguien a quien querías estaba en las últimas, ya fueran días, horas o incluso minutos, hacía que la decoración fuera irrelevante. Y luego estaba el olor: productos químicos mezclados con fluidos corporales, enfermedad y muerte. Lo hacía todo demasiado real, y quería huir de allí lo más rápido posible, encontrar a Pedro , y no lidiar con la muy posible realidad de que iba a perder a mi madre. Pero no podía. Por un lado, nunca me perdonaría si estas fueran las últimas horas de mi madre y yo no hubiera estado ahí; y por
otro, Pedro me había rechazado. Además, sería como huir de un problema solo para tener que enfrentarme a otro que podría ser igual de desesperanzador.
Estaba donde necesitaba estar.
Al igual que yo formaba parte de mi familia, Dez se encontraba justo a mi lado, y Dolores también.
Gracias a Dios que ella había pensado en traerme algo de ropa más calentita que el pequeño atuendo rojo putero que había llevado puesto antes. A mi padre le habría dado probablemente un ataque al corazón y habría terminado en una cama de hospital junto a mi madre si me hubiera visto con ese modelito. Así que aquí estaba, mirando a través de la ventana, vestida con un suéter negro y pequeño a modo de vestido y unas botas negras. Nada elaborado ni nada sexy. De hecho, era casi deprimente, pero pegaba con cómo me sentía por dentro. Mi corazón, vacío y hueco, todavía lloraba la pérdida de Pedro, pero mi alma se preocupaba de que la desalentadora oscuridad que cubría mi cuerpo fuera en realidad un augurio de algo incluso más mórbido, como la pérdida de mi madre. Por muy devastador que fuera perder al único hombre que probablemente amaría nunca, si perdía a mi madre, sería increíblemente difícil encontrar la voluntad para seguir viviendo.
El frío que sentía en el pecho se amplificó por diez con ese mero pensamiento. Mi madre era mi mejor amiga. Siempre lo había sido. No de la misma forma que lo había sido Dez, o incluso como había llegado a convertirse Dolores. Mi madre era algo más. Me conocía mejor que nadie porque yo era una viva extensión de ella. Esa mujer podía decir lo que pensaba o sentía sin yo tener que decir ni una palabra. Y con más experiencia bajo el brazo, sabía lo que necesitaba oír y cuándo necesitaba oírlo, y me hacía escuchar aunque no quisiera hacerlo. La mayoría de los niños odiaban admitirlo, pero mi madre tenía razón casi el cien por cien de las veces. Así que no volver a ver su cariñosa sonrisa otra vez, no volver a escuchar su risa contagiosa, no volver a sentir el cálido confort de su abrazo, no volver a oler su perfume de almizcle blanco… No podía siquiera concebir el pensamiento.
—¿Pau? ¿Quieres un café? —me preguntó mi padre y me sacó de mis pensamientos.
Me giré y le regalé una sonrisa tímida. Así era Marcos. Su mujer estaba muriéndose y él no podía hacer nada por evitarlo, así que se buscaba algo o a alguien diferente de quien cuidar en su lugar. Acepté su oferta y reparé en la delgadez de su rostro. Sus ojos tenían oscuras ojeras debajo, y a juzgar por la avanzada barba que llevaba, obviamente no se había afeitado en bastante tiempo. Sabía que darle la charla sobre tener que cuidarse mejor no haría nada bueno, así que lo dejé pasar.
A la vez que bajaba la mirada hacia la figura durmiente, me acerqué el vaso de cartón hacia el pecho con la esperanza de que pudiera calentar el frío de mi corazón. En realidad, lo único que haría que me sintiera mejor sería la completa recuperación de mi madre, aunque el cobijo que los brazos de Pedro me daban cuando estaban a mi alrededor, mientras su tranquilizadora voz me prometía que todo iba a salir bien, probablemente habría ayudado bastante. Lo echaba de menos, y deseaba con desesperación que estuviera aquí conmigo, pero el destino aparentemente había tenido otros planes para nosotros. Tenía gracia cómo se habían desarrollado las cosas. Pedro me había liberado de nuestro contrato justo a tiempo para poder ver morir a mi
madre y para ser capaz de quedarme en casa a cuidar de mi padre durante lo que sería seguramente para él una existencia miserable sin tener a su esposa a su lado. Me preguntaba si la vida en pecado que había empezado con Pedro había causado que el karma se girara para darme una rápida patada en el culo.
—¿Señor Chaves? —una voz familiar dijo desde el umbral de la puerta. Levanté la mirada para ver a un médico alto y de pelo castaño sacar un bolígrafo del bolsillo de su bata blanca y comenzar a escribir en el portapapeles que había llevado bajo el brazo—. Hola, soy el doctor Daniel Alfonso, y llevaré a cabo la cirugía y tomaré el relevo como médico responsable de su esposa. Si está usted de acuerdo, claro.
Daniel Alfonso. El tío macizo de Pedro. Mi corazón puede que hubiera suspirado un poco al verlo. De alivio, no de deseo. Solo había un hombre Alfonso que deseara y no se encontraba presente.
Otro hecho que hizo que mi corazón suspirara una segunda vez.
Pedro miró a mi padre y luego desvió su mirada hacia mí con una sonrisa cómplice y cariñosa antes de devolver su atención a Marcos otra vez.
Bajo circunstancias normales, mi madre habría sido la que tomara la decisión sobre su cuidado médico, pero la habían estado sedando desde que llegó. Su médico de siempre nos había asegurado que la sedación le aliviaba el dolor y disminuía la probabilidad de que se emocionara en demasía, y por consiguiente de que hiciera esfuerzos excesivos con su
ya debilitado corazón. Así que eso le dejaba a Marcos la
toma de todas las decisiones médicas. Creo que los médicos y las enfermeras de oficio se alegraron de que no fuera yo.
Puede que me hubiera comportado un poco borde con ellos cuando llegué, exigiendo resultados, exigiendo que movieran el culo e hicieran su trabajo, exigiendo que salvaran la vida de mi madre. Dez y Dolores hicieron todo lo posible por
calmarme, pero al final fue la amenaza de un poli de seguridad del hospital de echarme del edificio lo que consiguió que parara el carro.
—¿Tomar el relevo? ¿Y qué hay del doctor Johnson? —le preguntó mi padre a Daniel.
—El doctor Johnson es un incompetente —dije yo. Al ver que mi padre fruncía el ceño de un modo desaprobador, añadí—: ¿Qué? Lo es.
Oí la ligera risa entre dientes de Daniel mientras comprobaba las constantes vitales de mi madre.
—¿Ves? El doctor Alfonso está de acuerdo.
Marcos se frotó la nuca y miró a mi madre.
—No sé si es buena idea cambiar de médico a estas alturas del partido.
—Esto no es un partido, ni un juego, papá —dije en voz alta, que fue de lo más injusto por mi parte.
Sabía que él no calificaría la situación así, pero estaba frustrada, aunque no es que eso excusara mi inapropiado comentario. No obstante, mi padre no me lo echó en cara porque se sentía igual.
—Le aseguro que estoy muy cualificado — interrumpió Daniel, guardando de nuevo el boli dentro del bolsillo de su bata—. Dirijo el departamento de cardiología aquí y he llevado a cabo varios trasplantes de corazón…
—Espere un minuto —interrumpí su lista de logros, todos ellos muy geniales, estaba segura. Era un Alfonso y la genialidad corría por sus venas, pero había un pequeño y diminuto detalle, que en realidad era mega-importante, de su anterior presentación en el que acababa de caer en la cuenta—. ¿Qué cirugía?
Mi madre había estado en cuidados intensivos tras haberle sido asignado un número en la lista de espera un día en urgencias y luego tras haberla traído de vuelta al día siguiente para que luchara por su vida. Por lo que sabíamos, ahí es donde se quedaría hasta que o bien se obrara un milagro y mostrara mejoría y nos la lleváramos a casa, o bien… no sucediera nada de eso. Había intentado hacer todo lo posible por conseguirle un nuevo corazón ahora que
teníamos el dinero para el procedimiento, pero no había importado porque había demasiada gente en la lista por delante de ella: prueba de la incompetencia del doctor Johnson y de su falta de influencia.
Daniel nos regaló una sonrisa genuina.
—Tenemos un donante, Paula.
Aparentemente recordaba mi nombre del baile de gala del Loto Escarlata, donde me había comportado como una auténtica maleducada al no hablarle. Ni una palabra. Había sido mi forma de materializar mi rabieta infantil en respuesta a la orden de Pedro de no hablar con ningún hombre en la fiesta.
—¿Un d-donante? —tartamudeó mi padre mientras una aprehensiva sonrisa se le dibujaba en las comisuras de la boca.
Podía decir que estaba intentando con todas sus fuerzas no emocionarse, como si no se creyera del todo lo que estaba escuchando. En realidad, también era difícil para mí creerlo, pero tenía la sensación de que Pedro Alfonso había tenido que ver con el hecho de que su tío, un cardiólogo de renombre en todo el mundo, estuviera presente en la habitación en este mismo segundo. No había caído antes en que en cuanto Pedro descubrió lo de mi madre, había movido hilos a escondidas para asegurar que recibiera el mejor cuidado posible. Ya había contribuido sin saberlo con dos millones de dólares a eso, y ahora con la ayuda de su familia también. Una vez más, me estaba demostrando su amor por mí y yo todavía no había tenido forma de demostrarle que le correspondía.
—Sí, bueno, somos un centro de trasplantes, y dada la condición de la señora Chaves, el caso tiene prioridad —explicó Daniel—. Teníamos un posible donante, y en cuanto tuvimos las pruebas hechas, supimos que había compatibilidad. Ahora solo queda algo más de papeleo por hacer… y la operación, por supuesto.
—Va a tener un corazón nuevo… —dijo mi padre aturdido.
Pensé de nuevo en Pedro , y de nuevo deseé que
estuviera aquí. Lo necesitaba aquí. Mi madre puede que fuera a conseguir un corazón nuevo, pero el mío todavía seguía roto. Dudaba mucho que tuvieran ninguna oferta dos-por-uno.
—Sí. —Daniel se aclaró la garganta cuando una enfermera, que se parecía más o menos a Betty Boop con pelo rubio, entró—. Señor Chaves, si es tan amable de seguir a Sandra, ella le ayudará con el papeleo y podremos empezar. Paula —dijo, asintiendo a modo de despedida con una sonrisa cariñosa en los labios.
—¡Bien! ¡Mamá Chaves va a vivir! —Dez levantó el puño en el aire, y logró que mi padre frunciera el ceño—. Oh, eh… lo siento —dijo con una risita avergonzada. Ella se puso de pie y se colocó el bolso sobre el hombro—. Yo no sé vosotros, pero con toda esta emoción me ha entrado hambre. Supongo que iré abajo a la cafetería y me pillaré alguna porquería del hospital. Si no vuelvo en media hora, mirad en urgencias, y no lo digo por el dios latino que trabaja como celador allí abajo. Aunque puede que tenga que fingir un dolor de pelvis para hacer que me examine tras haber llenado el estómago. ¿Alguien quiere venir?
El móvil de Dolores trinó, señal de haber recibido un mensaje, y la miré. Reparé en el modo en que frunció el ceño antes de soltar su café y de decir:
—Yo. De todas formas tengo que ver qué tal le va a Mario.
Una parte de mí se preguntaba si aquello significaba que iba a ver también qué tal estaba Pedro, pero bien podrían haber sido simples ilusiones mías.
Marcos se acercó a mí y me rodeó los hombros con un brazo.
—¿Estarás bien aquí tú sola mientras voy a rellenar esos papeles?
—Sí, ve. Me quedaré con ella.
Miré la figura durmiente de mi madre. Los círculos bajo sus ojos eran incluso más prominentes que los que tenía mi padre, y ella estaba incluso mucho más delgada que él. Me sentía culpable por haber estado viviendo en una mansión propia de un rey y de que dicho rey hubiera coaccionado a mi diosa sexual interior a salir a jugar mientras dos de las personas que más significaban para mí habían estado sufriendo. Debería haber estado allí con ellos.
—Eh, va a conseguir un corazón nuevo, una oportunidad de volver a vivir de verdad. Va a ponerse bien, y en el mismo segundo en que le den el alta, quiero que vuelvas a clase para sacarte esa carrera. ¿Me escuchas? No quiero caras largas ahora.
—Claro, papá. Lo que tú digas.
Me reí ligeramente mientras él me abrazaba contra su costado y luego seguía a la enfermera. Iba a sentirse muy decepcionado cuando descubriera que en realidad no me había matriculado en la universidad, y no tenía ni idea de cómo ocultárselo.
Probablemente debería haber pensado en ello antes de contar la mentira, pero ya sabes lo que dicen. A toro pasado…
Me senté en la silla junto a la cama de mi madre y le cogí la mano. Su piel estaba fría y de un color medio gris, pero seguía siendo suave. Me percaté de que su laca de uñas estaba desportillada y rememoré los viajes al salón a los que me había obligado a ir antes de que se pusiera verdaderamente enferma.
Siempre había dicho que se sentía mejor cuando se veía bien. Me la imaginé, enferma, sentada en la cama y pintándose las uñas aunque supiera que no estaba en condiciones de ir a ningún sitio donde nadie, además de mi padre, pudiera verlas. Quizás incluso obligara a mi padre a que se las pintara él. Me reí por dentro ante la imagen.
—Hola, mamá —le dije en silencio a su durmiente figura—. Vas a conseguir un corazón nuevo, ¡sí! — Imité el movimiento de sacudir pompones en el aire y dibujé una sonrisa bobalicona en el rostro. Entonces la seriedad tomó el relevo—. Pero antes, y mientras estés así y no puedas oír nada de lo que estoy diciendo, tengo algo que contarte.
»Bueno, he conocido a un chico y es maravilloso.
Su nombre es Pedro Alfonso. —Puse los ojos en blanco; ya conocía la reacción que hubiera tenido a ese comentario si hubiera estado consciente—. Sí, ese Pedro Alfonso. No dejes que el dinero y su cara bonita te engañen; puede ser un auténtico gilipollas, pero esa es una de las cosas que lo hace tan maravilloso. En fin, nos hemos estado viendo ya
durante un tiempo y anoche me dijo que me amaba.
Mi madre habría gritado a estas alturas.
—Sí, sí, sí —dije mientras ponía los ojos en blanco otra vez, aunque en realidad no pudiera verme
—. Esa es la cosa… Esta mañana básicamente me dijo que desapareciera de su vida. Tengo la sensación de que lo hizo porque se cree que sabe lo que es mejor para mí. Hombres, ¿verdad? Supongo que sabía desde el principio que una relación de verdad entre un multimillonario y una simple chica de Hillsboro no sería nada parecido a un cuento de hadas, y los cuentos de hadas simplemente no se hacen realidad.
El problema es que Pedro me hace sentir como que quizá sí pueden. O sea, me dijo que me quería, y pese a mis miedos empecé a creer que las cosas podrían funcionar de verdad entre ambos. Solo que nunca tuve la oportunidad de decirle lo que yo sentía por él.—Enterré la cara en el hombro de mi madre y suspiré —. No puedo soportar el hecho de que no lo sepa, y me está torturando incluso más todavía porque no
hay nada que pueda hacer para remediarlo. No es nada que se deba decir por mensaje de móvil o por teléfono, ¿verdad? No, tiene que ser cara a cara. Pero el problema es que no está aquí y no sé si alguna vez tendré la oportunidad de verlo otra vez. Tienes que ayudarme, mamá, porque no tengo ni idea de qué hacer.
—Ahora estoy aquí —dijo una voz familiar desde el umbral de la puerta. Levanté la cabeza de golpe y me giré en su dirección. Estaba allí, casi como si acabara de salir de las páginas de una revista. Estaba apoyado contra el marco de la puerta con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros; sus palabras sonaban roncas y todas sexys—. Dime, Paula. ¿Qué sientes por mí?
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