sábado, 4 de julio de 2015

CAPITULO 49





—El alfa y la omega de todas las pollas, ¿eh? — preguntó Pedro mientras entrábamos en el ascensor vacío y las puertas se cerraban a nuestras espaldas.


Respiré hondo y dejé que el olor de Pedro que había penetrado en el aire rodeara mis sentidos. Creo que ronroneé.


—Algo así.


Pedro de pronto me atrapó contra la pared; su cuerpo presionaba con firmeza el mío y su boca se cerró sobre la mía en un beso abrasador. Sus manos estaban en todos sitios: acariciando mis pechos, cogiéndome el culo, tocándome ese dulce punto bajo la costura de la ingle de mis vaqueros. Su ataque fue tan brutal que ni siquiera había tenido tiempo de coger aire. El oxígeno estaba sobrevalorado, ¿verdad?


Estaba bastante segura de que podría vivir sin él, porque mientras Pedro siguiera haciéndome cosas que lograran que se me acelerara el corazón, aquello sería la prueba de que todavía me latía. Claro, era posible que saliera con un leve daño cerebral cuando terminara, dada la falta de oxígeno, pero merecería la pena.


La campanita sonó, señal de que el ascensor se había parado en otra planta. Antes de que las puertas se abrieran, Pedro se separó y se quedó de pie a mi lado. Una enfermera entró con una bandeja de comida. A juzgar por el modo en que había abierto los ojos como platos cuando se fijó en mi aspecto, diría que supo exactamente lo que habíamos estado haciendo. El pecho me subía y bajaba de forma exagerada; estaba segura de que el pelo lo tenía tan desordenado como la ropa y pude sentir el rubor en mi piel. 


Cuando la Enfermera Observadora por fin dejó de mirarme, posó los ojos sobre Pedro… y ahogó un grito. Me giré para saber cuál era la causa de su reacción, pero Pedro me parecía perfectamente normal. Estuve a punto de achacarlo simplemente al efecto que su guapura tenía sobre las mujeres cuando de repente reparé en el enorme bulto que tenía en los pantalones. Rápidamente me coloqué delante de él para bloquear la vista que tenía la Enfermera Observadora de su polla colosal. Justo entonces otra enfermera entró en el ascensor y las dos comenzaron a entablar una conversación, lo cual significaba que no iba a tener que sacarle los ojos a esa perra por quedarse mirando a mi hombre embobada.


Pedro me rodeó la cintura con un brazo y tiró de mi cuerpo hacia el suyo para que mi culo estuviera completamente pegado contra su erección. Me rozó la oreja con la nariz y se restregó contra mí.


—¿Celosa,Pau? —susurró.


Yo negué con la cabeza.


Él se rió entre dientes y en silencio y me dio un beso suave en el cuello desnudo.


—Sí que lo estás. —Su cálido aliento me acarició la oreja—. Quiero follarte. Ahora mismo. Aquí. En el ascensor. Con esas dos mirándonos.


Mi corazón literalmente se saltó un latido. Nunca me había considerado una pervertida, pero no me sorprendió del todo que el exhibicionismo me pusiera cachonda. Pedro ya me había mostrado las múltiples facetas que yo misma guardaba en realidad en mi interior; era una persona que no había sabido que existiera antes. Mentiría si dijera que no quería que lo hiciera tanto como él. Y sabía que tampoco era solo para que a esas picaronas les quedara claro que me pertenecía.


El ascensor por fin paró en la planta baja y Pedro me guió hasta la entrada principal donde Samuel nos estaba esperando con la limusina. Una vez dentro, me pegó contra él y me metió la lengua hasta la campanilla.


—Te he echado de menos —dijo rompiendo el beso. Pedro había estado a mi lado durante toda la dura prueba que había tenido que superar mi madre y no habíamos estado ni un solo día sin vernos, pero sabía a lo que se refería. Con la excepción de aquella vez, no habíamos podido escaquearnos para aliviarnos. Ambos estábamos bastante unidos y parecía que otra separación estaba a la vista con eso de tener que irme a casa para quedarme con mis padres. Aunque esperaba que tuviéramos mucho más tiempo a solas pese a eso, porque no me importaba ni un poquito tener que escaparme al bosque con él y hacerlo a escondidas como un par de adolescentes.


—Yo también —susurré mientras le acariciaba la mejilla.


Una sonrisa pícara se instaló en su rostro.


—Y no pienses que me he olvidado de tu castigo.


Suspiré y puse los ojos en blanco.


—Otra vez el tema de las estúpidas bragas no.


—Oh, sí —dijo él, agarrándome del pelo con fuerza y obligándome a mirarlo, un gesto que me puso cachondísima. ¡Vaya que sí!—. Ha sido un golpe bajo, y lo sabes, así que te mereces un castigo.


—¿Y qué castigo va a ser ese, señor Alfonso? — pregunté siguiéndole la corriente con impaciencia.


—Puede que tenga una idea. ¿Tienes hambre? — preguntó y yo asentí—. Bien, porque tengo algo para ti justo aquí.


Escuché el tintineo de la hebilla de su cinturón y luego el sonido de metal contra metal al bajarse la cremallera.


—He echado de menos tus labios —dijo al tiempo que me daba un casto beso. Luego suspiró con pesadez—. Y he echado mucho de menos tu boca.


No se estaba refiriendo a mis comentarios sarcásticos, y aquello casi me atolondró por dentro porque sabía que me ocuparía de él más que encantada.


Con la mano todavía bien agarrada a mi pelo, me bajó la cabeza hasta su ingle, donde su polla ya estaba erguida y saludándome con un «¡Hola! ¿Cómo estás? Soy el trozo de carne que está a punto de meterse en tu garganta cuando mi machote, Pedro, te sujete la cabeza en su regazo para que pueda follarte toda la boca. Ay que ver… no tendrías que haberte puesto las bragas, mujer».


Reprimí una risita porque la verdad era que no estaba ni un pelín intimidada por la amenaza. ¿Cómo podía considerarse castigo algo que yo realmente quería? Eso estaba chupado. 


O más bien él era el que iba a estar chupado. Y quizás eso era lo que él había pensado.


—Te quiero —gimoteé esperando que cambiara de parecer si, de hecho, no tenía ninguna intención de dejar que yo me corriera.


—Ajá. Yo también te quiero, gatita. Ahora chúpamela —dijo mientras me bajaba la cabeza hacia su regazo.


Me encantaba que Pedro no hubiera perdido ese punto dominante solo porque nos habíamos declarado el uno al otro. No habría sido lo mismo. Él no habría sido el mismo, y yo no quería que cambiara su verdadera forma de ser.


El ángulo desde el que me estaba acercando no es que fuera de lo más idóneo, así que me deslicé hasta el suelo, entre sus piernas, y lo agarré con la mano. Su piel estaba caliente y la sentí suave como la seda; no obstante, también estaba dura como el mármol y no pude evitar admirar su miembro. Era tal y como había alardeado de él, y también lo había echado mucho de menos.


Me lo llevé a la boca y gemí al tenerlo por fin de nuevo allí. Pedro tenía razón; sí que disfrutaba un poco en exceso teniendo su polla en la boca.


—Joder, sí. Te encanta, ¿verdad? A las chicas malas les encanta chupar pollas, ¿no es cierto? Déjame ver.


Gimió mientras me recogía todo el pelo con la mano para poder tener una mejor vista de lo que le estaba haciendo.


Yo gemí de nuevo a modo de respuesta y moví la cabeza más en serio; quería hacerlo feliz. La saliva chorreaba por toda su longitud, así que me fue más fácil exagerar los movimientos y acogerlo más adentro.


Pedro siseó.


—Joder… eres buena de la hostia. Me encanta oír esos sonidos mojados cuando me chupas la polla así de bien.


Empecé a moverme con más velocidad animada por sus palabras pervertidas y un gruñido salió de algún lugar recóndito de su pecho. Pedro me tiró del pelo con fuerza y me inmovilizó. Luego empezó a mover las caderas para que su verga entrara y saliera de mi boca con rapidez. Pude sentirlo en la campanilla con cada estocada, y se retiraba casi por completo antes de volver a introducirse hasta dentro.


Yo hice todo lo que pude por controlar las arcadas, pero me encantaba cuando me follaba la boca.


—Ojalá todo el mundo pudiera ver lo jodidamente guapa que estás cuando me chupas la polla —gruñó.


No tengo ni idea de qué se adueñó de mí; quizá fue aquello de lo que me percaté en el ascensor, o del hecho de que quería que todo el mundo viera lo bien que hacía que se sintiera este hombre, pero fuera cual fuere la razón, alargué la mano y presioné el botón que controlaba la ventana. El cristal tintado bajó y le regaló a la genial Chicago unos asientos en primera fila para nuestro pequeño show. Me sentí como una estrella del porno que acabara de ganar la Verga de Oro, aunque lo único que la gente podía ver era mi cabeza subiendo y bajando y la cara de Pedro con esa expresión de placer orgásmico. Pero no te confundas,
cualquiera que se parara a nuestro lado sabría perfectamente lo que estábamos haciendo en la parte de atrás de la limusina.


—Ah, joder, te quiero mucho, mujer.


Pedro gimió. Las luces de la ciudad entraban a través de la ventana abierta y creaban sombras momentáneas en su cincelado rostro.


Lo acogí dentro de mi boca todo lo que pude.


Tragaba saliva con la cabeza de su polla enterrada en mi garganta antes de volverlo a soltar.


—Eso es, nena. Sigue mamándomela así y cuando
lleguemos a casa te daré lo que has estado queriendo. Pedro gruñó, echó la cabeza hacia atrás y luego levantó las caderas antes de relajarse de nuevo para dejar que yo volviera a lo mío—. Voy a hacerte el amor por ese coñito tuyo y luego voy a follarte ese culo tan precioso que tienes.


Juego, set, partido. Agujero en uno. Touchdown.


En Swish… nada que no sea ganar. Gol. Home run…


Lo que fuera. Todo lo que supe es que le había echado el ojo al premio y quería ganar.


Le di a él y a esa polla colosal todo lo que tenía.


Succioné a ese chico malo como si no hubiera comido en días y me hubiera topado con un bufé libre. Todo mi trabajo duro —sí, claro… había sido un placer— había merecido mucho la pena. Pedro movió las caderas hacia arriba mientras me empujaba la cabeza hacia abajo de manera que su verga se quedara atascada en mi garganta, y luego se corrió y derramó su semen caliente en mi boca como en una erupción volcánica. Tragué lo más rápido que pude; en realidad no quería saborear la sustancia salada, pero sí que me encantaba escuchar igualmente los salvajes gemidos de éxtasis que salían disparados de sus suculentos labios.


—Joder, mujer. —Todavía jadeaba cuando su cuerpo por fin se relajó y yo liberé su polla—. Te habría follado de una forma u otra, pero ¿eso? Madre del amor hermoso, no tengo palabras.


Solté una risilla.


—¿Eso quiere decir que ya estoy perdonada por lo de las bragas?


Él sonrió mientras se guardaba la verga.


—Sí, estás perdonada. Pero que no vuelva a ocurrir, porque entonces estaré más que encantado de volverte a castigar.


—Promesas… promesas… —arrullé a la vez que me limpiaba las comisuras de los labios.


El coche se paró y miré a través de la ventanilla bajada y me di cuenta de que ya habíamos llegado a casa. De repente me puse un poco mala del estómago al no saber cuánto tiempo iba a tener que estar sin él o si la separación iba a tener algún efecto en lo que sentía por mí. Me refiero a que él tenía su trabajo y su casa en Chicago, y yo estaría en Hillsboro, y a tomar por culo. En realidad no está en otro estado, pero con su horario de trabajo, ¿con qué frecuencia podía esperar verlo realmente?


—Eh… ¿qué pasa? —preguntó Pedrolevantándome la barbilla para poder mirarme a los ojos.


—No sé si puedo hacerlo.


—¿Hacer qué?


—Estar separada de ti.


—No me voy a ninguna parte,Pau.


—No, pero yo sí —dije, soltándome de su agarre e
irguiéndome—. Y tú estás cachondo todo el tiempo,
que es justo la razón por la que me compraste, para empezar…


Me detuve de repente cuando vi que contorsionó el rostro como si le hubiera dado una bofetada.


—Lo siento, no quería decir eso. Es solo que… Dios, me está matando, ¿sabes?.


Pedro suspiró.


—Sí, lo sé —dijo en voz baja—. Pero siempre nos quedan los fines de semana, y yo iré a Hillsboro a cada oportunidad que tenga.


Me crucé de brazos con un puchero.


—Sí, será así durante un tiempo, y luego te cansarás y los viajes se volverán más esporádicos hasta que termines haciéndolo muy de vez en cuando por hábito. Empezarás a estar resentido conmigo y antes de que te des cuenta, ya no irás más porque habrás pasado página.


Apreté los brazos, abrazándome y ya empezando a sentir el agujero que se abría en mi corazón.


—No —dijo, todo serio.


—No, ¿qué?


—No empieces sentenciándonos ya. —Se pasó una mano por el pelo con exasperación—. Te quiero, Pau. Me ha llevado bastante tiempo ser capaz de abrirme así otra vez, y no voy a dejarte escapar tan fácilmente. Soy tuyo y tú eres mía, y vamos a sacarle el mayor partido posible al tiempo que podamos estar juntos. Ahora sal del puto coche.







viernes, 3 de julio de 2015

CAPITULO 48





—¡No! —gritó mi madre.


Dez se rió de su reacción.


—Oh, sí. Deberías haberlo visto, Mamá Alejandra. Se puso en plan —Dez bajó la barbilla hasta tocar su pecho y extendió los hombros para imitar a mi padre —: «¡Esa es mi mujer, chaval, y que me zurzan si me voy a quedar aquí sentado mientras dejo que un celador con la cara llena de granos que apenas acaba de alcanzar la pubertad y que todavía está lleno de hormonas adolescentes bañe a mi mujer! ¡Yo soy el único que toca esas peras! Suelta la esponja y sepárate de la bañera, hijo, antes de que alguien salga herido».


Mi madre se estaba descojonando de risa para cuando Dez hubo acabado con su muy desacertada imitación. Aquellas carcajadas fueron música para mis oídos. No la había escuchado reír así desde hacía tantísimo tiempo que casi me había olvidado de cómo sonaba. Por supuesto, si mi padre hubiera escuchado la burla de Dez, él no la habría encontrado tan graciosa. Menos mal que estaba en casa preparándolo todo para cuando mamá volviera.


Habían pasado diez días desde el trasplante, y por ahora todo iba muy bien. El color de sus mejillas había regresado y ya se sentaba, se reía, comía, sonreía… vivía. La cicatriz que le había quedado en el pecho todavía estaba de un color rojo molesto, pero la herida también había curado considerablemente y ella aseguraba que solo le dolía un poco si tosía.


Aquello podría o no ser cierto, pero el brillo había vuelto a sus ojos y estaba absorbiendo toda la información que podía sobre cómo mantenerse sana para que su cuerpo no rechazara el corazón nuevo.


La única fuente de preocupación que podía encontrar era la preocupación que sentía Alejandra por la familia de la muchacha que le había regalado otra oportunidad para vivir. Quería ofrecer sus condolencias y agradecérselo en condiciones, igual que todos, pero Daniel nos dijo que la familia no quería que se revelaran sus datos personales. Tal y como nos sugirió, me senté con mi madre y ambas les escribimos una carta que él accedió a entregarles.


Esperábamos que algún día ellos encontraran paz con su pérdida. Yo también esperaba que mi madre encontrara paz con lo que había ganado, pero era una persona sentimental y sabía que la idea de que otro ser humano hubiera tenido que morir para que ella pudiera vivir la perseguiría durante el resto de su vida.



— Bueno, no fue exactamente así —se unió Dolores a
la conversación.


—Fue justo así —sostuvo Dez.


Yo sabía la verdad.


—Marcos no dice «peras».


Mi madre nos interrumpió con una sonrisa traviesa.


—Eh… sí. Sí que lo dice.


—¡Ah, mamá! ¡Ugh!


No me hacía falta tener esas imágenes mentales.


Ponderé la opción de ir a mirar si tenían lejía, o cualquier cosa que usaran los hospitales para mantenerlo todo tan estéril, y que pudiera usar para frotarme el cerebro. Iba a necesitar algún limpiador industrial y aun así todavía seguiría traumatizada de por vida.


Ella se mofó.


—Anda ya, Pau, por favor. ¿Cómo te crees que llegaste al mundo? Te aseguro que no fue gracias al espíritu santo. —Tenía una expresión soñadora en el rostro, como si estuviera rememorando—. Nos divertimos un montón concibiéndote. Las cosas que tu padre sabe hacer con su…


Me tapé los oídos con los dedos y empecé a cantar para amortiguar su voz. No funcionó. Todavía podía escucharla por encima de mis espantosos chillidos.


—…tu padre sentía fascinación por la Estatua de la Libertad, así que yo tenía un disfraz…


—¡Para! ¡Para! ¡Para! ¡Por favoooor para! — supliqué.


Alejandra por fin se calló ante mi arrebato y me lanzó
una mirada.


—No te hagas la inocente —dijo mientras estiraba la sábana que le cubría el torso—. Ya he visto a ese hombretón tuyo. Ninguno de los dos sois capaces de mantener las manos quietas. Apuesto a que también es bueno en la cama, ¿verdad? O sea, es Pedro Alfonso, el soltero más cotizado de Chicago.


—¿En serio? Voy a vomitar —dijo Lexi en un tono aburrido mientras se examinaba las uñas. Luego suspiró y se enderezó en la silla—. Quiero a mi primo y demás, pero de verdad que no quiero escuchar esto.


Mi madre hizo aquello que siempre hacía cuando intentaba ser menos como una madre y más como una de las chicas.


—Oh, cállate, nena. Quiero saberlo todo —le dijo a Lexi y luego se volvió a girar hacia mí—. ¿Cómo de grande la tiene el ricachón?


—No voy a responder esa pregunta —dije, avergonzada y sorprendida. Quería colocarme en posición fetal y chuparme el dedo pulgar hasta que todo desapareciera—. ¿Qué eres tú, una asaltacunas? ¿Necesitas que te recuerde que soy tu hija y que esta pregunta es más que inapropiada?


Dez salió en defensa de mi madre.


—Deja de ser tan mojigata, Sandra Dee, y haz que tu Cha Cha DiGregorio interior salga a la luz. Te has enfundado unos pantalones ceñidos de cuero, te has subido sobre unos tacones de punta abierta, te has pintado los labios de rojo y te has pillado a Danny Zuko.


Su obsesión con Grease rayaba en la locura.


—Déjanos vivir indirectamente a través de ti. O sea, te ha tocado el gordo, cariño, así que lo mínimo que podrías hacer es regodearte para las menos afortunadas. —Dez se cruzó de piernas y apoyó un codo sobre la rodilla y la barbilla sobre la palma de la mano—. ¿Con qué trabaja el hombre? Y no intentes mentir tampoco. He visto el tamaño de sus pies y de
sus manos.


—Ay, Dios. No me puedo creer que esto esté pasando —murmuré pasándome las manos por la cara—. Os estáis quedando conmigo, ¿verdad? ¿Dónde están las cámaras?


Dez formó un puño con una mano y empezó a rotar la otra como si estuviera manejando una cámara de cine que me apuntaba justo a mí.


—Paula Chaves, esta es tu vida —dijo con el tono de voz de un presentador de televisión—. Así que cuéntanos… ¿Salchicha vienesa o camión Peterbilt?


—Dínoslo ya —añadió Dolores.


Estaba impresionada. Lo había dicho como si estuviera a punto de desvelar el secreto de la vida eterna o algo parecido. Pedro era su jefe y su marido probablemente fuera el amigo más cercano que Pedro tenía, y aun así aquí estaba toda interesada en mis asuntos y queriendo saber lo grande que la tenía.


Lexi suspiró y puso los ojos en blanco.


—Díselo ya, por Dios, para que podamos cambiar este tema tan horrible de conversación.


—¡Vale! —grité mientras levantaba las manos a modo de rendición—. La tiene enorme, ¿vale? ¡Inmensa! ¡Y el sexo es épico! Se hace home run cada vez que le toca batear. Hace que hable en lenguas y que me dé vueltas la cabeza sobre los hombros como si estuviera poseída o algo así. Si el sexo más increíble y absoluto del universo se manifestara en forma humana, sería un clon de Pedro Alfonso. Es el mayor ejemplo de los orgasmos descomunales, y el alfa y la omega de todas las pollas. ¡Su falo tendría que estar colgado como un trofeo sobre una chimenea y expuesto tras un cristal antibalas y con alarmas que detecten el calor corporal y el movimiento en el Museo Smithsonian de los Mejores Penes! Es el santo grial de los penes, y solo él tiene la habilidad de utilizar todo su poder. En resumen, Pedro Alfonso es el epítome del sexo. Hace que los dedos de los pies se me enrosquen y se me sacuda el cuerpo. Ya está. ¿Felices?


La habitación estaba tan en silencio que hasta se podría escuchar caer a un alfiler. La mandíbula de mi madre estaba desencajada y a Dolores se le salieron los ojos de las órbitas. Y luego estaba Dez…


—Pero si tuvieras que darle una medida específica, ¿cuál sería?


Escuché a alguien aclararse la garganta en el umbral de la puerta y giré la cabeza en esa dirección solo para encontrarme a Pedro apoyado contra la jamba de la puerta y con las manos metidas en los bolsillos. A juzgar por la sonrisita arrogante que tenía plantada en la cara, diría que me había escuchado hablar lo suficiente como para hacerme la vida imposible durante el resto de mis días.


—Siento interrumpir, chicas —dijo mientras se enderezaba y entraba en la habitación—. Señora Chaves, tiene muy buen aspecto.


—Yo, eh… Bueno… eh… gracias —tartamudeó mi madre, imaginándose, aparentemente, a mi novio desnudo.


Una acción muy a lo Jerry Springer, el presentador de ese programa tan poco censurador que acaba siempre en desmadre.


Cuando vi a mi madre por primera vez en la sala de despertares hacía diez días, Pedro había estado justo a mi lado, y me acuerdo de cómo casi se le cae la boca al suelo frotándose repetidamente los ojos con las manos como si no fuera posible estar viendo lo que estaba viendo en ese momento. Sonrió con ganas como si fuera la madre de una de las participantes de un concurso de belleza que acabara de barrer el suelo con las otras quiero-y-no-puedo. Tampoco es que mi madre me haya tratado nunca así, pero sabía quién era Pedro Alfonso y le encantaba que su pequeña estuviera saliendo con él.


—Te he echado de menos. —Pedro se agachó detrás de mí y se inclinó para darme un beso muy dulce y casto en el cuello. Luego desde atrás me rodeó los hombros con sus brazos y se dirigió a mi madre —. He hablado con el señor Chaves cuando venía de camino hacia aquí y me ha dicho que todo el equipo médico llegó hoy y que ya está instalado. Parece que ya está todo preparado para que vuelva cuando Daniel le dé luz verde.


—En realidad, el doctor Alfonso dijo que a menos que hubiera alguna complicación no prevista, puedo volver a casa mañana. —Alejandra sonrió con emoción—. Quiero darte las gracias por hacer que todo esto fuera posible. Sé que seguramente nunca te considerarás responsable, pero también sé que si no hubiera sido por ti, yo no habría estado aquí ahora mismo, y mi hija no sería ni la mitad de feliz de lo que por fin parece ser. Has cambiado la vida de cada miembro de esta familia, Pedro, y nunca podremos compensarte lo suficiente por ello.


Él me abrazó con más fuerza.


—Haría lo que fuera por Pau. Además, solo hice lo que cualquier ser humano decente haría si tuviera los recursos necesarios, señora Chaves. No soy ningún santo.


—Bueno, a mis ojos sí, y no me resultará fácil olvidar lo que has hecho —dijo mi madre con los ojos empañados. Respiró hondo y se tranquilizó antes de empezar de nuevo—. Y, Pau, ¿qué planes tienes? ¿Vas a volver a la universidad?


Sí, ella y Marcos todavía pensaban que estaba oficialmente matriculada en la Universidad de Nueva York. ¿Cómo iba a salir de este embolado?


Lexi vino al rescate.


—En realidad he tirado de contactos con la oficina del decano y he conseguido que acceda a que Pau deje sus clases este semestre y se vuelva a matricular en el siguiente, sin que eso le afecte a la beca —dijo mirándome con una cara que decía que mejor le siguiera la corriente—. Así que puede quedarse aquí durante un tiempo.


Mi madre dio una palmada.


—¡Eso es genial! Entonces, ¿vendrás a casa?


—Eh…


Eso me pilló con la guardia baja. No había pensado en qué iba a hacer, o dónde iría una vez que le dieran el alta. Me giré para mirar a Pedroesperando que apareciera sobre su caballo blanco y viniera a rescatarme otra vez, pero su expresión derrotada no me ofreció ningún consuelo o esperanza de poder volver a casa con él. Pude deducir por el modo en que asintió y sonrió que él tampoco quería que nos separáramos. Pero al mismo tiempo tenía que haber sabido que esto ocurriría, señal de que se estaba sacrificando otra vez por mí y por mi familia.


Ojalá hubiera sido egoísta y me hubiera exigido que me quedara con él, pero sabía que no lo haría.


Me giré de nuevo hacia mi madre para no tener que ver cómo esa preciosa cara suya esperaba que tuviera la fuerza suficiente como para decir lo que tanto él como yo sabíamos que tenía que decir.


—Sí, mamá, vuelvo a casa.


Le sonreí sin muchas ganas, pero esperaba que fuera lo bastante convincente.


¿En qué clase de hija me había convertido?


Debería haber querido estar allí para ayudarla con la
recuperación porque todavía le quedaba un largo camino por delante. Pero no concebía la idea de dormir en mi cama fría, la misma cama en la que había pasado noche tras noche preguntándome si mi destino era no saber lo que se sentía al tener un cuerpo caliente acurrucado junto a mí, no conocer
nunca el fuego que hervía en mis venas bajo la caricia de un amante, no saber lo que se sentía cuando alguien bueno te adoraba.


Pude sentir el cálido aliento de Pedro en él hélix de la oreja mientras su voz ronca hablaba justo por encima de mi hombro.


—Si le parece bien, señora Chaves, me gustaría robarle a su hija por esta noche. A menos que la necesite aquí, por supuesto.


Siempre el caballero considerado de los cojones.


Lánzame sobre tu hombro como un Neandertal, ¡joder! ¡Llévame corriendo a tu cueva advirtiendo a gruñidos a cualquiera que se atreviera a intentar alejarme de ti!


Dios sabía que no parecía tener ningún problema con comportarse así cuando decidía antes que sabía lo que era mejor para mí día sí y día también. Puede que fuera muy depravado, pero una parte de mía quería que ese Pedro volviera. Al menos en aquel momento.


—No, no, no. Pau ha estado con su vieja madre enferma cada día y cada noche desde que llegó —dijo Alejandra—. Necesita salir. Vosotros idos y… eh… pasároslo bien.


Intentó contener la risa, pero entonces Dez, Dolores y Lexi empezaron a reírse disimuladamente y fue imposible.


Qué infantiles eran, pensé. Pero se había vuelto muy evidente que nunca me iban a dejar vivir en paz con el discursito que les había dado de «Pedro es un dios del sexo». Me imaginé el episodio del Show de Jerry Springer en el que todos podríamos aparecer: «Mi madre quiere acostarse con mi novio, pero está demasiado ocupado tirándose a su prima, su asistente casada sueña con el tamaño de su pene y mi mejor amiga podría estar embarazada de su bebé».


En un intento de sacarle el mayor jugo posible a la situación y de hacerlos sufrir a todos por avergonzarme, me saqué aquellos molestos pensamientos de la cabeza y me puse de pie. Tras darle un beso en la mejilla a mi madre, agarré a Pedro de la mano y lo arrastré conmigo a la vez que me giraba para dirigirme hacia la puerta.


—¿Adónde vas? —preguntó Dolores.


Me paré de golpe, miré a mis amigas por encima del hombro y, con una sonrisa cómplice de suficiencia, les dije:
—Al Smithsonian. Envidiadme, zorras.