domingo, 5 de julio de 2015

CAPITULO 53





Hice todo lo que pude para mantener las lágrimas a raya cuando terminé de empaquetar mis últimas cosas. Sabía que volvería, pero aun así seguía siendo duro. Había hecho otro viaje hasta el armario para coger mi último par de vaqueros cuando vi la camisa blanca que había llevado la noche que Pedro decidió comerme a mí. Dejé que mis dedos bailaran junto a la manga y recordé la expresión de su cara cuando entré llevando nada más que eso puesto. Lo había odiado por aquel entonces, pero ni yo misma pude negar la
atracción sexual que recorría el aire que había entre nosotros. El Chichi estaba completamente de acuerdo y me animó a que descolgara la camisa de la percha y la guardara también. Y lo hice. Pedro no la echaría de menos. Tenía un montón de ropa y para él esa camisa no era más que un simple copo de nieve entre una avalancha de otros. 


Para mí, no tenía precio.


Pedro salió del cuarto de baño con una camiseta de cuello en uve, un par de vaqueros y unas deportivas. Todavía tenía el pelo húmedo de la ducha que nos habíamos dado, y en punta, aunque cada mechón iba en una dirección distinta. Obviamente había pasado de afeitarse, pero no me quejaba. 


Me encantaba ese toque desaliñado.


—¿Vas un poco mal vestido para ir a la oficina, no crees? —le sonreí mientras guardaba su camisa y las últimas prendas de mi ropa dentro de la bolsa y la cerraba.


Él me rodeó la cintura con los brazos desde atrás y me abrazó con fuerza. Podía oler el ligero aroma de su colonia y gel de baño, así que respiré hondo para guardarme cada pequeño matiz en la memoria. Como si se me fuera a olvidar alguna vez.


—Sí, pero es el perfecto atuendo para llevar a mi chica a casa de sus padres.


Cubrí sus brazos con los míos y giré la cabeza para mirarlo.


—¿Vas a escaquearte del trabajo?


—Ajá… —Me besó en la punta de la nariz—. Quiero pasar cada último segundo que pueda a tu lado. En la oficina se las pueden apañar sin mí otro día más. —Pedro apoyó la barbilla en mi hombro y bajó la mirada hasta la bolsa—. ¿Cómo leches has podido meter toda tu ropa ahí?


—No lo he empaquetado todo —dije encogiéndome de hombros—. La ropa extravagante no es muy necesaria que digamos en Hillsboro. Solo es una ciudad pequeña. No tenemos centro comercial siquiera. ¿Me ves caminando por el supermercado con tacones de aguja y minifalda?


Pedro hizo como que se lo pensaba con un «Umm…» y pegó las caderas contra mi trasero. Me lo tomé como un sí, al igual que el pequeño conejito entre mis piernas. El Chichi ronroneó e intentó como pudo restregarse contra su polla como un gatito en busca de atención. Él se la habría dado, claro, lo cual habría sido contraproducente si queríamos volver a salir del dormitorio pronto. No es que tuviera aprensión alguna a tener otra ronda con el Vergazo Prodigioso, pero mi madre necesitaba tener a alguien en casa que la ayudara y mi padre se merecía un descanso.


—No vamos a conseguir salir nunca de aquí si sigues haciendo cosas como esa —le advertí.


El Chichi no dejaba de repetir: «Sí, esa es la cosa, idiota. ¡Fóllatelo hasta que pierda la cabeza, por Dios!»


Me percaté de que en realidad no había guardado muchas cosas, y queriendo meterme un poco con Pedro, exageré un suspiro.


—Al final tendré que ir de compras porque me tiraste todas las cosas que traje conmigo desde un principio.


Pedro escondió su rostro en mi cuello y gimió, cosa que solo logró que yo soltara una risilla. Estaba claro que se sentía como un cabrón por haberlo hecho, y aquello me pareció de lo más adorable. Me giré entre sus brazos y le acuné el rostro con las manos.


—Te quiero —le recordé.


Pedro me miró con adoración.


—Y nunca me cansaré de escucharte decir esas palabras. Toma —dijo, llevándose la mano al bolsillo trasero y sacando la cartera. Cogió una tarjeta negra de metal y me la tendió—. Quiero que la tengas para comprar ropa o cualquier otra cosa que puedas querer o necesitar.


—¿Una tarjeta de crédito, Pedro? ¿No crees que ya me has dado bastante?


—Eh —dijo levantándome la barbilla con los dedos—. Pensé que ya habíamos hablado de eso. Eres mi mujer. Yo cuido de lo que es mío, y tengo intención de cuidarte y mimarte todo lo que pueda y más. No quiero escuchar ninguna queja.


Me dio un casto beso en los labios y luego cogió la bolsa del asa y se la colgó al hombro.


—¿Lista? —me preguntó tendiéndome la mano.


Acepté la mano que me ofrecía porque siempre lo haría. No tenía ni idea de qué nos depararía el futuro, pero sabía que siempre y cuando me agarrara de la mano, yo lo seguiría a través de la noche más oscura porque al final de nuestro viaje habría luz en algún lugar.


Pedro se paró de golpe en la puerta y se giró.


—¿Qué? —pregunté cuando no me dio ninguna pista de lo que tenía entre manos.


Caminó hasta la mesita de noche, abrió el cajón y luego metió la mano dentro. Con el ceño fruncido por la desaprobación, sacó el vibrador que me habría regalado, que habíamos bautizado como «vibrador Alfonso».


—Te olvidas algo, ¿no?


—Bueno, no pensé que lo fuera a necesitar — respondí, confusa.


Él sonrió con suficiencia y me lo metió en la
bolsa.— Oh… sí que lo vas a necesitar.


Pedro era feliz, y eso me recordó que era yo la que lo ponía así. El Chichi me recordó que él también tenía algo que ver con eso, cosa probablemente cierta, pero yo le recordé mentalmente que lo que había entre Pedro y yo ya no era solo sexo. No es que le estuviera exigiendo que colgara los tacones de guarrilla ni donara el modelito de Súper Chichi a la beneficencia. Pronto, algún día, nos serían útiles. De eso estaba segura


Cuando mi bolsa estuvo guardada en el maletero del coche y Pedro y yo sentados en los asientos traseros, salimos. Vi como la casa desaparecía de mi vista. Al notar mi tristeza, Pedro me rodeó con los brazos y me pegó a su costado para que pudiera apoyar la cabeza sobre su hombro.


Me besó en la coronilla.


—No será más que un enorme espacio desaprovechado hasta que vuelvas, y entonces volverá a ser un hogar.


Yo me sentía igual. Mi hogar estaba donde fuera que estuviera Pedro, ya fuera una mansión gigantesca rodeada de esculturas hechas por Eduardo Manostijeras o una caja de cartón en un callejón. No importaba. Todo lo que importaba era si estaba o no conmigo.








CAPITULO 52




El olor a jacintos me rodeaba gracias a una brisa fresquita que envolvía la fragancia alrededor de mi cuerpo. Pude oír la melodía proveniente de un cuarteto de cuerdas y la risa animada de amigos y familiares mientras se reunían. El sol golpeaba cálido mi rostro y mis manos. Habría sido sofocante de no ser por la ligera brisa que soplaba.


Era feliz. Este era un momento trascendental en mi vida, aunque no terminaba de saber exactamente qué era lo que estaba aconteciendo.


—Oh, Pedro, es espectacular. Justo la clase de chica que siempre esperé que conocieras —arrulló una voz suave desde detrás.


Yo conocía esa voz. Me giré rápidamente y allí estaba: mi madre, entre la hierba alta y con ramitos de flores moradas, blancas y amarillas floreciendo alrededor de todo su vestido rojo. Su brazo estaba ligado al de mi padre, quien se encontraba a su lado con una sonrisa llena de orgullo dibujada en el rostro; su pelo todavía seguía siendo negro por encima y blanco a la altura de las sienes. Mi madre tenía razón, aquello lo hacía parecer muy eminente.


—¿Mamá? ¿Papá? ¿Qué estáis haciendo aquí? —
pregunté, confuso.


Y mientras una parte de mí sentía como algo normal que estuvieran aquí, otra certificaba que no deberían estarlo.


—Y es muy atrevida también. Me recuerda un poco a tu madre.


Mi padre miró a mi madre con adoración.


Mi madre se rió y luego lo besó en la mejilla.


—Eso es bueno. Vosotros, los hombres Alfonso, necesitáis una mujer fuerte para que os mantenga a raya.


De pronto aparecieron justo delante de mí. No me había dado cuenta siquiera del movimiento. Mi madre se giró hacia mí y me sonrió con cariño mientras me acunaba el rostro con una mano.


—Es una entre un millón, Pedro. Nunca la dejes escapar. Recuerda: «La flor roja florece del barro y de la oscuridad, derrotándolo todo y creciendo hasta la luna llegar».


Recordé que lo solía decir todo el tiempo cuando era más pequeño, pero por aquel entonces no había tenido ni idea de lo que significaba, y todavía seguía sin saberlo.


—El loto escarlata —susurré.


Ella asintió y sonrió de oreja a oreja, claramente feliz de que me acordara.


—Te queremos, Pedro. Estamos muy orgullosos de ti.


Mi padre carraspeó a su lado y yo me giré hacia él.


—Nos tenemos que ir ya, hijo. No podemos quedarnos.


¿Ir? ¿Ir adónde?


—Solo queríamos darte la enhorabuena. —Me rodeó los hombros con un brazo y me abrazó—. Ah, y gracias por la copa —me susurró al oído.


Mi madre me besó en la mejilla y yo cerré los ojos e inhalé el olor de ese perfume floral tan familiar.


Cuando los volví a abrir ya no estaban. Me giré a izquierda y a derecha, en círculos, buscándolos, pero no estaban por ninguna parte. Me paré en seco cuando a lo lejos vi a una mujer vestida de blanco, de espaldas a mí. Tenía el pelo recogido y le caía un velo por delante y movía la cabeza hacia un lado mientras jugueteaba con su vestido. Tenía un ramo de flores rojas en una mano. La brisa arreció de nuevo, me trajo su olor y confirmó lo que yo ya sabía que era cierto. Podía decir de quién se trataba por el modo en que el corazón comenzó a latirme en el pecho, como si estuviera a punto de estallar. Una sonrisa enorme se extendió por mi cara, expectante. Era ella.


—¿Paula?


La llamé pero no me respondió. Ella me miró y, aunque no pude ver su sonrisa, la sentí en mi corazón. Pero entonces dio media vuelta y salió corriendo. Su tenue risa me hacía cosquillas en la oreja.— ¡Pau! —la llamé y seguidamente comencé a correr tras de ella, confuso—. ¿Por qué huyes de mí?


Corrí y corrí aunque sentía las piernas pesadas y arrastraba los pies como si de ladrillos de cemento se trataran. Cuando pensé que la había alcanzado, estiré el brazo para agarrarla, pero la frágil tela de su vestido de deslizó entre mis dedos y ella volvió a desaparecer.


Soltó otra tenue risita. Estaba jugando conmigo, retándome.


—Vamos, Pedro. Atrápame.


Con toda la fuerza de la que pude hacer acopio, salté hacia adelante y agarré a Pau por la cintura y la estreché entre mis brazos. Incluso a través del velo de gasa podía verle los ojos, ardientes y llenos de felicidad cuando me miraban.


Echó la cabeza hacia atrás y soltó unas carcajadas alegres que se instalaron en el cálido aire que nos rodeaba. Su cuerpo era suave y flexible a la vez que se derretía contra el mío.


—¿Adónde te crees que vas, gatita? —pregunté pegándola a mí.


Podía sentir la calidez de su mano sobre mi bíceps y el delicado hormigueo de sus dedos mientras los enterraba en mi pelo.


—Bésame, Pedro. Hazme tuya para siempre — susurró.


Alargué la mano para levantarle el velo y así poder contemplar su absoluta belleza y buscar mi premio. Cuando mis labios tocaron los de ella, Pau desapareció.


Pedro, despierta. Despierta, Pedro, estás soñando.


Me desperté de golpe, aunque todavía sentía los retazos de sueño en mi cuerpo parcialmente paralizado. Abrí los ojos y ahí estaba ella, con su cuerpo pegado al mío y con una mano sobre mi brazo mientras sus dedos me masajeaban con suavidad el cuero cabelludo por un lado.


Era solo un sueño.


Bajó la mirada hacia mí con una sonrisa cariñosa iluminando su rostro perfecto.


—¿Estás bien?


—Sí —grazné con una voz aletargada. Me froté los ojos—. Estoy bien. ¿Te he despertado?


—Algo así —dijo con una sonrisa juguetona—. Me estabas abrazando con tanta fuerza que me era un poquito difícil respirar. La falta de oxígeno por lo visto tiende a despertarte. Creo que se llama instinto de supervivencia.


Se rió.


Le aparté un mechón de pelo de la cara y se lo coloqué detrás de la oreja, luego le di un beso en la punta de su nariz de garbanzo.


—Lo siento.


—Eh, no me estoy quejando. En realidad me gusta tu lado posesivo —dijo tocándome la barba incipiente—. ¿Quieres contarme lo que estabas soñando?


No era que el sueño hubiera tenido nada malo; de hecho, no había sido una pesadilla. Pero parecía real y eso me acojonó un poco. Necesitaba tiempo para procesarlo por mí mismo antes de compartirlo con ella, si es que lo hacía alguna vez. No tenía sentido asustarla a ella también. Así que, pese a lo poco comunicativo que pudo haber sido, negué con la
cabeza. Quería aferrarme yo solito a ese sueño durante un rato más.


Justo entonces el despertador de la mesita de noche saltó y su ensordecedor berreo atravesó el silencio de la habitación y dio por terminado el momento. Paula apoyó su frente contra mi pecho y ambos gemimos en protesta porque sabíamos que era la prueba de nuestra separación. Yo tenía que ir al trabajo y ella se tenía que ir con su familia. Ninguno de los dos estaba muy contento con aquello, pero era lo que teníamos que hacer hasta que pudiéramos estar juntos de un modo más permanente.


Golpeé el despertador para hacer que se callara de una vez y se cayó al suelo con un golpe seco. No necesitábamos el recordatorio, pero ahí estaba, acercándose como una guillotina frente a un prisionero en el corredor de la muerte. Porque así era como lo sentía. Estar sin ella sería exactamente igual que hacer que me decapitaran. O quizá que me arrancaran el corazón sería más apropiado, porque al fin y al cabo se lo iba a llevar consigo.


—Te quiero —murmuró contra mi pecho mientras le frotaba la piel de satén de su espalda desnuda.


—Lo sé —respondí y la besé en la coronilla—. Yo también te quiero.


Ella levantó la cabeza y me miró a los ojos con convicción.


—Lo sé —dijo, y el peso del mundo se desvaneció mientras sellábamos nuestra declaración con un beso. No era un beso de despedida y no era un beso que tuviera por objetivo excitarnos el uno al otro, aunque estaba clarísimo que me había empalmado y que llevaba una erección de proporciones épicas. Ese beso era una promesa. Decía que sabíamos que estaríamos juntos, que sentíamos todas las palabras que habíamos pronunciado, que estábamos enamorados y que venceríamos cualquier y todo obstáculo que se interpusiera en nuestro camino pese a lo que la vida tuviera preparado para nosotros. Porque por muy retorcida que hubiera sido nuestra situación al empezar, del barro y de la oscuridad la flor roja florecerá.


Por fin lo entendí.








sábado, 4 de julio de 2015

CAPITULO 51





Hacerle el amor a Pau era lo más fácil del mundo, porque la quería con todo lo que era y siempre sería.


Pero hacerle daño solo para encontrar yo el placer fue una auténtica tortura.


Lo había querido con muchísimas ganas. Estaba prohibido, y eso lo hacía mucho más atrayente. Pero cuando la penetré por allí por primera vez y escuché cómo contenía la respiración con fuerza y cómo se tensaba… bueno, había esperado que le doliera al principio, pero obviamente no había estado completamente preparado para lo mucho que le dolería, y no podía hacerle esto a ella. Había tenido toda la intención de dar marcha atrás, pero entonces ella prácticamente me suplicó que continuara. Fue una súplica para que la dejara tener este momento, esta primera vez conmigo, mi primera vez, aunque ella no estuviera recibiendo más que dolor a cambio.


Eso cerró el acuerdo y me hizo continuar pese a mis reservas.


Le habría dado cualquier cosa que me pidiera. Le habría bajado la luna del cielo nocturno y se la habría puesto a sus delicados pies, le habría guardado el universo entero en una pequeña pelotita y se la habría colocado sobre sus diminutas manos. Lo que quisiera. Porque se merecía todo eso y más, y me sacrificaría toda la puta vida para asegurarme de que lo tuviera todo.


Pero nunca sería capaz de compensarla por tratarla como una puta; por tratarla como si no fuera nada más que un trozo de carne que solo estaba allí para satisfacer mis antojos de coño; por tratarla como si no fuera nada más que otro juguete que había comprado, una propiedad. Por robarle la inocencia. ¿Cómo íbamos a funcionar siquiera cuando nuestra relación había nacido, para empezar, de las putas entrañas de muchas intenciones impuras?


Tenía que tener fe en que sí lo haríamos, porque si lo que teníamos estaba mal, entonces no quería estar bien. Sí, una frase muy cursi, pero las palabras llevaban una verdad innegable. ¿Ves? Me estaba volviendo un auténtico calzonazos, un bragazas integral.


Déjame que lo demuestre…


Durante el acto sexual, fui un puto manojo de nervios. Mi cuerpo se sacudió tanto por miedo de hacerle daño a Pau como por tener que contenerme para no abrirme paso en su interior de golpe. Así de bien me había sentido. No es que su coño no fuera igual de bueno, sino que la experiencia de bailar con ella ese baile prohibido era lo que me había puesto cachondísimo. Solo se comparte algo así con alguien en quien confías, alguien con quien planeas pasar el resto de tu puta vida juntos, alguien con quien tienes un vínculo sagrado.


Lo que me encontré cuando descubrí a Julieta y a Dario no había sido nada ni remotamente parecido a la intimidad del momento que Pau y yo acabábamos de experimentar juntos. Lo que ellos hicieron no fue más que dos puteros follando
simplemente por follar, por pegarme una puñalada y dejarme desangrándome en el suelo. Podrían quedarse buscando durante el resto de sus patéticas vidas y nunca se acercarían siquiera a encontrar lo que yo tenía con mi Paula. Mi Pau.


Lo necesitábamos, ese nivel de intimidad, antes de la separación. Y aunque sabía que necesitaba permanecer fuerte por ella, me estaba matando por dentro saber que no estaría allí cuando volviera a casa por las noches, que no estaría tumbada a mi lado, desnuda, en la cama cada noche, que no vería esa mirada en sus ojos cada día. Esa mirada que decía más de lo que miles de palabras podrían decir nunca.


Esa mirada que decía que yo era su mundo, al igual que ella era el mío. Los labios eran capaces de decir cualquier cosa, pero los ojos nunca mentían. Y lo que vi en ellos reflejaba lo que yo sentía en cada fibra de mi ser. Me quería. Me quería de verdad. No a mi dinero ni a mi estatus. A mí. Y pasara lo que pasase, iba a lograr que funcionásemos. De alguna manera.


Paula movió su culo contra mí y me recordó que mi polla todavía seguía dentro de ella, flácida pero excitándose cada vez más cuanto más tiempo permaneciera allí, y como siguiera moviéndose así, iba a ponérseme más y más difícil poder retirarme de su interior. Aunque me hubiera encantado tener otra ronda, sabía que ya iba a estar dolorida y no quería aprovecharme de su necesidad de darme incluso más
de ella misma. Su presencia en mi vida era suficiente y ya era hora de que le diera yo algo a cambio a ella, para variar. 


Así que antes de que mi verga engordara demasiado y le hiciera incluso más daño, me retiré…


y esperé que el rápido movimiento lo hubiera hecho
más soportable.


Sentí un ramalazo de culpa en el pecho cuando ella hizo un gesto de dolor y mi mente se puso de inmediato en modo cuidador total. Veneraría a esta mujer, le mostraría mi aprecio y cuidaría de ella para variar, al igual que ella cuidaba de todos los que la rodeaban, incluido yo.


—Lo siento, gatita —dije, dándole la vuelta y estrechándola contra mí—. Joder, siento mucho haberte hecho daño. 


Mi chica podría haber llorado contra mi pecho, podría haberme dado una paliza con mi permiso, podría haber hecho lo que hubiera querido o necesitado en represalia por el dolor que le había infligido. Pero no hizo nada de eso. En cambio, Pau metió su muslo entre los míos, me rodeó la cintura con el brazo para darme una palmadita en el culo y luego me atacó el cuello.


—Cállate, Pedro —murmuró entre besos—. Estás sacando las cosas de quicio y me estás cortando el rollo. Y para que lo sepas, eso quiero volverlo a hacer.


Ya lo había dicho antes, y lo diría otra vez: quería tanto a mi chica que hasta me dolía en el puto pecho.


Echó la cabeza hacia atrás para mirarme; había un atisbo de intenciones perversas en sus ojos.


Estaba claro que había creado un monstruo. Pero no era un cabrón insensible. Mi mujer estaba dolorida y estaba intentando enmascarar su dolor para que no me sintiera mal, cosa que era una estupidez porque por supuesto que me sentía como un cabronazo.


¿Cómo no?


Me incliné hacia adelante y me apoderé de esos suculentos labios. Profundicé el beso con todo el amor y la adoración de los que pude hacer acopio.


Fue cuando sentí que me ponía duro otra vez cuando rompí la conexión. Ella se lo tomaría como un signo de que quería poseerla otra vez, y era cierto. No obstante, sus necesidades eran mucho más importantes que las mías, y justo en ese momento ella necesitaba que cuidara de ella, lo quisiera admitir o no.


Me costó mucho hacerlo, pero por fin conseguí separarme de ella y bajarme de la cama.


Pau gimió en protesta y estiró los brazos para agarrarme de la mano.


—Noooo. ¿Adónde vas?


Sabía exactamente cómo se sentía; yo tampoco soportaba estar separado de ella durante un segundo siquiera. La mera idea me hacía sentirme vacío por dentro y ya la echaba de menos. ¿Cómo iba a poder separarme de ella? Mi lado egoísta sacó su cabecita temporalmente y casi le pedí que no se fuera. Sabía que se quedaría conmigo si se lo pedía, pero no pude lograr hacerlo. Ya le había quitado demasiadas cosas.


—No lejos. Nunca lejos.


Con un último tierno beso, me separé y rompí nuestra conexión física, pero la atadura invisible que existía desde la cama donde estaba recostada hasta mi corazón nos mantuvo unidos. Nunca me había sentido así antes, tan conectado, tan absorbido por una sola persona, y era un enigma al que no quería encontrar solución.


Me daba esperanza.


Preparé corriendo el baño para ella y me aseguré de que el agua no estuviera ni demasiado caliente ni demasiado fría. 


Di gracias al ver que Dolores había llenado el cuarto de baño de jabones para mujeres y elegí uno cuya etiqueta prometía una calma tranquila y reconfortante. Mejor que fuera verdad o iba a demandar a los hijos de puta por publicidad engañosa. Solo lo mejor para mi chica.


Me las arreglé para regresar andando hasta ella solo porque correr podría hacerme parecer todavía un mayor calzonazos de lo que ya era. Mi polla estaba morcillona y se movía de un lado a otro entre mis muslos a la vez que me acercaba a la cama donde Pau estaba tumbada. Se quedó mirando ese trozo de carne como si fuera una salchicha expuesta en el
escaparate de una carnicería y ella fuera un cachorrito abandonado buscando su siguiente comida.


—Estoy intentando mostrar un poco de control. Ya sabes, ser un novio cariñoso y amable. Todo un Príncipe Encantador. Pero si sigues relamiéndote los labios así, el príncipe puede que se convierta en un ogro. Y de verdad creo que no sería una muy buena idea ahora mismo —dije, apartándole las sábanas de su cuerpo desnudo y levantándola en brazos.


Mientras caminaba con ella en brazos, Pau me rodeó los hombros con los suyos y escondió el rostro en el hueco de mi cuello.


—Puedo soportarlo —dijo levantando la barbilla
ligeramente para que su voz sensual surcara por el hélix de mi oreja. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal y se fue directamente hasta mi polla, cosa que no ayudó nada de nada en mi propósito.


Cogí aire profundamente y lo solté poquito a poco para tranquilizarme.


—No sé por qué, pero no lo dudo —dije a la vez me adentraba en la bañera con su ligero cuerpo entre mis brazos.


Lentamente me agaché hasta quedarme sentado con Pau apoyada en mi regazo. Cuando empezó a retorcerse mientras me besaba por todo el cuello y gemía, supe que solo era cuestión de tiempo antes de que deslizara mi polla en su interior, y aquello era lo último que ella necesitaba en estos momentos. Así que manejé su pequeña figura de modo que estuviera sentada entre mis piernas estiradas. De ese modo mejoraba bastante las posibilidades de poder sobrevivir al baño sin follármela otra vez.


Paula se estaba volviendo una ninfómana. La culpa era mía por corromperla, pero quería que supiera que lo que había entre nosotros ya no era solo follar y follar. Rememoré lo molesta que había estado antes en el coche, lo insegura que parecía estar de que todo fuera a salir bien, dada la separación y demás. Necesitaba hacerle saber que aunque tuviéramos que estar separados por un tiempo, lo que sentía por ella no iba a cambiar. Pau tenía que tener fe en mí, en nosotros.


—Te quiero —le susurré al oído mientras le rodeaba la cintura con mis brazos y la estrechaba contra mí—. Muchísimo. ¿Lo sabes?


Ahora que aquellas dos palabras habían encontrado el modo de salir de mi boca, no podía dejar de decirlas.


—Yo también te quiero —susurró. Las yemas de sus dedos me acariciaban los brazos por debajo del agua.


— Eso no es lo que te he preguntado —la corregí —. ¿Sabes que te quiero? Porque si vamos a tener que estar separados ya sea durante más o menos tiempo, necesito que no haya dudas sobre lo importantísima que eres para mí. Y si lo que dicen sobre la ausencia, que hace que el corazón se vuelva más cariñoso y todas esas chorradas cursis, es cierto, entonces lo que siento por ti solo va a intensificarse incluso más. No voy a dejar que nadie se interponga entre nosotros.


—¿Estás intentando decirme que eres uno de esos
acosadores que se esconden en el armario, Pedro? —
bromeó a la vez que ladeaba la cabeza y dejaba expuesta la cremosa piel de su cuello.


—Te lo digo completamente en serio —le dije y luego comencé a dejarle un reguero de besos por toda la longitud de su elegante cuello. Paré cuando alcancé su oreja y susurré—: Cada momento que estemos separados, estaré pensando en ti. Cada noche que no estés tumbada a mi lado en la cama, estaré soñando contigo. Cada vez que huela el puto beicon — continué refiriéndome a aquella vez en la que hice todo lo que quise con ella mientras me preparaba el desayuno—, estaré duro por tu culpa y me tocaré mientras grito tu nombre. Te llamaré sin más razón que para escuchar tu voz. Me pasaré por tu casa sin avisar solo para poder ver cómo se te ilumina la mirada cuando me ves. Y te robaré solo para poder probarte. Porque estaré hambriento de ti, Pau. Muy, muy hambriento.


Ella cogió aire con fuerza y luego separó los labios ligeramente para dejar salir un gemido. Cerró los ojos y abrió las piernas como si mis palabras le hubieran ordenado hacerlo.


—Si a eso lo llamas acosar, entonces sí, supongo que estaré acosándote. —Moví una mano sobre su abdomen hasta llegar al monte que residía justo debajo y ella movió las caderas ante mi contacto a la vez que se le escapaba otro gemido de los labios.


—Soy un gran creyente de las tres pes: proclamar, proteger y proveer. Te daré todo lo que necesites. Todo —dije y deslicé los dedos en su interior mientras mi dedo pulgar ejercía presión sobre su dulce botón—. Yo soy el que tiene que cuidar de ti. Así que como encuentre a otro tío husmeando lo que me pertenece, iré a por él, e infligiré dolor. ¿Estás segura de estar preparada para ese nivel de compromiso, Paula?


—Oh, Dios. Sí, Pedro —gimió cuando doblé los dedos una y otra vez en su interior.


—Soy un dios, el rey de mi mundo, y tú eres mi mundo —le dije mientras movía la otra mano hasta su busto y toqueteaba su pezón enhiesto—. Puedo y te daré todo lo que necesites para hacerte sentir bien. Pero soy un dios vengativo y celoso, Pau.


Ella colocó una mano sobre la mía entre sus piernas mientras me la follaba con los dedos, y la otra la dejó sobre mi nuca.


—Soy… joder… soy tuya, Pedro. Solo… ay, Dios… tuya.


—Bien. Me alegro de que estemos de acuerdo — dije a la vez que la penetraba todavía más con los dedos y con más resolución—. ¿Quieres correrte?


Ella asintió.


—Umm, no estoy muy seguro de eso —dije para jugar con ella—. Suplícame.


—Por favor —pronunció sin aliento.


—Oh, vamos. Seguro que lo puedes hacer mejor —contesté mientras giraba sus pezones entre mis dedos—. Convénceme.


Ella arqueó la espalda, me clavó las uñas en el cuello y me empujó la mano que tenía entre sus piernas.


Mis dedos trabajaban a una velocidad rápida y constante, pero cuando sus paredes vaginales empezaron a contraerse, retrocedí y puse un alto a mis esfuerzos.


—De eso nada, gatita. No hasta que me convenzas.


Ella gimoteó.


—Por favor, Pedro. Dámelo. Deja que me corra sobre tus dedos.


Joder, la deseaba. Pero necesitaba su orgasmo para llenarme, para sustentarme hasta que pudiera tenerla de nuevo.


—Oh, te correrás,Pau, pero no en mis dedos.


Me retiré solo para levantarla y girarla de manera que su culo quedara sentado en el filo de la pared de azulejos de piedra que rodeaba toda la bañera. Una toalla gruesa y cómoda ya estaba allí para que no estuviera muy incómoda dado lo que le había hecho hacía un ratito.


Estaba tan ansioso por darle lo que quería, por saborearla, que no tuve mucho cuidado al separarle las rodillas para darme acceso a ese precioso conejito.


Pero no hubo gritos de protesta, solo uno de placer cuando enterré mi cara entre sus muslos y comencé a lamerle los labios aterciopelados con la parte plana de mi lengua. Ella me agarró del pelo con fuerza —y vaya si lo puto-adoraba cuando lo hacía— y luego enganchó las piernas sobre mis hombros con las rodillas cayendo de lado y me otorgó completo acceso a su carne.


Levanté la mirada hasta ella y vi que me estaba observando, así que le di un buen espectáculo en el que pudiera ver como mi lengua, larga y gruesa, se movía sobre su jugoso y pequeño clítoris.


—Joder —susurró y luego se mordió el labio inferior. Con cariño me pasó los dedos por entre los mechones de pelo que tenía en los laterales de la cabeza—. Qué bien. Es increíble. ¿Te gusta mi sabor, Pedro?


Cerré los ojos y solté un «Mmm…» antes de darle tiernos besos sobre su hendidura.


La escuché coger una bocanada de aire y volví a levantar la mirada hasta ella para asegurarme de que todavía seguía observándome. Sí, lo hacía. Enrosqué un brazo alrededor de su muslo y utilicé los dedos para quitarle la capucha de piel que tenía sobre su cima y dejar a la vista esa carne rolliza que había escondida debajo. Pau necesitaba tener una vista al completo para poder apreciar de verdad lo que le estaba haciendo, y se la di.


Volví a inclinarme hacia adelante y succioné su hinchado botón. Eché la cabeza hacia atrás y lo solté antes de volverlo a hacer una y otra vez.


—Dios santo —siseó—. Ven aquí y fóllame, Pedro. Te necesito dentro de mí.


La ignoré, estaba completamente cautivado por el efecto que estaba teniendo sobre ella no solo físico, sino mental y emocional también. Mis ojos estaban fijos en su rostro, observando cada pequeña y detallada expresión de placer, porque saber que la estaba haciendo sentir bien… joder, me hacía cosas por dentro.


Ella también estaba cautivada por lo que le estaba haciendo; sus ojos seguían con pura fascinación cada movimiento que realizaba. Dejé los dientes a la vista y le rocé el clítoris con ellos antes de que la punta de mi lengua se moviera lentamente y sin descanso sobre aquella deliciosa y pequeña protuberancia. Paula respiró entrecortadamente y me agarró del pelo con mucha más fuerza cuando atrapé ese botón respingón entre mis labios y yo le guiñé un ojo.


Quería volverla loca y al parecer estaba yendo por muy buen camino.


—Oh, Dios. Tienes que parar, nene. Vas a hacer que me corra y quiero tener tu polla dentro.


No. Ni de coña iba a privarme del dulce néctar que sabía que me esperaba como recompensa. No paré. En cambio, la llevé hasta el abismo, moviendo la lengua de un lado a otro sobre su pequeño botón de placer a la velocidad del rayo y succionándolo y acariciándolo con mis labios para hacer que llegara al clímax.


—No. Para —dijo mientras maldecía por lo bajo y me tiraba del pelo en un vano intento de hacer que me detuviera.


Me comí ese coño como si nunca pudiera obtener la oportunidad de volver a hacerlo, aunque sabía demasiado bien que ese no sería el caso. Ya me aseguraría yo de ello.


—Vas a hacer que me…


Me empujaba y me tiraba de la cabeza en un intento de que la soltara, pero no cedí ni un milímetro. Su cuerpo iba a darme el resultado que estaba buscando y no iba a parar hasta conseguirlo.


—¡Joder! No… —soltó medio gimiendo, medio gruñendo y luego me empujó la cabeza para que mi cara estuviera completamente enterrada en su tesoro.


Cerró los muslos de golpe y me dejó la cabeza
enganchada como un tornillo cuando su cuerpo se tensó y sus fluidos bañaron mi lengua. Lamí, chupé y tragué. Todo. Mío, todo mío.


Cuando el orgasmo que le regalé remitió, me soltó el pelo y sus muslos se relajaron. Me puso una mano en cada mejilla y me obligó a mirarla.


—Eres exasperante —dijo entre pesadas respiraciones.


—Estoy seguro de que ya hemos hablado de esto antes. Soy insaciable. Nunca intentes negarme lo que quiero, porque siempre lo conseguiré al final —dije con una sonrisa de suficiencia mientras su pecho subía y bajaba con dificultad y la volvía a meter en la bañera.


Pau me sorprendió al empujarme en el pecho hasta que quedarme empotrado contra la pared opuesta de la bañera.


—Y no intentes negarme tú lo que yo quiero, Pedro Alfonso. Porque al final, lo conseguiré —dijo y luego trepó a mi regazo, me agarró la polla y…


—Pau, para. Estás…


Demasiado tarde. Se sentó sobre la punta de mi verga, que estaba tan dura como el titanio, y me acogió entero en su interior.


—Joder —gruñí.


Eché la cabeza hacia atrás cuando sentí sus estrechas paredes.


Paula se rió ante mi reacción, un sonido un poco arrogante. 


Levanté la cabeza de golpe y solo me encontré con una sonrisa igual de petulante a juego.


Mi sonrisa petulante. Era casi como si me estuviera mirando al espejo. No sabía cómo cojones sentirme respecto a eso, pero supongo que yo tenía la culpa. Sí, definitivamente había creado un monstruo. Ojo por ojo, y diente por diente, tal y como había sospechado desde esa primera noche que pasamos juntos sobre ese respecto, la noche que le robé la virginidad. Supe entonces que tendría un buen reto por delante, y Pau me lo estaba confirmando. Era tan cabezona que rayaba lo imposible, siempre teniendo que llevar la razón. No podía culparla por eso porque yo era exactamente igual y había estado aprendiendo de mí.


Así que lo deje pasar y dejé que hiciera lo que quisiera. Dejé que me hiciera sentir bien porque al final, de un modo u otro, siempre iba a salirse con la suya.Y me parecía de puta madre.