miércoles, 8 de julio de 2015

CAPITULO 62





Más tarde esa misma noche nos encontrábamos en la
sala recreativa sin prestar mucha atención a la pantalla de la súper carísima tele que reproducía El señor de los Anillos. 


Era consciente de que saberme los diálogos enteros de la película me convertía en un frikazo, pero ¿y qué cojones le importaba a la gente?


Me calmaba, aunque no me despejara la mente por completo. Aquello era tarea imposible.


Tenía puestos solo unos pantalones de pijama que guardaba en caso de tener visita en casa, y Pau se encontraba encaramada en mi regazo, recién duchada, sin nada más que otra de mis camisas blancas encima y oliendo a la esencia del sexo.


Aunque el acto en sí no podía haber estado más alejado de mis pensamientos. Bueno, para ser sincero, sí que se me había pasado una o dos veces por la cabeza porque eso era lo que ella provocaba en mí, pero nunca actuaría según esos impulsos.


Por mucho que estuviera intentando actuar como una tía dura, como si lo que le había ocurrido con ese gilipollas no le hubiera afectado ni en lo más mínimo, yo sabía que no era cierto. Pero no iba a presionarla sobre el tema. Si ella quería, hablaría de ello, y yo la escucharía y le ofrecería todo el apoyo que pudiera.


Hasta entonces, cualquier contacto que tuviéramos de naturaleza sexual sería solo porque ella lo iniciara.


—¿Y dijo que tenía acceso al contrato? — pregunté.


Todavía seguíamos intentando averiguar qué cojones hacer con el problema que Stone nos había endilgado.


—Sí, pero no lo entiendo —dijo, perdida en sus pensamientos—. Tú rompiste tu copia del contrato, y la mía todavía sigue guardada con mis cosas. ¿Así que de dónde lo ha sacado? ¿Crees que podría haber entrado aquí para hacerle una copia o algo?


—No es probable —respondí, mientras le hacía circulitos de forma casual en su muslo desnudo.


El teléfono sonó a nuestro lado, interrumpiendo nuestro pequeño momento de puesta en común, y yo lo descolgué. Era Dez al otro lado de la línea, pidiéndome que la pusiera en manos libres para poder hablarnos a mí y a Pau a la vez. Era extraño, pero ya nada parecía normal en nuestras vidas.


—Ya estás. ¿Qué pasa?


—Hola, Pau —dijo como saludo a Pau. El soso golpeteo de un contrabajo sonaba de fondo. Debía de haber estado en el trabajo—. Bueno, pues por fin he podido acordarme de dónde había visto a ese hombretón que estuvo hoy en tu oficina.


—Espera un segundo, ¿qué? —pregunté, confundido.


—Dario. —Pau respondió por ella—. Vio a Dario en tu oficina y le sonaba familiar.


Bien, bien. ¿No era eso interesante?


—¿De dónde lo conoces? —preguntó Pau.


—De aquí, del club —respondió Dez—. De vez en cuando viene cuando hemos cerrado. Lo he visto cuando me he tenido que quedar hasta tarde para limpiar o… eh… para encontrarme con el Señor Perfecto de la noche. Pero eso no importa. Vuestro hombre se cuela por la puerta de atrás y desaparece por la puerta de la oficina de Sebastian, abajo.
Normalmente pasa un buen rato antes de que se vaya, pero siempre lleva consigo una bolsita de polvo blanco cuando sale.


—Cuando dices polvo blanco… ¿te refieres a cocaína? ¿Stone se mete?


No debería haberme sorprendido. Siempre había estado tonteando con drogas recreativas cuando éramos más jóvenes. Aunque siempre creí que eso había sido todo.


Dez resopló.


—El tío está bien metido en el tema. Cada vez que se pedoree seguramente le sale una nube enorme y esponjosa por el culo.


Pau puso los ojos en blanco aunque Dez no pudiera verla.


—Dez, no creo que funcione así.


—Da igual. Solo lo decía... Y sé que acabas de poner los ojos en blanco, perra.


Pau se rió. Aquel sonido era como música para mis oídos.


Y luego se me encendió la bombilla como si un rayo me hubiera atravesado.


—Sebastian.


—¿Qué? —preguntó Pau, confusa.


—Sebastian seguro que tiene otra copia del contrato también. A fin de cuentas él fue quien hizo de intermediario. ¡Mierda! —Me tiré de los pelos y eché la cabeza hacia atrás con un gruñido de frustración —. Debería haber sabido que esa rata asquerosa haría algo así. A él solo le importan los beneficios. Estoy seguro de que si Dario le hubiera sacado un buen fajo de billetes, le habría dado la copia del contrato en un santiamén. Yo no tenía ni idea de que se conocieran siquiera.


—¡Agh, cuánto lo odio!


Las palabras salieron de la boca de Pau.


—Esto… ¿hola? —dijo Dez, recordándonos que todavía seguía al teléfono—. ¿De qué coño estáis hablando?


Miré a Pau e inspeccioné su rostro para ver si quería que me inventara algo. No se me había ocurrido que ella y yo todavía seguíamos siendo los únicos que sabíamos lo que había acontecido antes ese mismo día.


Sin dejar de mirarme a los ojos, Pau levantó la barbilla con calmada resolución y habló:
—Dario Stone sabe lo del contrato entre Pedro y yo. Me lo dejó bastante claro cuando se presentó aquí hoy e intentó hacer que cabalgara hacia el horizonte con él tras ayudarle a quitarle a Pedro todo lo que tiene. 


Dez ahogó un grito al otro lado de la línea.


—Oh, y aún es peor. Cuando rechacé sus insinuaciones y le di un rodillazo en los huevos por llamarme puta, decidió que sería buena idea ponerse intransigente conmigo.


—¿Que hizo qué? —La voz de Dez sonó estridente y conmocionada—. ¡Ese hijo de la grandísima puta! Te juro por Dios que voy a arrancarle los huevos con mis propias manos y se los voy a meter a la fuerza en la garganta. Y luego voy a presentarle a mi amigo Gutierrez, un mexicano enorme y fornido que ha pasado una temporadita en Oswald State, alias Oz, y no tiene escrúpulos ninguno en follarse el culo de otro tío solo por diversión. He oído que Gutierrez ha comido tantos chiles Naga Viper que su semen es literalmente ácido líquido. Puede que sea a reencarnación de Belcebú, pero siempre se ha portado bien conmigo y estoy segura de que puedo conseguir que me haga un favor. Claro que eso significaría que le debería una, pero por ti…


—Dez, para —dijo Pau. Yo personalmente pensaba que Dez había dado en el clavo y quería que pusiera las manecillas de su plan en movimiento, pero Pau al parecer no estaba de acuerdo—. Lo primero, Oz no es un sitio real. Es una serie de televisión. Lo segundo, no vamos a rebajarnos a su nivel. Tenemos que encontrar la forma de proceder, así que necesito que te pongas seria y te centres.


—¿Pensabas que estaba de coña? —preguntó Dez, pero Pau la ignoró.


—Espera un segundo —dije mientras sumaba dos más dos—. Stone dijo que tenía acceso al contrato, ¿verdad? No que lo tuviera realmente.


—Sí, ¿y…?


La respuesta era simple. El dinero mandaba.


—Le haré una visita a Sebastian y le ofreceré más dinero de lo que Dario estaba dispuesto a pagar por él. Entonces no tendrá pruebas. Podremos hundirlo hasta lo más hondo.


—Odio tener que reventarte la pompa, pero eso no va a funcionar —interrumpió Dez.


—¿Por qué no?


Me había molestado un poco ese comentario tan brusco.


—Piensa lo que quieras de Sebastian, pero es un hombre de negocios inteligente. Creías que lo tenías fichado cuando dijiste que para él lo importante solo son los beneficios, pero piénsalo. Venderte el contrato a ti no tiene sentido en su negocio. Se estaría deshaciendo de la única ventaja que tiene para asegurarse de que no te vas de la lengua y te chivas de un negocio que prospera porque la discreción es absoluta. Jamás te dará ese contrato. No obstante, me da a mí que tampoco se lo va a dar a Dario.


—No te ofendas, pero no creo que quiera dejar el futuro del Loto Escarlata en manos de una corazonada —le dije.


Pedro, ponte en el pellejo de Sebastian. —Dez casi sonaba condescendiente—. Si se extiende por ahí el
rumor de que ha dejado que un contrato confidencial se filtre, no solo perdería el negocio en una gigantesca redada, sino que nadie volvería a confiar en él para una transacción de esas características. Eso sin mencionar que a saber cuántas amenazas le caerían al hombre solo porque hay un posible riesgo de que filtre identidades para poder negociar con los
federales. Estuviste allí, Alfonso. Viste con qué gente trata. Son unos cabrones despiadados. ¿Tú lo arriesgarías todo?


Tenía razón. Mucha razón, en realidad.


—Entonces, ¿crees que Dario está planeando hacerle una copia al contrato? —preguntó Pau.


—No estoy segura, pero si tuviera que decir algo, diría que está planeando robarlo.


—Vale, entonces vamos a tener que hacerlo antes que él —dije, apretándole triunfante el muslo a Pau cuando esta me sonrió. 


—Tú no —dijo Dez. En serio, me estaba poniendo de mala leche el modo en que siempre me paraba los pies—. Si entras allí, Sebastian va a saber que algo pasa. Yo lo haré, pero no puedo hacerlo sola. Pau, prepárate y reúnete conmigo en el Foreplay cuando cierre. Yo te dejaré entrar.


—¡Ni de coña! —protesté—. No voy a dejar que lo haga, Dez. Se nos tendrá que ocurrir otra forma.


Pau me obligó a girar la cabeza hacia ella y se inclinó hacia adelante. Tenía los tres primeros botones de la camisa que llevaba puesta —mi camisa — abiertos, y sus pechos me tentaban como una zanahoria colgada delante de los morros de un caballo. Cuando me levantó la barbilla, sus labios se cernieron sobre los míos y me tentaron con la dulzura de su aliento.


Pedro, no hay otra forma. Tenemos que hacerlo. Me colaré sin hacer ruido, Dez y yo cogeremos el contrato en cuanto Sebastian se vaya y volveré a tu cama antes de que te des cuenta de que no estoy.


— ¿Y si intenta…? —empecé, pero me tuve que callar cuando Pau introdujo su lengua en mi boca para acariciar ligeramente la mía antes de apartarse.


—Él ni siquiera estará allí. Además, Dez me mantendrá a salvo.


Estaba bajo el embrujo de Pau. Cerré la pequeña distancia que separaba nuestros labios para tirar del inferior suyo con mis dientes.


—¿Sana y salva? —pregunté; mi voz cada vez sonaba menos como si yo fuera el hombre dominante en la ecuación.


Ella se pegó incluso más a mí y movió el culo para que estuviera justo encima de mi polla.


—Sana y salva. Te lo prometo.


Joder, esta mujer sabía cómo ablandarme. Pau colocó una mano sobre la mía en su muslo y poco a poco comenzó a moverla sobre su piel hasta estar debajo de la bastilla de su camisa. En algún recoveco de mi mente sabía que debería detenerla, pero todo se fue al carajo cuando siguió moviendo mi mano hasta que mis dedos pudieron vislumbrar los suaves pliegues entre sus piernas.


—Te llamo cuando vaya de camino, Dez —dijo y luego se echó hacia adelante y pulsó el botón de colgar para cortar la llamada.


No hubo más discusión. Ella había ganado.







CAPITULO 61






Samuel me acababa de dejar frente a la casa con mi maletín y un ramo de flores en la mano para mi chica.


Me quedé mirando, confuso, cuando me percaté de que teníamos visita, y supe al cien por cien que no era Dez. La Viper de Dario Stone estaba aparcada a plena vista y por un momento mi mente retrocedió hasta el día en que lo encontré follándose por el culo en mi cuarto de baño a la que iba a ser mi prometida.


Todo lo que pude pensar fue: Por favor, ella no.


Apreté los nudillos alrededor del ramo de flores hasta que mis sentidos me volvieron a traer de vuelta hasta el hecho de que Pau no era la puta de Julieta y que ella nunca me haría nada de ese calibre.


Aun así, el miedo seguía estando ahí. ¿Había bajado la guardia solo para que me volvieran a joder?


Atormentado por la desolación que se reproducía como un disco de vinilo bajo el brazo fonocaptor de un viejo tocadiscos, me costó la misma vida obligar a mis pies a que avanzaran. Era como si estuvieran atrapados en dos bloques de cemento que hubieran tirado al fondo de un río de aguas turbias, arrebatándoles la libertad necesaria para salir nadando hasta la superficie, dar una bocanada de aire
y respirar otra vez. El corazón me estaba dando una puñetera charla motivacional, pero la agonía ante la posibilidad de que Pau pudiera haber caído bajo el misterioso encantamiento de Dario eclipsaba la confianza que le había dado con tanta facilidad. ¿Qué cojones veían las mujeres en él?


Un grito proveniente de algún lugar de dentro de la casa me sacó de golpe de mi tren de pensamientos mórbidos.


—¡Zorra!


Era la voz de Dario, enfurecida y llena de veneno.


El ramo y mi maletín cayeron al suelo al siguiente sonido y los pelos de mi nuca se me pusieron como escarpias.


El grito de Pau fue una súplica desesperada, y yo me acerqué a la puerta a pasos agigantados. Sin pensármelo dos veces, me lancé contra la puerta.


Tenía el cuerpo tan entumecido que ni siquiera sentí el dolor que debería haber sentido en ese frenético intento de llegar hasta ella.


La violenta escena apareció ante mis ojos; ese pedazo de cabrón hijo de puta había lanzado a mi chica al suelo. En la mejilla estaba empezando a salirle un moratón enorme, y estaba claro que una mano igual de grande había aterrizado allí meros segundos antes. Las lágrimas corrían por sus mejillas y tenía los ojos cerrados con fuerza.


¡Le había puesto las manos encima a mi chica!


Una mirada de emociones que pareció tener vida propia se apoderó de mi corazón. Mientras estas cobraban forma, un espectro completo de colores me nubló la vista y me dejó indefenso ante la maníaca bestia que yacía latente en mi interior. Los espantosos verdes se transformaron en empapados azules de terror. La violenta medianoche se convirtió en un enfurecido naranja consumido por el disgusto hasta que mi visión estuvo enardecida por un rojo demoníaco que ardía con la intensidad de la ira. Y entonces todo se volvió negro con la venganza que cada microscópica célula de mi cuerpo necesitaba cobrarse.


—¡Suéltala, hijo de puta!


Apenas registré mi propio movimiento antes de agarrar a Dario con fuerza y lanzarlo a través de la estancia, lejos de mi chica. Pau alzó la mirada hasta mí y todo en mi interior me gritó para que le proporcionara el consuelo que sabía que necesitaba, pero la fuerza impulsora de hacer que Dario pagara por lo que había hecho ganó la batalla.


La furia me consumió hasta que estuve poseído y sin control sobre mi propio cuerpo. Lancé y repartí puñetazos, él me estampó de espaldas contra la pared, y luego Pau cruzó la habitación y aterrizó sobre la espalda de Dario. Y cuando se la quitó de encima con un bofetón como si no se tratara más que de un insignificante mosquito, yo di el latigazo cual goma elástica que se hubiera estirado más allá de sus posibilidades. Ya había tenido suficiente de luchar con él como si fuéramos un par de chavales flacuchos forcejeando por conseguir el dominio sobre el otro en el patio de un colegio. Yo quería sangre. Quería seguir propinándole tal paliza hasta que la mínima fuerza que mantenía vivo a esa patética excusa de ser humano se desvaneciera y lo abandonara.


Y casi lo hice. Me tiré encima, y me cerní sobre él tan amenazador como él lo había hecho con mi chica, asestándole puñetazo tras puñetazo en esa asquerosa cara suya. Pude oír cómo se le partían los huesos bajo mis puños, un sonido que encontré muy agradable al oído.


Fue el mismísimo instinto el que me dijo cuándo había ganado. Dario yacía inerte en el suelo y apenas respiraba. Intenté aliviar a base de sacudidas las descargas de dolor que me recorrían la mano y el brazo, pero me la sudaba muy mucho porque había merecido la pena. Entonces, como si se tratara de una fuerza de gravedad, me giré hacia Pau. 


Cada vestigio de ira de repente se disipó cuando vi su rostro.


Me necesitaba y nada me impediría llegar hasta ella.


—¿Estás bien, gatita?


Me arrodillé a su lado y la inspeccioné en busca de otras heridas.


La expresión de su rostro había estado vacía, y ahora, de repente, sus lágrimas caían sin cesar a la vez que reparaba en la gravedad de la situación. Estiró los brazos y se agarró con fuerza a mi camisa antes de esconder la cabeza en mi pecho y de comenzar a sollozar sin control.


—Shh, shh, shh. —Hice todo lo que pude para tranquilizarla mientras la mecía en mis brazos—. Lo sé, gatita. No pasa nada. Ya estoy aquí y no voy a dejar que nadie te haga daño.


Y lo decía de verdad. Con mi último aliento, lo decía de verdad y de corazón.


Nos quedamos sentados allí durante un ratito más, Pau llorando y abrazándose a mí como si tuviera miedo de que fuera a abandonarla en cualquier momento, y yo haciendo todo lo que podía para consolarla. Le había fallado. Debería haber estado ahí, debería de haberme percatado de alguna manera de las intenciones de Dario. Sabía que el tío me odiaba, y sabía que intentaría seducirla, pero ¿intentar violarla? Se hizo evidente que nunca había llegado a conocer realmente al hombre al que había considerado mi mejor amigo, y eso me asqueó incluso más.


Escuché a mis espaldas unos pies arrastrándose por el suelo justo antes de que Dario se acercara a la puerta como alma que llevaba el diablo. Ni de coña iba a dejar que ese hijo de puta saliera de aquí con un mínimo hálito de vida en el cuerpo. Aparté a Pau e intenté ponerme de pie, pero ella no me soltó.


—¡No, no puedes! —gritó agarrándose desesperadamente a mi camisa e impidiéndome que fuera tras él.


—Está escapándose.


Intenté hacer que me soltara, pero seguía agarrándose a mí.


Fue su fuerte agarre sobre mi cara lo que me obligó a mirarla. Tenía el rímel corrido debido a las lágrimas y los ojos hinchados y bien abiertos, como si estuviera intentando hacerme ver algo que ella sabía, pero que yo no había terminado de entender.


—Lo sabe, Pedro. Lo sabe todo.


Me quedé petrificado, tieso como un ciervo que acabara de escuchar un disparo en un bosque tranquilo y silencioso.


—Qué… —La voz se me cortó en la garganta y tuve que aclarármela antes de poder continuar—: ¿Qué es lo que sabe? ¿De qué estás hablando, Pau?


—Todo. Sabe lo de la subasta, el contrato, lo que pagaste por mí, todo.


Apreté las mandíbulas y respiré hondo por la nariz.— No me importa. No va a irse de rositas por esto. Saqué el móvil del bolsillo y empecé a marcar.


—¿A quién estás llamando?


—A la policía.


Ella sacudió la cabeza de un lado a otro toda frenética y colocó la mano sobre el teléfono.


—No, Pedro, por favor. Lo perderás todo.


—¡Nada es más importante que tú! ¡Nada! —le espeté, y ella se encogió ante mis palabras. No había querido pagarlo con ella, pero es que estaba furioso de cojones.


La estreché entre mis brazos y la abracé contra mi pecho mientras le acariciaba el pelo y la besaba en la frente una y otra vez.


—Lo siento, lo siento, lo siento —le dije, meciéndola sin parar. Me separé y le acuné el rostro con las manos para intentar hacer que me entendiera —. Pau, nena, te puso las manos encima…


Pau me apartó las manos de su cara y me las sujetó sobre su regazo.


—Sé lo que ha hecho, pero no llegó a hacerme daño de verdad porque lo paraste, Pedro. Tú lo paraste.


Dios bendito, estaba intentando consolarme.


—Te ha puesto la mano encima, joder, y yo… no puedo. No puedo.


Pude sentir cómo se me encogía el corazón. Bajé la mirada, ya no era capaz de seguir mirando el inocente rostro de la mujer a la que había fallado.


Pau me hundió sus dedos en el pelo que me crecía en la sien y me levantó el mentón para que tuviera que mirarla de nuevo.


—Tú escúchame, Pedro Alfonso. Esto no ha sido por tu culpa. No había forma alguna de poder haber sabido lo que iba a hacer, así que no te atrevas a empezar a culparte.


Comencé a protestar, pero ella colocó un dedo sobre mis labios para callarme.


—Estoy bien. Pero si llamamos a la policía, todo el mundo lo sabrá, y mis padres no pueden lidiar con algo así, Pedro. Mi madre ha superado un trasplante de corazón. ¿De verdad crees que podrá soportar saber lo que casi me pasa? Y a mi padre lo mataría.
Tú perderás la compañía, y mi padre irá a la cárcel. Y eso, sumado a enterarse de lo que hice, hará que seguramente el trasplante de mi madre haya sido para nada. No puedo hacerles esto. No, tenemos que ser inteligentes.


Paula Chaves nunca cesaba de asombrarme. Incluso tras haber pasado por ese indecible mal rato, todavía seguía pensando en los demás. Nunca había existido una persona más altruista en esta jodida existencia a la que llamábamos vida. No me la merecía.


Y, por supuesto, llevaba razón. Por mucho que me doliera dejar que Dario se escapara, sabía que teníamos que reagruparnos y pensar en cómo proceder.


—Vale —cedí con un suspiro de impotencia—. Lo haremos a tu manera.


Levanté su mano y le deposité un beso en la palma; estaba feliz de al menos tener esto. Pero cuando intenté separarme, ella se subió a mi regazo, me echó los brazos al cuello y fundió sus labios con los míos. No fue un beso con la intención de ir más allá. Fue solo un beso que expresaba todo el amor que nos profesábamos, un amor que ni siquiera el cobarde de Dario Stone podía mancillar.






martes, 7 de julio de 2015

CAPITULO 60



No tuve más remedio que echarme para atrás cuando se adentró en la casa sin que yo lo invitara.


—No pillas las indirectas, ¿no? —le pregunté, enfurecida por su persistencia—. No quiero tener nada que ver contigo, imbécil.


Dario siguió avanzando hacia mí hasta que mi espalda chocó contra la pared y me tuvo acorralada.


Me enjauló con su cuerpo y me apartó un mechón de pelo de la cara con una de sus grotescas manos a la vez que me sonreía.


—¿Qué quieres, Dario?.


—A ti.


—Bueno, yo a ti no, así que ya te puedes ir.


—Creo que querrás escuchar mi proposición antes de rechazarme tan abiertamente, Pau.


Me cabreé al escuchar ese tono tan cercano.


—¿Qué acabas de llamarme?


Sonrió con suficiencia, pero se lo vio claramente confuso.


—¿Qué? Te he llamado Pau.


Eché los hombros hacia atrás y me enderecé todo lo que pude al tiempo que daba un paso decidido hacia adelante seguido de otro.


—Solo permito a aquellos que considero amigos míos que me llamen así. Y tú —le dije golpeándolo con un dedo en el pecho mientras él retrocedía—, no eres amigo mío.


Él me regaló una sonrisa más espeluznante que amable.


—Cariño —canturreó con las manos en alto a modo de rendición—, ¿por qué estamos siempre haciendo la guerra cuando podríamos estar haciendo el amor?


Sacudí la cabeza.


—Chico, de verdad que eres un poco cortito, ¿eh?


—Escúchame —dijo—. No tenemos por qué ser enemigos. Sé lo que vosotras las mujeres queréis en realidad y estoy seguro de que podemos llegar a un acuerdo en el que ambos estemos en lo más alto.


Me crucé de brazos y levanté una ceja.


—Vale —contestó encogiéndose de hombros—. Si prefieres estar tú encima, por mí perfecto.


—Eres asqueroso.


—¿Puedo acabar?


—De verdad que no tengo ningún interés en escuchar nada de lo que tengas que decir.


Caminé hacia la puerta, pero antes de poder abrirla, Dario apareció allí y apoyó un hombro en ella. Lo miré como si estuviera loco, porque obviamente había perdido el juicio, pero él me dedicó aquella sonrisa de oreja a oreja otra vez.


—Así que este es el trato. Te alías conmigo, pero te quedas por ahora aquí con Alfonso como si nada hubiera cambiado. Deja que el imbécil se enamore de ti, y cuando lo tengas comiendo de la palma de tu mano, tú y yo nos hacemos con todo. Tú me ayudas a conseguir el Loto Escarlata, y yo cuidaré de ti durante el resto de tu vida. Nunca volverás a necesitar ni una puñetera cosa. Incluyendo la mejor polla de todos los cincuenta estados.


No pude evitarlo. Me reí. A carcajadas. No creo que Dario apreciara lo gracioso de la situación tanto como yo porque su cara se contrajo en algo que no parecía siquiera humano.


—¿De qué cojones te estás riendo? —preguntó.


—De ti —le dije, señalándolo y todavía riéndome de él—. Has dicho todo eso con una cara tan seria que es casi como si te creyeras de verdad que abandonaría Pedro por alguien como tú. Pero claro que no puedes creértelo de verdad.


Su expresión cambió otra vez. El ceño fruncido que había tenido antes debido al enfado ahora había sido reemplazado por una deliberada sonrisa de suficiencia.


—Ah, ya lo pillo. Quieres dinero de antemano. Así es como mi socio te pagó, ¿cierto?


Dejé de reírme de golpe. Pude sentir cómo la sangre me abandonaba el rostro, y de repente me quedé paralizada de miedo.


—¿Cuánto me va a costar? ¿Mil? ¿Diez mil? ¿Cien mil? Ah, no, es verdad. El precio de salida es dos millones de dólares, ¿verdad? Joder, a ese coño más le vale estar bañado en oro.


Ay, Dios. Lo sabía.


—No sé de qué me estás hablando —le dije, aunque hasta para mis propios oídos la voz no me sonó para nada convincente.


—¿No? —A juzgar por la expresión de su rostro, podía decir sin miedo a equivocarme que sabía con certeza que yo sabía perfectamente de lo que me estaba hablando—. A ver si esto te suena. Pedro hizo un viajecito hasta ese club llamado Foreplay y luego entró por la puerta de atrás para asistir a una subasta secreta donde te compró por la friolera de dos millones… para ser su esclava sexual. ¿Te resulta familiar?


Mi cuerpo entero se sacudió con inquietud.


—¿Cómo te has enterado?


Dario se rió entre dientes.


—Puede que tenga acceso a cierto contrato.


¿Había encontrado el contrato? Pero ¿cómo?


—¿Qué quieres? —le pregunté, preparada para escuchar sus exigencias.


Me rodeó la cintura con un brazo y me pegó contra su cuerpo. Luego se inclinó y me susurró al oído.—
Ya te lo he dicho. Quiero el Loto Escarlata. Y también quiero probar ese coño de oro.


—¡No! —le dije, empujándolo, pero él era demasiado fuerte y no pude hacer que se moviera.


—Ay, ¿por qué eres tan tacaña? Te pagan para eso, ¿no? La diferencia es que yo te ofrezco mucho más que la mísera cantidad que mi socio pagó.
Puedes tenerlo todo, incluyéndome a mí. Al menos entonces llegarías a saber lo que es estar con un hombre de verdad —dijo y luego me lamió el cuello desde la clavícula hasta el lóbulo de la oreja—. O haces esto o el barco de Pedro se va a pique. Iré a la junta directiva y a los medios y revelaré tu pequeña transacción y él lo perderá todo; la compañía, la
dignidad, la fama. Además tus padres sabrán que su hija no es más que una puta. Así que, ¿qué va a ser, Paula?


Me tocó uno de los pechos y comenzó a tomarse libertades, estrujándolo como si fuera una pelota contra el estrés. Me sentía completamente vulnerable, y estaba acojonada de miedo. Su aliento caliente se extendió por mi piel y comenzó a plantarme besos llenos de baba por todo el cuello.


El corazón me latía con fuerza dentro de la caja torácica y me obligué a pensar en una forma de escapar del aprieto en el que me encontraba. Pedro.


Quería a mi Pedro. Él llegaría pronto a casa y luego…


Entonces caí en la cuenta. Dario estaba contando precisamente con eso. Quería que Pedro entrara y nos viera follando, tal y como había hecho cuando se lo encontró tirándose a Julieta. Dario quería destrozarlo por completo.


Así que las opciones que me quedaban era o bien dejar que consiguiera lo que quería y romperle el corazón a Pedro, o rechazarlo y ver cómo perdía la compañía en favor de Dario Stone sin poder hacer nada, una compañía que sus padres habían construido desde sus cimientos. Pedro estaría
arruinado y mis padres sabrían lo que había hecho.


Pero si Pedro entraba y nos veía juntos, podría hacer mucho más daño que lo otro. ¿Podría seguir amándome después de aquello? De una forma u otra, la respuesta parecía no ser sencilla.


Imágenes del rostro de Pedro me cruzaron la mente: la expresión de angustia cuando me dijo por primera vez que se había enamorado de mí, el brillo en sus ojos cuando por fin pude decírselo yo a él, la desesperación con la que había estado bajo la lluvia, medio desnudo y pidiéndome que me casara con él.


No podía arrancarle el corazón. Me negaba a volver a hacerle pasar por lo que Julieta hizo.


Las cosas materiales se podían reemplazar. Pedro era lo suficientemente listo y tenía el talento necesario como para volver a empezar de cero. Y en referencia a su caída en sociedad, la gente estaba sedienta de sangre y era implacable con las celebridades, pero en cuanto la siguiente estrella cayera del cielo, su pecado caería en el olvido. Y sí, siempre vería la decepción en los ojos de mis padres cuando se enteraran de que su hija había vendido su cuerpo por dos millones de dólares, pero la pérdida de su respeto era un precio justo que pagar cuando pensaba en la alternativa. Era mucho más difícil arreglar un corazón roto, y Pedro no podría soportar otro golpe como este. Le había costado mucho volver a confiar por fin en alguien otra vez y me había depositado en las palmas de las manos todo lo que le quedaba de sí mismo. Ni de coña iba a destruir un regalo tan valioso.


—No —le respondí a Dario—. Pertenezco a Pedro, y solo a Pedro. Soy suya.


Sentí cada músculo en el cuerpo de Dario tensarse mientras procesaba mis palabras. Un leve gruñido salió de su pecho y se apartó para fulminarme con la mirada.


—Te tendré. Lo quieras o no.


Antes de tener la oportunidad de reaccionar siquiera, me agarró la camisa y me la abrió a la fuerza; los botones salieron volando y cayeron desperdigados por el suelo.


—¡No! —grité, y entonces hice acopio de toda la fuerza que tenía en el cuerpo y lo empujé.


Fue suficiente para hacerlo tambalearse hacia atrás y darme espacio para deshacerme de su agarrón. Corrí hacia la puerta, pero Dario me siguió de cerca. Justo cuando alargué el brazo para agarrar el pomo de la puerta, me cogió del brazo y me apartó de un tirón. El movimiento me envió directa al suelo y me deslicé por la superficie hasta golpearme la cabeza contra la pared.


Dario se acercó a mí sigilosamente mientras se desabrochaba los pantalones.


Salí en desbandada en un intento de escapar, pero me volvió a atrapar en un nanosegundo. Así que hice lo único que pude: luchar. Si iba a violarme, no se lo iba a poner fácil. Se abalanzó sobre mí y yo saqué el pie y le di una patada en los huevos.


—¡Zorra!


Se dobló, pero la patada no fue suficiente para detenerlo. Con renovada determinación, me agarró de los brazos que no dejaba de sacudir y me inmovilizó contra el suelo. Estaba atrapada bajo su peso, era incapaz de moverme. Acopló las rodillas entre mis muslos y me obligó a abrirlos mientras me toqueteaba los pantalones con torpeza.


—¡Por favor! ¡No! —grité.


Las lágrimas me caían sin parar por las mejillas.


Cerré los ojos para bloquear la espantosa imagen de ese hombre asqueroso encima de mí. Era un puto animal; una bestia jadeante y fiera fuera de control con una resuelta lujuria. El hedor de su sudor me quemaba los orificios nasales y las lágrimas corrían libremente por mi rostro. Su salobridad se filtró por entre mis labios temblorosos. En aquel momento odiaba a Dario Stone lo suficiente como para querer matarlo.


Sus manos viajaron hasta el botón de mis vaqueros y yo luché para liberarme de su fuerza inflexible. Estaba decidida a no dejar que me tocara.


¡No era una puta!


Justo entonces la puerta principal se abrió de golpe.


— ¡Suéltala, hijo de puta!


Era la voz de Pedro, y sonaba demoníaco, como si estuviera poseído por el propio Satán.


Mi piel desnuda sintió un frío repentino antes de percatarme de que Dario ya no estaba encima de mí, sino volando por los aires. Su cuerpo se estrelló contra la mesa de la entrada con un enfermizo y a la vez agradable crujido al hacerse astillas la madera bajo su peso.


Pedro me miró fugazmente antes de ir a por Dario y vi la furia arder en sus oscurecidos ojos como dos víboras rojas lamiendo el cielo aterciopelado. Sus hombros subían y bajaban debido a las furiosas respiraciones que daba. Su cuerpo se tensó y se preparó para atacar. Nunca lo había visto actuar de forma tan aterradora.


Caminó sigilosamente hacia el lugar donde Dario yacía entre los escombros e intentaba recuperar la orientación, pero antes de poder ponerse de pie, Pedro llegó a su lado. Lo agarró del cuello de la camisa, echó el puño hacia atrás, y un estridente crujido se hizo eco a través de la habitación cuando descargó el primer puñetazo en la cara de Dario.


Dario contraatacó agarrando a Pedro y empujándolo lo bastante lejos como para darse tiempo suficiente para ponerse en pie. Tenía sangre en el labio y su rostro estaba hinchado y de un color rojo encendido. Luego lanzó al aire un grito de guerra y corrió con toda su fuerza hacia Pedro. Lo enganchó por la cintura y lo estampó contra la pared que tenía detrás.


—¡Pedro! —grité mientras me ponía de pie.


Corrí hacia ellos, salté sobre la espalda de Dario y le envolví el cuello con los brazos para estrangularlo. Tenía que admitir que probablemente no supusiera mucha amenaza para él. Dario me lo demostró cuando me agarró, me apartó y me tiró de nuevo al suelo.


Era la distracción que Pedro necesitaba. Lanzó otro puño y este aterrizó en la caja torácica de Dario.


Dario se dobló sobre sí mismo y Pedro aprovechó la oportunidad para soltarle un gancho en el mentón, que volvió a enviarlo en volandas hacia atrás.


Cuando aterrizó contra el suelo, la cabeza de Dario cayó hacia un lado y su cuerpo se quedó flácido. Tenía la cara ensangrentada y amoratada, pero eso no impidió que Pedro continuara atacándolo. Se sentó a horcajadas sobre él y siguió aporreándolo una y otra vez. Cuando estuvo satisfecho de que a Dario ya no le quedaran más fuerzas para luchar, sacudió su mano hinchada y se
puso de pie mientras miraba a su enemigo con disgusto.


Se giró hacia mí y su rostro se transformó al instante de enfurecido a desgarradoramente preocupado, y entonces se arrodilló a mi lado.


—¿Estás bien, gatita?


Todo el peso de la situación por fin cayó sobre mí y comencé a sollozar sin control. Dario lo sabía todo, y aun así seguía sin ser suficiente. No, él odiaba tanto a Pedro que iba a violarme solo para destruirlo. Iba a violarme.


Me agarré con fuerza a la camisa de Pedro y tiré de él hacia mí para poder enterrar la cabeza en su pecho.


—Quería que… Y no podía hacerte eso, y luego iba…


—Shh, shh, shh —dijo Pedro mientras me mecía en sus brazos—. Lo sé, gatita. No pasa nada. Ya estoy aquí y no voy a dejar que nadie te haga daño.


Curiosamente, no era el hecho de que casi me violaran lo que me había afectado tanto. Claro que tenía mucho que ver con eso, pero Dario no había tenido la oportunidad de cumplir su amenaza. Pedro me había protegido tal y como me prometió que haría. Lo que más me afectaba era el hecho de que Dario lo sabía todo y no se pararía ante nada hasta ver a Pedro hecho pedazos.


No era miedo por mi propio bienestar lo que me tenía tan inquieta; era miedo por el de Pedro.


Vi movimiento por el rabillo del ojo justo antes de que unas pesadas pisadas se dirigieran como locas hasta la puerta. 


Era Dario, y estaba huyendo. Pedro me soltó e hizo el amago de ir hacia él, pero yo lo detuve.


—¡No, no puedes! —grité agarrándome a él con todas mis fuerzas.


—Está escapándose —dijo Pedro a la vez que intentaba hacer que mis manos lo soltaran.


Le cogí la cara y lo obligué a mirarme.


—Lo sabe, Pedro. Lo sabe todo.


Y justo así, nuestra pequeña burbuja se rompió